¡Enganchados!

miércoles, 6 de noviembre de 2013

¡¡Nuevo libro del mes!!

PREGÚNTALE A 
VIRGINIA



Ramón y mi Sexo. Parte 1.

Habían pasado tres días después del encuentro con el desconocido, la vida seguía el curso de la rutina. Ramón seguía su pasión laboral. Allí se sentía como pez en el agua. En casa era el despojo de tanto esfuerzo, yo lo tenía superado y en mi reciclaje aprendí a vivir con la situación pero sin sentirme arrastrada por ella, amén que con la experiencia de aquel día se había abierto la caja de Pandora. 
Ese viernes pensé en hacer algo diferente, quería poner a prueba mis dotes de buena amante y saber si podía subir la lívido del esposo, perfecto, así que me prepare para ello.
Mientras él se bañaba, preparé con esmero una cena fría, los detalles de mantel copas y velas adornaban la mesa. Ya había pensado que vestido ponerme, teníamos una cita con los amigos en un club. Tenía que jugar con el tiempo sorpresa y que todo cuadrara. Deseaba sexo y Ramón aún me atraía.
Conjuntada de braguitas y sujetador rojo, sentada en el sofá me coloqué los zapatos de tacón alto y negro. Los até cómodamente al tobillo. Sentía en el bajo vientre el deseo, que crecía imaginando la escena de Ramón poseyéndome apasionadamente bajo una bata de transparencias negra que contrastaba con el rojo, como preludio de pasiones incontroladas. 
Me acerqué al baño donde ya se secaba delante del espejo. Pegué mi cuerpo a su espalda besando el cuello y su óvulo con la lengua muy húmeda. Se sorprendió por la escena que la rutina había roto, pero reaccionó de inmediato con sus manos apretando las mías. Nos mirábamos al espejo. Mis pechos casi explotaban en el mini sujetador y los pezones erizados hablaban de mi estado de excitación. Se volvió hacia mí y nos dimos un beso profundo. Las lenguas hacían que el éxtasis creciera. Todo se convirtió en besos cómplices de los orgasmos que se preparaba a venir, yo era consciente...aún de sacar partido, que durara lo suficiente para saborear del momento al máximo. Fui bajando lentamente hacia su vientre, haciéndole estremecer, al presentir lo que venía con mis besos, y donde irían más profundos. Rodeaba con mi lengua su pecho. Paré en su ombligo, allí hacía que la saliva fuera más fluida. La toalla hacía de pared ,no quería quitarla aún, pero sobre ella ya se intuía la erección. Con una mano acariciaba presionando con suavidad, haciendo crecer la ansiedad. Apoyado en el lavabo, con sus manos en mi cabeza, intentaba dirigir mi cabeza hacia su sexo, pero yo retrasaba con caricias previas el momento. Su pasión creció cuando tiré de la mini toalla y su pene, ya al máximo de la erección, quedó desafiante a la altura de mi boca. No fui allí directamente, seguí besando sus ingles. Por experiencia sabía que era una dulce tortura. Me humedecía mientras gozaba de la escena, lo notaba rendido en mis manos, toda su virilidad, sus gemidos hacían que me excitara más y me recreara con más deseo. Cuando cogí su pene para meterlo en mi boca... frené. Comencé a besarlo de abajo arriba, de arriba abajo salivándolo y preparándolo para una vez en mi boca, no soltar aquella presa;  succionándolo hasta hacerlo explotar y no soltarlo hasta que su semen dejara de brotar. Ramón casi no podía aguantar tantas caricias. Su boca se abría, a la vez que mordía sus labios fruto del deseo que estaba sintiendo, apretando cada vez más mi cabeza con anhelo. El líquido preseminal se mezclaba con mi saliva haciendo ruidos morbosos. Seguí la tortura de retrasar su eyaculación, separé sus piernas y besé casi lamiendo sus genitales. Lo introducía en mi boca con facilidad. Mi lengua se había vuelto incontrolada. Mi pasión se mezclaba con su deseo. El pene casi parecía romperse, sus venas estaban al máximo, pero yo me retiraba unos segundos y me empleaba en las otras zonas ya dichas. El deseo crecía de forma animal. Ramón estaba al límite; yo en mi presa sexual, sintiéndome dueña absoluta de la situación. Con las piernas abiertas al máximo, tenía todo al alcance de mis labios. Mi lengua se dirigió a su ano, mojándolo con saliva y haciendo con ella un mini falo. Fue el cúmulo de la locura, ya no aguantó más, rompiendo el gemido con un alarido brutal. El semen caía a chorros, casi no daba tiempo a beber el precioso líquido que caía por la comisura de mis labios. Calló roto y temblado...Me miró algo incrédulo por lo vivido. Limpié mis labios y salí del baño en dirección a la salita. Allí la cena nos esperaba y mi ración de sexo también... Ramón.


Salió del baño con una bata y cenamos casi en silencio. Él me conocía, sabía que yo le pediría mi parte de sexo y se preguntaba ¿cómo?, pues acaba de soltar su depósito de semen. Mi mirada era provocadora e insistente, cenaba casi desganada, mi deseo carnal era mayo... estaba nerviosa y deseaba apagar la fogosidad que sentía en mi sexo. Con la copa en la mano me acerqué a él sinuosa. Puse mi tacón sobre su pene, presionando suavemente. Estaba algo duro pero su pene no era mi objetivo, no buscaba una penetración. Sabía que no podía aún. Me senté a horcajadas en sus muslos, le besaba en la comisura de los labios, mi lengua lamía y besaba con lujuria, él notaba mi ansiedad. Me movía y eso le enervaba. De forma lenta cabalgaba sobre él, poniendo mis pechos a la altura de su boca, que se erizaban por el deseo contenido....Cuando los metió en su boca sentí una ráfaga de fuego y me apretaba más hacia él, como si quisiera que me tragara. Succionaba mis pechos con una precisión que hacía que mi vagina latiera de placer. Sus manos apretaban mis nalgas haciendo que mi movimiento presionara su pene, que ya crecía de nuevo para mi sorpresa. Pero mi objetivo estaba por llegar con mi sexo a su boca y que calmara mi sed con su lengua, hurgando en mi vagina, lamiendo la vulva, mordiendo suavemente mi clítoris, eso es lo que deseaba locamente, y él lo noto...Se cambió de postura con un suave movimiento, yo en la silla, él de rodillas en una postura cómoda, acercó mi sexo a su boca y...creí morir. Cuando el orgasmo  rompió en mi vientre, mis fluidos salieron disparados a su boca y eso lo volvió loco. Casi en un segundo me colocó en postura de 4 patas y me penetró, haciendo que mi cara tocara casi el respaldo de la silla, las embestidas eran salvajes, el deseo era mayor y no había preludio de meter y sacar con cautela, solo éramos dos animales en celo...Mi pelo era como la crin de un caballo y lo agarraba con suavidad pero con anhelo. Sentí en mí orgasmos que no parecían tener fin. El suyo, una riada de nuevo de su semen en mí que bañaba todas las paredes de mi vagina, contrayéndome de placer casi doloroso. Los dos caímos rotos jadeando sobre la alfombra. Había conseguido dos cosas, revivir nuestra mejor época y gozar hasta perder la noción del tiempo....ah, aquella noche se aplazó la salida, ya se deduce ¿o...no? Cansancio o por seguir la faena…. a saber.
Que la salida de aquella noche pudiera retrasarse o no, no era un problema. Yo tenía todas las armas que una mujer podía utilizar una gran noche como aquella. 
Dejé que mi perfecto esposo tuviera su tiempo para prepararse, lo que me permitió cambiarme rápidamente de ropa interior. Cambie el coqueto conjunto rojo por otro atrevido y endiabladamente sensual del color del azabache. Lo había estado guardando con esmero, esperando una gran ocasión en la que poder utilizarlo. Y, ¿qué mejor ocasión que una noche como esa? El punto más maravilloso y gratificante fue comprobar que, con el vestido puesto, parecía que no llevaba nada en absoluto debajo, aspecto que encontré bastante cautivador y apropiado para aquella situación.
Ramón salió del baño, pero aquella vez impecable e impoluto de pies a cabeza. Así era él, un perfeccionista intachable, un maniaco del orden y la organización. Pero, por mucho que las apariencias mostraran lo que parecía ser un tedioso y desganado hombre de trabajo, la realidad era mucho más ostentosa. Sí era cierto que bien por un lado a veces mostraba un comportamiento frío y solitario, pero eso lo provocaban las muchas horas que pasaba en su "adorado" trabajo y, por consiguiente, llegaba a casa con el típico humor de perros que, he de suponer, había heredado de su padre, una persona muy severa y austera. Sin embargo, proponerme a mí misma llegar a conocerlo bien a fondo fue un gran acierto. Ramón demostró ser un caballero, afable y para nada odioso. Y, para colmo, la primera vez que probé sus labios, mis partes más íntimas le dieron su aprobación de inmediato. Al principio pensé que debía de tratarse de un ser fantástico, lejano a este planeta y sacado de un cuento, pero en la cama demostró ser mucho más real de lo que esperaba. No resultó ser un diablo, no. Resultó ser el jodido dios del sexo. ¡Eso es! Sus caricias, sus movimientos, su lengua humedeciéndome por completa, sus labios rozándome hasta el punto de explotar, su espléndido y magnífico miembro entrando y saliendo de mí haciéndome tener orgasmos jamás imaginados. Sí, desde luego, Ramón podría ser irracional a veces e incluso un tanto consentido, pero cuando se trataba de convicción, en la cama estaba perdida.
Por el momento, me complació comprobar como la profundidad de aquel mar que tenía por ojos me lanzaba repetitivas olas por todo mi cuerpo. Sí, le había gustado como iba, la ropa interior con aquel vestido azulón con un escote considerable había sido todo un éxito. Tanto, que tuve que empujarle yo misma por la puerta en dirección al coche para evitar que pudiera volver a desnudarme y volver a repetir la fantástica escena que había ocurrido apenas unos minutos, pero no. Aquella noche iba a ser especial y el plan debía seguirse a rajatabla.
Aunque llegamos con retraso, nuestros amigos seguían en el club en el que habíamos quedado. La frase en la que todos estaban pensando tras unirnos a ellos era obvia:
"Han tenido una pelea, por eso han llegado tarde"
Me hizo gracia ver la cara de preocupación de cada uno, así que decidí que aquel juego continuara un poco más. No entendía por qué nuestros amigos tenían la estúpida costumbre de pensar que, cada vez que faltábamos o llegábamos tarde a algo, teníamos que haber tenido una discusión. Bobadas. Pero en aquel momento, me pareció algo idóneo para mi plan. Sabía que Ramón también había notado la cara de extrañeza de los demás, así que le advertí con la mirada que no dijera nada y mantuviera la boca cerrada. La comisura de sus labios formaron una sonrisa picarona, como si se estuviera divirtiendo tanto como un niño, así que aceptó mi petición esperando con paciencia ver cuál era exactamente mi plan.
Al poco rato de que un camarero nos sirviera unas copas, decidí que era el momento oportuno para llevar a cabo mi escena, mi pequeño teatro. Así pues, tomé el resto que quedaba de mi copa y se lo lancé por encima a mi esposo. Todos los presentes enmudecieron de inmediato y hasta el mismo Ramón se desconcertó por lo sucedido, pero sabía que él no se dejaría intimidar tan fácilmente. Segundos después, sus ojos lanzaban chispas, declarándome la batalla. Sabía que me había adentrado en un terreno peligroso y escabroso, pero tenía que continuar con aquella representación. Él no perdió el tiempo y, esta vez, el líquido de su copa acabó encima de mi vestido. Estuve a punto de soltar una carcajada de diversión, pero la reprimí mordiéndome el labio. Ramón esperaba una respuesta por mi parte, lo sabía, esperaba la siguiente acción de ese ocurrente drama. La mayoría, por no decir, la totalidad del restaurante nos observaban, atónitos por presenciar el absurdo acto que estábamos llevando a cabo. Pero aquello debía terminar rápido si yo deseaba seguir con mi plan, mi plan para hacer de este un viernes diferente. Por consiguiente, me levanté con un gesto distinguido, estiloso, como cuando una reina o protagonista va a abandonar un lugar, y me encaminé muy segura de mí misma hacia la salida. Escuché a mi espalda como una silla se movía, por lo que supuse que Ramón iba a seguirme el paso. Perfecto. Y así fue, unos pasos más adelante, una vez fuera del club, Ramón alcanzó mi posición y acostumbró sus pasos a los míos. No dijo nada, no me tocó. Solo siguió mirándome como a la espera de señales, como cuando un perro espera que su amo le dé órdenes. Pues muy bien, yo le iba a dar unas buenas órdenes aquel viernes.
Llegamos al lugar al que me había dirigido. Era una plaza sin apenas luces y rodeada completamente de vegetación, árboles y arbustos. No había nadie, así que fue más que complaciente para mí. Me giré y miré a Ramos a los ojos. Mi petición era clara, no quería negativas ni replanteamientos, solo quería fundirme con él escondidos entre algunos de los matojos del parque. En cierta forma fue una sorpresa para ambos. Él no esperaba que yo fuera a pedirle tal cosa, y yo nunca imaginé que fuera a ser capaz de hacerlo. Me habían educado de una manera un tanto reservada y conservadora, pero en aquel instante, todas esas enseñanzas se fueron al infierno. Se marcharon en el instante en que Ramón puso uno de sus dedos encima mía, rozándome haciéndome sentir como jamás se hubiera pensado. Era un paraíso, era el mismo cielo. Que dios me ayudara, pero sabía que aquella noche su miembro estaría más grande y espectacular que nunca y que no podría escapar de sus brazos por más que le rogara que parase. Ahora aquel mar que tenía por ojos había embravecido y avecinaba que una fuerte tormenta se acercaba. Así, tomé aquella tempestad con los brazos abiertos y dejé que tocara e hiciera conmigo lo que quisiera. Noté su dedo rondando las puertas de mi vulva y entró de una manera brutal y avasalladora, apoderándose de todos y cada uno de los espacios que contenía mi interior. Sin embargo, pareció que le resultó poco pues otro segundo dedo se adentró de inmediato para acompañar la invasión del primero. Estaba sumida en un agonizante y deleitoso mundo del que ya era imposible escapar y menos cuando su boca se instaló en mi pecho, succionándolo y produciendo que estallara en mil pedazos y mis fluidos fueran expulsados al exterior. No podía ni moverme, así que él me colocó con delicadeza en el tibio suelo y me abrió con lentitud y verdadero afán. Me penetró y ya no recuerdo nada más. Fue una noche realmente intensa.