¡Enganchados!

domingo, 17 de febrero de 2013

Antes de que salga el Sol (VII.I)



-          ¡Ivett!

Se despertó sobresaltado. Había tenido un espantoso sueño sobre el día en que ella se había marchado y las terroríficas cosas que él había hecho después. ¿Aquel pasado le perseguiría toda su vida? Maldición.

Se levantó de su cama de sábanas de satén negras y se dirigió al baño. Abrió el grifo con el agua más fría que pudo y se lavó la cara, despejándose casi al instante. Se miró al espejo. Joder. Sus ojos se habían vuelto de nuevo rojos. Solo le ocurría aquello cuando se enfurecía. Era la parte oscura de todos los ángeles. Bueno... De todos menos de aquella chica que lo perseguía hasta en sus sueños. Aquellos ojos celestes le habían hechizado y no podía deshacer aquel encantamiento. Y menos aun cuando se volvían de aquel color tan especial. Cuando ella enfurecía, su color no era el de la sangre, no. Eran del color del…

-          ¡Duncan! ¡¡Duncan!!

Mery le sacó de sus pensamientos.

-          ¿Qué ocurre?

-          ¡Es Ivett!

-          ¿Qué le pasa a Ivett?

-          No… Ella no…

-          ¿Ella qué? ¿Ella no qué?

-          Ella… Ella no está.

Duncan puso los ojos como platos. ¿Cómo no iba a estar? Era imposible que se marchara de aquel lugar. Había cerrado todas las puertas que dieran al exterior y la única forma que había de salir era volando.

-          Manda un grupo de rastreo por toda la mansión. ¡Encontradla!

-          ¡Sí!

Y Mery se marchó corriendo.

Los dientes de Duncan comenzaron a chirriar de furia. ¿Dónde diablos se habría metido? Maldita mujer. ¿No podía sencillamente estarse quieta? Santo dios.

Salió de la habitación una vez se hubo vestido con sus típicos pantalones negros y una camiseta de tirantes anchos blanca. ¿Habrían encontrado ya a la “princesita”? Entonces, uno de los ángeles que custodiaba el orden de la mansión se le acercó con el rostro pálido y casi sin aliento.

-          ¡Señor!

-          ¿Tú eres…?

-          Soy Taylor señor.

-          Dime Taylor. ¿Dónde está la arcángel?

-          Eso es lo que le quería mencionar, señor. Por muy increíble que parezca, la princesa ha desaparecido.

-          ¡¿Cómo puede haber desaparecido?! Yo mismo me encargué de asegurarme que todas las puertas estuvieran cerradas para que no pudiera marcharse de aquí. Solo un ángel podría…

Se quedó en blanco. ¿Un ángel? ¿Era posible que ella hubiera recuperado sus recuerdos y, con ello, sus poderes? Entonces podría haber salido sin problemas por el inmenso balcón de su habitación. Pero, ¿eso quería decir que se había vuelto a marchar? ¡¿Por qué?! ¿Por qué se marchaba siempre de su lado?  

La rabia comenzó a invadir el interior del ángel y Taylor dio unos pasos atrás cuando los ojos de su superior enardecieron de furia.

-          Señor… ¿Se encuentra bien?

Su mirada no se dirigía a ningún lugar en concreto. Solamente estaba allí parado, como una inmensa torre, y esos ojos lanzaban chispas de ira. Ni siquiera escucho lo que aquel muchacho le estaba diciendo. Sencillamente, lo apartó de un manotazo que lo estrelló de un súbito golpe contra la pared y se dirigió con ímpetu hacia el cuarto de Ivett.

Abrió la puerta con tal fuerza, que la separó de las bisagras y esta calló en un estruendoso sonido al suelo. Miró por todas partes de la zona. Nadie. Allí no había nadie. Entonces percibió que la puerta del balcón estaba abierta y salió al exterior. Cerró los ojos y trató de percibir su rastro. Era difícil conseguir rastrear a alguien que se había marchado volando, ya que el viento disolvía la presencia poco tiempo después. Pero un cierto olor a mar, a tormenta y a la fruta más prohibida se instaló en su nariz. Se sonrió a sí mismo, agradeciendo tener un sentido tan agudo como lo tenía para percibir rastros y poder así buscar a quien deseaba encontrar. Y sin perder ni un segundo, Duncan desplegó sus alas cobrizas y se dirigió al lugar donde la chica estaba.

Sin embargo, lo que Duncan no sabía es que a donde se estaba encaminando, era a la misma boca del lobo. Iba al Mundo de los Eternos, a la guarida de los Súndabar. 





miércoles, 13 de febrero de 2013

Antes de que salga el Sol (VII)


Un hombre extraño la perseguía por un bosque oscuro y a media noche. El cielo estaba teñido de rojo, como si la misma sangre lo hubiera manchado, y la luna parecía reírse de sus torpes y agitados movimientos. Corría como alma que lleva el diablo e intentaba no tropezar con la maleza del terreno. Sin embargo, a pesar de la máxima rapidez que le podía proporcionar su cuerpo, aquel ser estaba cada vez más y más cerca. Podía oír sus pisadas, su respiración agitada y sus profundos y tenebrosos ojos clavados en su nuca. La alcanzaría si no se le ocurría ningún plan, pero ¿qué diablos podía hacer? Miraba hacia atrás con desesperación y sabía que no tenía escondite alguno. De repente, pudo ver como alzaba su mano y agarraba su pelo de manera violenta, haciéndola parar. Sacó su horrible navaja mariposa, la abrió con un sutil movimiento de muñeca y justo cuando iba a abrirle el cuello… Logró escabullirse con un movimiento enloquecido y fue entonces cuando lo vi. Oh, Dios mío. ¿Era Duncan? ¿Duncan estaba intentando matarla? No podía ser cierto, pero él estaba allí, enfrente de ella y ningún sentimiento se percibía en su faz. Pero se dio cuenta de una cosa. Sus ojos no eran de aquel color verde como la tierra, ni de aquel rojo sangre. No. Sus ojos eran completamente blanco, como si no tuviera alma, como si no fuera él mismo. ¿Dónde había visto antes aquellos ojos?

Entonces lo recordó. Cuando Mery y ella habían ido a aquel bar, el chico que no había hablado durante toda la velada que había intentado matarla junto a su compañero tenía el mismo tono. El color de la muerte. Unos ojos inertes. ¡Un Súrdabar! Pero no era posible… ¿Cómo era Duncan uno de ellos? La única razón para estar en aquel estado era que él hubiese cedido ante el mal de Deuce. ¿Cuál era el motivo para qué hubiera caído ante ello? Duncan era un hombre fuerte y lo sabía, sabía que él odiaba a toda aquella estirpe que asolaba su clan y que lo que más odiaría sería ser uno de ellos, así que ¿por qué?

Duncan volvió a colocarse a su lado y esta vez la agarró del cuello y la levantó del suelo asfixiándola. Tenía que hacer algo si no quería morir.

Rápidamente le dio una patada en sus partes y este, retorciéndose de dolor, la soltó finalmente. Recomponiéndose y tomando aire, Ivett se giró y volvió a salir corriendo. Aunque estaba segura de haber asestado un buen golpe, era Duncan la que lo seguía después de todo. Se recuperaría en poco tiempo, así que corrió. Corrió todo lo que pudo, corrió por sobrevivir, corrió por su vida. Pero tenía que idear un plan, no podía permanecer siempre en el mismo lugar, corriendo sin ningún sentido. Así, cuando creyó que lo había perdido de vista, se paró y repasó el lugar. Se encontraba en un bosque, con árboles sin hojas y el olor de la muerte impregnado por todas partes. ¿Qué lugar era aquel? ¿No le resultaba familiar? Un momento… Mirando hacia adelante, pudo localizar una leve y fugaz luz que se percibía a lo lejos. ¡Sí! Si no le fallaba su instinto, se encontraba en la infinita entrada a la mansión de los ángeles. Así pues, sin más pensamientos, retomó su ritmo y fue hacia allá.

Llegó poco tiempo después, faltándole el aliento. Tenía que refugiarse dentro. Abrió la puerta y subió las escaleras hasta llegar a la biblioteca. A pesar de haber cruzado varios pasillos, no había encontrado a nadie por el lugar y aquello le parecía muy raro. ¿Qué estaba pasando?

De repente, escuchó un súbito golpe proveniente de la gran puerta de la mansión. Maldición, Duncan ya estaba ahí. Pero, ¿por qué huía de él? Vale, porque estaba intentando matarla, pero, ¿por qué razón quería hacerlo? Se había percatado de que sus ojos no eran como usualmente solía verlos, o como cuando se enfadaba. No. La oscuridad que los poblaba era terriblemente escalofriante y no sabía qué hacer. ¿Debía contactar con alguien? ¿Avisar de que Duncan se había vuelto peligroso? No. No quería que le pasara nada malo. Tenía que encontrar otra forma de hacerle volver en sí, pero ¿cómo?

Un estruendoso sonido se escuchó al lado de la sala de la biblioteca. ¡Joder! Ya estaba ahí. Buscó un sitio para esconderse y, de repente, al mover accidentalmente un libro de su zona, una de las estanterías se movió, dando lugar a unas escalerillas en forma de caracol que bajaban a algún extraño lugar. ¿De dónde había salido eso? Sin embargo, sin ningún planteamiento, entró y, casi al instante, la estantería volvió a su sitio ocultándola del exterior.

Decidió bajar lentamente las escalerillas, llevando cuidado por donde pisaba e intentando ver algo entre toda la oscuridad. Cuando finalmente terminó aquel trayecto, se encontró frente una puerta. Era vieja, con polvo y telarañas y de un color que no supo describir. ¿Debía pasar? ¿Por qué no? No perdía nada por intentarlo.

Se aproximó al picaporte y, cuando lo giró y entreabrió un poco la cancela…

Despertó de su sueño.

Se levantó de la cama, descubriendo, que se encontraba sola en su cuarto. Recordaba que se había quedado dormida después de que Mery… No quería pensarlo, no en aquel momento. ¿Qué había sido esa pesadilla? Se asociaba mucho a la que la perseguía en la mayoría de sus sueños, pero esa vez había sido más extenso, había durado más de lo normal y había descubierto cosas nuevas. ¿Acaso eso habría ocurrido en su pasado? No sabía por qué, pero algo le decía que no. Entonces, ¿por qué? ¿Por qué se repetía una y otra vez?

Salió al balcón para despejarse. Quería olvidar todo lo que le había pasado a partir de conocer a Duncan. Quería volver a su antigua vida, a esa en la que todo era sencillo y no tenía ninguna complicación demasiado dificultosa. ¿Por qué le pasaba todo eso a ella? Si aquellos chicos no hubieran aparecido en su vida… Pero lo hicieron, y con ello apareció Duncan en su vida y todo lo relacionado con la arcángel. Quería volver, no haber vivido nada de aquello y menos después de que Mery le contara que…

Pero se le ocurrió una idea. No podría volver a su vida anterior, pero sí que podría marcharse de allí, a algún lugar en el que pudiera estar en paz y donde nadie la encontrara, al menos hasta que todo se solucionara y se sintiera preparada para volver. Sabía que después de lo que Mery le había contado retomaría el mismo paso que hizo antiguamente, pero no encontraba nada más que hacer. Sabía que heriría a su amiga y a Duncan, pero es lo único que deseaba en aquel momento. Desaparecer, de nuevo. Marcharse a hurtadillas. Pero, ¿a dónde? Se paró a pensarlo muy seriamente. Lo pensó una, dos, tres, cuatro, cinco veces… Y entonces la bombilla iluminó su mente. La iluminó como el sol ilumina el mundo al amanecer.

Así pues, sin detenerse ni un minuto, cogió todas sus cosas y se sentó en la barandilla del balcón.

-          ¿Hola? ¿Puedes oírme?

-          Claro que puedo escuchar tu voz.

En aquel instante, el ángel de las alas del color de la noche y el pelo como la nieve apareció ante ella.

-          ¿Ocurre algo? ¿Por qué me has llamado?

Ivett lo miró con los ojos enrojecidos. Intentaba contener las lágrimas que combatían furiosas por salir.

-          Sácame de aquí. Llévame a un lugar donde nadie pueda encontrarme.

Aquel ángel sonrió de una forma hechizante, aunque creyó percibir una especie de toque macabro. ¿Seguro que aquello era una buena idea?

-          Ven aquí, Alexandra. Abrázate a mí y agárrame fuerte.

Así pues, como si la afirmación que hubiera realizado surtiera efecto sobre ella, se levantó y se le aproximó muy, pero que muy cerca. Pasó sus brazos alrededor de su cintura y se agarró con toda la fuerza que tenía.

-          ¿A dónde me llevas?

-          Voy a llevarte a tu salvación, querida. Vas a venir conmigo al Mundo de los Eternos.

Y, alzando el vuelo, la sacó de aquel lugar que le provocaba unas peculiares nauseas. Adiós, pensó en su fuero interno. Y se marchó con el corazón sobrecogido.



Antes de que salga el Sol (VI.III)


Ya era de noche y ni siquiera había ido a cenar. No tenía ganas de nada. Después de volver a ver a Alexandra se había quedado sin fuerzas totalmente. Mierda. ¿Por qué? ¿Por qué diablos no podía acordarse de su propio pasado?

La cama tampoco la ayudaba a relajarse y no podía encontrar ninguna postura que le permitiera conciliar el sueño y, así, desconectar del mundo. Malditas manías. Se sentía inútil, débil, se sentía como una mierda. ¿Qué podía hacer?

Llamaron a la puerta.

-          No hay nadie.

No quería ver a nadie. No quería que nadie la viera de aquel modo.

-          Pues tu voz demuestra todo lo contrario.

Entonces Mery se asomó por un pequeño hueco de la puerta. Llevaba un recogido con una alta coleta de caballo y su pelo lacio caía con elegancia sobre sus hombros. Lo cierto es que cada vez que la veía, le parecía que se había vuelto más guapa.

-          Mery, no estoy de humor para visitas.

-          Ya lo sé, pero me da igual.

No pudo evitar que una pequeña sonrisa asomara en su rostro. Ella siempre había sido así. Siempre había hecho lo que le había parecido más conveniente sin importar lo que los demás pensaran. Sin embargo, ese método le había brindado grandes oportunidades y le gustaba su forma de ser. Era como un felino. Hacía lo que quería, pero siempre pensando en las consecuencias, los pros y los contras. Hasta el momento, ese instinto suyo nunca le había fallado. Por mucho que ella quisiera estar sola en ese momento, sabía que no lograría convencer a su amiga de que la dejara. Era muy cabezona y siempre conseguía lo que quería y ese caso no era una excepción para ella, seguro.

-          ¿Cómo estás?

-          ¿Cómo voy a estar? Fatal.

-          Pero, ¿qué es lo que ha ocurrido?

Aunque Ivett no le apetecía nada hablar sobre lo ocurrido, le contó todo a su amiga con pelos y señales. Esta la escuchó con atención y no la interrumpió ni una sola vez hasta que hubo terminado de decírselo todo.

-          Vaya…- Sus rasgos se habían tensado y se notaba que estaba pensando muy seriamente en lo que iba a decir- Es una situación bien jodida.

-          Ni te lo imaginas. Ahora mismo me siento la persona menos útil del mundo. No puedo ni acordarme de mi propia vida. ¿Me entiendes?

Mery permaneció en silencio por un momento y analizó la situación con absoluta concentración.

-          Respóndeme a una pregunta.

-          Dime.

-          ¿Tú realmente quieres recuperar tus recuerdos o solo lo haces por algún caso en especial?

Ivett se sorprendió ante aquello. ¿Algún caso en especial? Se paró a pensarlo.

Desde que había llegado allí, todo había sido muy confuso y no lograba encontrar sentido a nada de lo que la rodeaba en aquella nueva vida. Ni los ángeles, ni los Súrdabar, ni nada de eso. Por ello, quería recordar. Recordar para saber quién era en realidad, para acordarse de su pasado, para saber quiénes fueron sus padres, para enterarse de por qué acabó realmente en ese hospital y quién fue el que puso aquella nota y para… Sí. Lo que más deseaba era acordarse de Duncan. Ese era su más ferviente deseo. Aunque él la confundía muchas veces alejándose de ella y luego, repentinamente, tomándola y besándola, algo en su interior le decía que era muy importante para ella. ¿Por qué? ¿Qué era lo que le alentaba a estar a su lado a cada momento y querer poseerlo al más mínimo roce?

-          ¿Ivett?

-          Mery…- Claro, esa era la respuesta- Lo que quiero realmente es acordarme de Duncan. ¿Tú sabes algo? ¿Qué hubo entre él y yo? ¿Qué tipo de relación tuvimos? Aunque me pare a pensarlo, no consigo adivinarlo. Primero se aleja de mí con la intención de no querer tener ni la más mínima relación conmigo, y luego me besa de una manera impresionante para luego volver a marcharse. Esto me está volviendo loca. ¿Qué demonios le pasa? ¿Me odia o me desea? Eso es lo que no acabo de comprender y mi mayor deseo es entender el por qué.

Mery se puso pálida. Entonces fue cuando se dio cuenta de que sabía lo que pasaba. Sabía que le estaba ocultando algo.

-          Mery, ¿qué es lo que sabes?

-          Yo… No puedo decirlo.

-          ¡¿Por qué no?! ¿Qué es lo que todos tratáis de ocultarme? ¿Alguien quiere contármelo de una vez por todas?

Su amiga se quedó totalmente paralizada. ¿Y ahora qué le decía? Recordó perfectamente el día en que Duncan les pidió expresamente que aquello debería quedar en secreto y que quien traicionara aquella regla sería apremiado con un severo castigo. Dios. No sabía que era capaz de hacer, pero seguro que no eran rosas y corazones exactamente.

-          Ivett yo… Realmente no puedo contártelo.

Ella se hundió en el fondo de una de las butacas de la sala. Quería desaparecer, dejar de existir y que se la tragara la tierra. Ojalá aquel sillón tuviera la capacidad de absorber a las personas.

-          Ivett…- Odiaba ver a su amiga así de destrozada y perdida, deseaba con todas sus fuerzas que fuera feliz, pero aquella situación era… Ya le daba igual- Ivett. Si te lo cuento, debes prometerme que no dirás, ni harás nada que no debas. Si lo haces, es posible que jamás vuelvas a verme.

Entonces los ojos de la muchacha se dieron a ver y tenían un brillo especial, el brillo de quien por fin encuentra alguna respuesta a sus preguntas.

-          Te juro que no diré nada.

-          Está bien, escucha atentamente, pero lo que te cuente no te va a gustar.

-          Te escucho.

Así, Mery le contó todo a Ivett y, al final de su historia, esta no pudo evitar que unas furiosas y reprimidas lágrimas salieras de su interior. Mery la cobijó entre sus brazos y la estuvo acariciando hasta que sus ojos no tuvieron la fuerza para mantenerse abiertos y, por fin, calló en un profundo sueño.



jueves, 7 de febrero de 2013

Antes de que salga el Sol (VI.II)



-          La parejita de enamorados…

Chad se encontraba escondido entre las oscuridades del jardín. Había presenciado toda la escena de principio a fin y los celos recorrían sus venas. De nuevo… ¡Santo Dios! Incluso después de tanto tiempo, después de marcharse, ¡después de olvidar! Después de todo lo que había pasado, ella volvía a encontrarse entre los brazos de él. ¿Por qué…? ¿Por qué siempre acababa de la misma manera?

“La Diosa los ha unido a los dos por unos lazos inquebrantables”

¿Lazos inquebrantables? ¿La Diosa? ¡Venga ya! Él era científico y todas esas fanfarronadas sobre la Diosa, las leyendas y los mitos no se las creía en absoluto. ¡Lazos inquebrantables! No existía nada así. En la mayoría de las ocasiones las parejas solían acabar separados así que, ¿por qué no ser esta una más?

Sin embargo, tiempo atrás él había ofrecido su amor a aquella chica de cabellos de lino y ojos del mar. Le ofreció el mundo, el sol, las estrellas, la luna y el mar. Se lo ofreció todo. ¡Se sentía hasta con la capacidad de conseguirlo! A pesar de todo, ella lo rechazó. Se excusó afirmando estar enamorada de Duncan. ¿Por qué él? ¿Por qué él de entre todos? ¿Por qué el único ser al que reconocía como su superior? La quería a ella. Lo admiraba a él. Todas las cartas estaban en su contra y tuvo que guardar silencio.

Pero cuando supo que Ivett había aparecido de nuevo, ¡que ella no se acordaba de Duncan! Pensó, solo quizá, que podría enamorarla. Pero había llegado tarde. Había estado colapsado por su trabajo y se había olvidado completamente de su objetivo principal y… Sí. Se le habían adelantado y bastante.

“Jamás lograrás romper el escudo que los envuelve”

Y, además, aquella voz lo seguía a todas partes. Siempre había sido así. Algo en su interior lo guiaba, lo avisaba y, también, lo corrompía. Era como otra faceta que se mantenía escondida en su interior.

Desde que era pequeño, le había hablado a cada momento y había surgido cuando más lo necesitaba. Sin embargo, aquella otra forma de su ser también podía llegar al punto de alentarle a hacer cosas que él mismo sabía que estaban mal.

“Mátala. Hazlo. Pero después morirás tú, tenlo por seguro”

Una sonrisa irónica se dibujó en su cara. Claro. Podría haberla matado, pero Duncan habría destrozado después todos y cada uno de sus huesos uno por uno, lenta y dolorosamente. Y puede que incluso lo dejara vivo en ese estado de sufrimiento por toda la eternidad ya que era un vampiro…

Y ahí seguían. De repente, ella se había desmayado y, en un acto reflejo, él había estado a punto de darse a ver para ir en su ayuda. Sin embargo, Duncan la había tomado entre sus brazos y había comenzado a gritar su nombre. Al despertar, Ivett había comenzado a llorar y, finalmente, habían acabado abrazados.

¿Qué seguía haciendo él ahí? ¿Por qué no se había ido ya del lugar? Solo la imagen que estaba viendo ya le provocaba un dolor lacerante y comenzaban a flaquearle las piernas.

Sí… Lo mejor sería marcharse de allí.

Y así lo hizo.