¡Enganchados!

miércoles, 6 de noviembre de 2013

¡¡Nuevo libro del mes!!

PREGÚNTALE A 
VIRGINIA



Ramón y mi Sexo. Parte 1.

Habían pasado tres días después del encuentro con el desconocido, la vida seguía el curso de la rutina. Ramón seguía su pasión laboral. Allí se sentía como pez en el agua. En casa era el despojo de tanto esfuerzo, yo lo tenía superado y en mi reciclaje aprendí a vivir con la situación pero sin sentirme arrastrada por ella, amén que con la experiencia de aquel día se había abierto la caja de Pandora. 
Ese viernes pensé en hacer algo diferente, quería poner a prueba mis dotes de buena amante y saber si podía subir la lívido del esposo, perfecto, así que me prepare para ello.
Mientras él se bañaba, preparé con esmero una cena fría, los detalles de mantel copas y velas adornaban la mesa. Ya había pensado que vestido ponerme, teníamos una cita con los amigos en un club. Tenía que jugar con el tiempo sorpresa y que todo cuadrara. Deseaba sexo y Ramón aún me atraía.
Conjuntada de braguitas y sujetador rojo, sentada en el sofá me coloqué los zapatos de tacón alto y negro. Los até cómodamente al tobillo. Sentía en el bajo vientre el deseo, que crecía imaginando la escena de Ramón poseyéndome apasionadamente bajo una bata de transparencias negra que contrastaba con el rojo, como preludio de pasiones incontroladas. 
Me acerqué al baño donde ya se secaba delante del espejo. Pegué mi cuerpo a su espalda besando el cuello y su óvulo con la lengua muy húmeda. Se sorprendió por la escena que la rutina había roto, pero reaccionó de inmediato con sus manos apretando las mías. Nos mirábamos al espejo. Mis pechos casi explotaban en el mini sujetador y los pezones erizados hablaban de mi estado de excitación. Se volvió hacia mí y nos dimos un beso profundo. Las lenguas hacían que el éxtasis creciera. Todo se convirtió en besos cómplices de los orgasmos que se preparaba a venir, yo era consciente...aún de sacar partido, que durara lo suficiente para saborear del momento al máximo. Fui bajando lentamente hacia su vientre, haciéndole estremecer, al presentir lo que venía con mis besos, y donde irían más profundos. Rodeaba con mi lengua su pecho. Paré en su ombligo, allí hacía que la saliva fuera más fluida. La toalla hacía de pared ,no quería quitarla aún, pero sobre ella ya se intuía la erección. Con una mano acariciaba presionando con suavidad, haciendo crecer la ansiedad. Apoyado en el lavabo, con sus manos en mi cabeza, intentaba dirigir mi cabeza hacia su sexo, pero yo retrasaba con caricias previas el momento. Su pasión creció cuando tiré de la mini toalla y su pene, ya al máximo de la erección, quedó desafiante a la altura de mi boca. No fui allí directamente, seguí besando sus ingles. Por experiencia sabía que era una dulce tortura. Me humedecía mientras gozaba de la escena, lo notaba rendido en mis manos, toda su virilidad, sus gemidos hacían que me excitara más y me recreara con más deseo. Cuando cogí su pene para meterlo en mi boca... frené. Comencé a besarlo de abajo arriba, de arriba abajo salivándolo y preparándolo para una vez en mi boca, no soltar aquella presa;  succionándolo hasta hacerlo explotar y no soltarlo hasta que su semen dejara de brotar. Ramón casi no podía aguantar tantas caricias. Su boca se abría, a la vez que mordía sus labios fruto del deseo que estaba sintiendo, apretando cada vez más mi cabeza con anhelo. El líquido preseminal se mezclaba con mi saliva haciendo ruidos morbosos. Seguí la tortura de retrasar su eyaculación, separé sus piernas y besé casi lamiendo sus genitales. Lo introducía en mi boca con facilidad. Mi lengua se había vuelto incontrolada. Mi pasión se mezclaba con su deseo. El pene casi parecía romperse, sus venas estaban al máximo, pero yo me retiraba unos segundos y me empleaba en las otras zonas ya dichas. El deseo crecía de forma animal. Ramón estaba al límite; yo en mi presa sexual, sintiéndome dueña absoluta de la situación. Con las piernas abiertas al máximo, tenía todo al alcance de mis labios. Mi lengua se dirigió a su ano, mojándolo con saliva y haciendo con ella un mini falo. Fue el cúmulo de la locura, ya no aguantó más, rompiendo el gemido con un alarido brutal. El semen caía a chorros, casi no daba tiempo a beber el precioso líquido que caía por la comisura de mis labios. Calló roto y temblado...Me miró algo incrédulo por lo vivido. Limpié mis labios y salí del baño en dirección a la salita. Allí la cena nos esperaba y mi ración de sexo también... Ramón.


Salió del baño con una bata y cenamos casi en silencio. Él me conocía, sabía que yo le pediría mi parte de sexo y se preguntaba ¿cómo?, pues acaba de soltar su depósito de semen. Mi mirada era provocadora e insistente, cenaba casi desganada, mi deseo carnal era mayo... estaba nerviosa y deseaba apagar la fogosidad que sentía en mi sexo. Con la copa en la mano me acerqué a él sinuosa. Puse mi tacón sobre su pene, presionando suavemente. Estaba algo duro pero su pene no era mi objetivo, no buscaba una penetración. Sabía que no podía aún. Me senté a horcajadas en sus muslos, le besaba en la comisura de los labios, mi lengua lamía y besaba con lujuria, él notaba mi ansiedad. Me movía y eso le enervaba. De forma lenta cabalgaba sobre él, poniendo mis pechos a la altura de su boca, que se erizaban por el deseo contenido....Cuando los metió en su boca sentí una ráfaga de fuego y me apretaba más hacia él, como si quisiera que me tragara. Succionaba mis pechos con una precisión que hacía que mi vagina latiera de placer. Sus manos apretaban mis nalgas haciendo que mi movimiento presionara su pene, que ya crecía de nuevo para mi sorpresa. Pero mi objetivo estaba por llegar con mi sexo a su boca y que calmara mi sed con su lengua, hurgando en mi vagina, lamiendo la vulva, mordiendo suavemente mi clítoris, eso es lo que deseaba locamente, y él lo noto...Se cambió de postura con un suave movimiento, yo en la silla, él de rodillas en una postura cómoda, acercó mi sexo a su boca y...creí morir. Cuando el orgasmo  rompió en mi vientre, mis fluidos salieron disparados a su boca y eso lo volvió loco. Casi en un segundo me colocó en postura de 4 patas y me penetró, haciendo que mi cara tocara casi el respaldo de la silla, las embestidas eran salvajes, el deseo era mayor y no había preludio de meter y sacar con cautela, solo éramos dos animales en celo...Mi pelo era como la crin de un caballo y lo agarraba con suavidad pero con anhelo. Sentí en mí orgasmos que no parecían tener fin. El suyo, una riada de nuevo de su semen en mí que bañaba todas las paredes de mi vagina, contrayéndome de placer casi doloroso. Los dos caímos rotos jadeando sobre la alfombra. Había conseguido dos cosas, revivir nuestra mejor época y gozar hasta perder la noción del tiempo....ah, aquella noche se aplazó la salida, ya se deduce ¿o...no? Cansancio o por seguir la faena…. a saber.
Que la salida de aquella noche pudiera retrasarse o no, no era un problema. Yo tenía todas las armas que una mujer podía utilizar una gran noche como aquella. 
Dejé que mi perfecto esposo tuviera su tiempo para prepararse, lo que me permitió cambiarme rápidamente de ropa interior. Cambie el coqueto conjunto rojo por otro atrevido y endiabladamente sensual del color del azabache. Lo había estado guardando con esmero, esperando una gran ocasión en la que poder utilizarlo. Y, ¿qué mejor ocasión que una noche como esa? El punto más maravilloso y gratificante fue comprobar que, con el vestido puesto, parecía que no llevaba nada en absoluto debajo, aspecto que encontré bastante cautivador y apropiado para aquella situación.
Ramón salió del baño, pero aquella vez impecable e impoluto de pies a cabeza. Así era él, un perfeccionista intachable, un maniaco del orden y la organización. Pero, por mucho que las apariencias mostraran lo que parecía ser un tedioso y desganado hombre de trabajo, la realidad era mucho más ostentosa. Sí era cierto que bien por un lado a veces mostraba un comportamiento frío y solitario, pero eso lo provocaban las muchas horas que pasaba en su "adorado" trabajo y, por consiguiente, llegaba a casa con el típico humor de perros que, he de suponer, había heredado de su padre, una persona muy severa y austera. Sin embargo, proponerme a mí misma llegar a conocerlo bien a fondo fue un gran acierto. Ramón demostró ser un caballero, afable y para nada odioso. Y, para colmo, la primera vez que probé sus labios, mis partes más íntimas le dieron su aprobación de inmediato. Al principio pensé que debía de tratarse de un ser fantástico, lejano a este planeta y sacado de un cuento, pero en la cama demostró ser mucho más real de lo que esperaba. No resultó ser un diablo, no. Resultó ser el jodido dios del sexo. ¡Eso es! Sus caricias, sus movimientos, su lengua humedeciéndome por completa, sus labios rozándome hasta el punto de explotar, su espléndido y magnífico miembro entrando y saliendo de mí haciéndome tener orgasmos jamás imaginados. Sí, desde luego, Ramón podría ser irracional a veces e incluso un tanto consentido, pero cuando se trataba de convicción, en la cama estaba perdida.
Por el momento, me complació comprobar como la profundidad de aquel mar que tenía por ojos me lanzaba repetitivas olas por todo mi cuerpo. Sí, le había gustado como iba, la ropa interior con aquel vestido azulón con un escote considerable había sido todo un éxito. Tanto, que tuve que empujarle yo misma por la puerta en dirección al coche para evitar que pudiera volver a desnudarme y volver a repetir la fantástica escena que había ocurrido apenas unos minutos, pero no. Aquella noche iba a ser especial y el plan debía seguirse a rajatabla.
Aunque llegamos con retraso, nuestros amigos seguían en el club en el que habíamos quedado. La frase en la que todos estaban pensando tras unirnos a ellos era obvia:
"Han tenido una pelea, por eso han llegado tarde"
Me hizo gracia ver la cara de preocupación de cada uno, así que decidí que aquel juego continuara un poco más. No entendía por qué nuestros amigos tenían la estúpida costumbre de pensar que, cada vez que faltábamos o llegábamos tarde a algo, teníamos que haber tenido una discusión. Bobadas. Pero en aquel momento, me pareció algo idóneo para mi plan. Sabía que Ramón también había notado la cara de extrañeza de los demás, así que le advertí con la mirada que no dijera nada y mantuviera la boca cerrada. La comisura de sus labios formaron una sonrisa picarona, como si se estuviera divirtiendo tanto como un niño, así que aceptó mi petición esperando con paciencia ver cuál era exactamente mi plan.
Al poco rato de que un camarero nos sirviera unas copas, decidí que era el momento oportuno para llevar a cabo mi escena, mi pequeño teatro. Así pues, tomé el resto que quedaba de mi copa y se lo lancé por encima a mi esposo. Todos los presentes enmudecieron de inmediato y hasta el mismo Ramón se desconcertó por lo sucedido, pero sabía que él no se dejaría intimidar tan fácilmente. Segundos después, sus ojos lanzaban chispas, declarándome la batalla. Sabía que me había adentrado en un terreno peligroso y escabroso, pero tenía que continuar con aquella representación. Él no perdió el tiempo y, esta vez, el líquido de su copa acabó encima de mi vestido. Estuve a punto de soltar una carcajada de diversión, pero la reprimí mordiéndome el labio. Ramón esperaba una respuesta por mi parte, lo sabía, esperaba la siguiente acción de ese ocurrente drama. La mayoría, por no decir, la totalidad del restaurante nos observaban, atónitos por presenciar el absurdo acto que estábamos llevando a cabo. Pero aquello debía terminar rápido si yo deseaba seguir con mi plan, mi plan para hacer de este un viernes diferente. Por consiguiente, me levanté con un gesto distinguido, estiloso, como cuando una reina o protagonista va a abandonar un lugar, y me encaminé muy segura de mí misma hacia la salida. Escuché a mi espalda como una silla se movía, por lo que supuse que Ramón iba a seguirme el paso. Perfecto. Y así fue, unos pasos más adelante, una vez fuera del club, Ramón alcanzó mi posición y acostumbró sus pasos a los míos. No dijo nada, no me tocó. Solo siguió mirándome como a la espera de señales, como cuando un perro espera que su amo le dé órdenes. Pues muy bien, yo le iba a dar unas buenas órdenes aquel viernes.
Llegamos al lugar al que me había dirigido. Era una plaza sin apenas luces y rodeada completamente de vegetación, árboles y arbustos. No había nadie, así que fue más que complaciente para mí. Me giré y miré a Ramos a los ojos. Mi petición era clara, no quería negativas ni replanteamientos, solo quería fundirme con él escondidos entre algunos de los matojos del parque. En cierta forma fue una sorpresa para ambos. Él no esperaba que yo fuera a pedirle tal cosa, y yo nunca imaginé que fuera a ser capaz de hacerlo. Me habían educado de una manera un tanto reservada y conservadora, pero en aquel instante, todas esas enseñanzas se fueron al infierno. Se marcharon en el instante en que Ramón puso uno de sus dedos encima mía, rozándome haciéndome sentir como jamás se hubiera pensado. Era un paraíso, era el mismo cielo. Que dios me ayudara, pero sabía que aquella noche su miembro estaría más grande y espectacular que nunca y que no podría escapar de sus brazos por más que le rogara que parase. Ahora aquel mar que tenía por ojos había embravecido y avecinaba que una fuerte tormenta se acercaba. Así, tomé aquella tempestad con los brazos abiertos y dejé que tocara e hiciera conmigo lo que quisiera. Noté su dedo rondando las puertas de mi vulva y entró de una manera brutal y avasalladora, apoderándose de todos y cada uno de los espacios que contenía mi interior. Sin embargo, pareció que le resultó poco pues otro segundo dedo se adentró de inmediato para acompañar la invasión del primero. Estaba sumida en un agonizante y deleitoso mundo del que ya era imposible escapar y menos cuando su boca se instaló en mi pecho, succionándolo y produciendo que estallara en mil pedazos y mis fluidos fueran expulsados al exterior. No podía ni moverme, así que él me colocó con delicadeza en el tibio suelo y me abrió con lentitud y verdadero afán. Me penetró y ya no recuerdo nada más. Fue una noche realmente intensa.




miércoles, 21 de agosto de 2013

Memorias de una Paranoica (I)

Esta va a ser una nueva sección del blog. Explicaré todas las paranoias que me surgen o pasan. Espero que os gusten.

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No soporto llegar a casa y encontrar a mi hermano durmiendo. Pero lo que no soporto no es exactamente que mi hermano duerma, sino que haga sus extraños "soniditos" mientras duerme. Como si estuviera comiendo, como si estuviera mascando, como si estuviera un gran pene en su boca. Es un sonido vulgarmente asqueroso el cual no soporto. Me dan ganas de MATARLO. Tardo una infinidad en dormirme, os lo juro. Ese sonido asqueroso y repugnante... Ej. Esa es una de mis paranoias.

jueves, 9 de mayo de 2013

Vuelta a lo clásico, ¿por qué no?

Obras como El Quijote, El Amor en los tiempos del Cólera, La Fiesta del Chivo, Cien años del Soledad, Veinte Poemas de Amor y una Canción Desesperada, El coronel no tiene quien le escriba cartas, El Lazarillo de Tormes, El Viejo y el Mar, La Vuelta al Día en 80 Mundos, Romeo y Julieta, El Retrato de Dorian Gray...
Un sin fin de novelas de grandes escritores como Miguel de Cervantes, Gabriel García Marquez, Mario Vargas Llosa, Julio Cortazar, Pablo Neruda, Oscar Wilde, William Shakespeare...
Todas y cada una de ellas. Todos y cada uno de ellos.
Únicos.
Magníficos.
Esplendorosos.
Únicas.
Magníficas.
Esplendorosas.
Algo así como... Una vuelta a lo clásico, ¿verdad?
Lo cierto es que no está de más que de vez en cuando salgamos del "Mundo del Bestseller" y nos leamos  un libro de los buenos, un libro de literatura.
A todos nos gustan los vampiros, demonios, ángeles, extraterrestres y seres que surgen de nuestra imaginación, pero, a veces, las narraciones de estas novelas son tan realistas, ricas, profundas, versátiles, absorbentes, descriptivas, humorísticas y, sencillamente, buenas que después de haber estado leyendo un infinito número de, como les llamo yo, "libros del placer", sienta estupendamente echar mano de una obra que es fantásticamente increíble. Así que:

Vuelta a lo clásico, ¿por qué no?

Cuando yo lo hago, me fascino ante tal forma de combinar palabras, estructurar frases y crear obras de arte.
Hazlo. Vamos. No te arrepentirás.




lunes, 6 de mayo de 2013

#Top 5 libros que tienes que tener en tu estantería


El Libro De Jade: Lena Valenti


Amante Oscuro: J. R. Ward


El Beso De Medianoche: Lara Adrián


Cincuenta Sombras de Grey: E. L. James


El Ángel Caído: Nalini Singh

miércoles, 1 de mayo de 2013

Antes de que salga el Sol (VIII.I)

 “A tu espalda”.

Se agachó. Una daga había pasado velozmente muy próxima a sus alas.

Perdone los modales de nuestros compañeros, pero ya debe saber que los ángeles no son muy bien recibidos aquí.

El guía le había conducido hasta una de las guaridas de los Súndavars y estaba plagado de esos asquerosos insectos que lo miraban con temor y deprecio. Normal, pensó en su fuero interno. Él era el jefe del clan de los ángeles, los encargados de destruir a aquellos monstruos, ¿cómo no iban a odiarle?

Aunque su instinto le decía que los cogiera a todos y los matara de la forma más depravadora posible, se resistió a esa tentación. Claramente aquel lugar estaba lleno de centenares de ellos y, aunque tenía mucha confianza en su fuerza y poder, era bastante más divertido ver lo que aquellos idiotas le tenían preparado.

De repente, aquel Súndavar que no tenía olor a muerto, sino que era más normal de lo que parecía, se detuvo ante una inmensa puerta con escritos del idioma del lado oscuro. Podía leerse de manera sencilla el lema de su bando:

“Fricai Andlát”
Amigo de la muerte.

-          Ya hemos llegado, señor.

-          ¿Qué festejos me deparan tras esa puerta?

Entonces, aunque durante todo el trayecto aquel sujeto no se había inmutado ni había mostrado ningún sentimiento, esta vez sonrió de forma macabra.

-          Es una reunión convocada especialmente para usted. Espero que le agrade la estancia.

“No entres.”

Otra vez su segundo yo…

-          Calla…- susurró.

-          ¿Cómo?

Ahora el sirviente parecía extrañado.

-          ¡No hablaba contigo!- Su tono de voz aumentó ligeramente.

“Anda, mátalos a todos. Haz arder el edificio. Encuentra a la chica y retenla para siempre.”

-          Que te calles. Voy a pasar.

-          Muy bien, señor. Le agradezco que sea tan razonable.

-          ¡Que te den!- Dijo haciéndole un gesto obsceno con el dedo.

Y entró.

Las luces estaban oscuras y no se veía absolutamente nada. Asimismo, los ángeles no era solamente aliados de la luz porque sí. Por ello, comenzó a batir sus alas enérgicamente y un extraño chispazo empezó a emerger de estas. Y en un segundo, se iluminaron como si el Sol les hubiera entregado un poco de su fuego.
La sala se pudo ver, entonces, perfectamente.

-          Ya veo que dominas plenamente tus poderes, Duncan.

-          ¿Quién eres?

Ante él, un extravagante personaje con cabellos nevados y ojos abismales se encontraba apoyado contra una de las paredes cuidadosamente decoradas con bellos dibujos y destacables imágenes.

-          ¿Que quién soy yo? Oh, en estos momentos eso es lo menos importante.

-          Tú me has traído hasta aquí, ¿no? ¿Qué quieres de mí?

La cara de complicidad que plasmó su rostro le resultó bastante desagradable.

-          Señor Duncan, me alegra que se encuentre con nosotros. Me gustaría hacerle una oferta.

-          Habla. ¿Qué…?

Pero no pudo decir más. No, porque, de nuevo, esa deliciosa y refrescante fragancia que ya lo había cautivado un tiempo atrás lo distrajo de su conversación. Podía sentirla intensamente penetrar en su interior, pero por más que miraba a todos lados, no lograba encontrar de donde procedía. ¿Dónde estaba? ¿Dónde estaba Ivett?

-          ¿Le ocurre algo?

Pero Duncan ya no lo estaba escuchando. En lo único en lo que ahora estaba concentrado era en encontrar su procedencia.

-          Señor Dun…

Ya le daba igual. Salió corriendo de la sala y comenzó a cruzar pasillos y habitaciones siguiendo el rastro de aquella mujer.

“A tu izquierda.”

Y, con un ágil movimiento, esquivó el cuchillo que iba dirigido directamente hacia él. Se giró y, de repente, se encontró rodeado.

-          Es muy descortés por su parte irse así tan deprisa.

Era el hombre del pelo blanquecino otra vez.

-          En estos momentos no está en posición de hacer lo que se le antoje. Podríamos acabar con usted en este momento.

-          ¿Y por qué no lo habéis hecho ya?

De nuevo esa asquerosa cara de complicidad.

-          Es usted muy astuto, señor Duncan. Es cierto, si aún no le hemos atacado es porque nos interesa que todavía siga con vida.

-          ¿Qué es lo que queréis de mí?

El sujeto dio dos pasos en su dirección encabezando al resto. Era como el líder del clan, como el cabecilla de la manada. Era quien controlaba a los demás.

-          Queremos que ordene la inmediata disgregación de su clan, del clan de los ángeles.

Duncan sonrió irónicamente y dio unas sonoras carcajadas que retumbaron por todo el pasillo de la estancia. Fue un sonido fuerte, frío, espeluznante… Como quien está a punto de saltar al abismo de la locura.

“¿Creen que pueden vencerte? Mátalos a todos. Demuéstrales quién manda aquí.”

-          Y, ¿por qué debería de hacer eso?

-          Porque la tenemos bajo nuestro poder.

Los pelos de Duncan se erizaron. No había dicho su nombre, pero sabía que hablaban perfectamente de Ivett. Ellos habían sido quienes la había secuestrado, pero, ¿cómo? Los Súndavars no tenían la habilidad de volar, y la habitación de Ivett estaba colocaba sobre una inmensa torre a varios metros de altura y diseñada para no ser escalada. ¿Quién podría haberlo hecho?

-          ¿Y bien? Esperamos aun su respuesta señor Duncan.

-          No pienso hacerlo.

-          ¿Cómo?

-          Siempre habéis estado detrás de ella, tras su rastro. ¿Por qué matarla ahora? No tendría ningún sentido.
El hombre curvó sus labios en un extraño gesto de diversión.

-          ¿Quién ha dicho nada de matar? En ningún momento se me había pasado esa idea por la cabeza, pero ya sabe… Mis chicos están deseando ponerle la mano encima.

Todos a su alrededor gruñeron como animales ante su sed de sangre y algunos incluso ante el deseo. Eran como lobos acechando a su presa. Esperaban el mejor momento para atacar y disfrutar del banquete.
A Duncan le hirvió la sangre. No le hacía ni la más mínima gracia que aquellos asquerosos le pusieran una mano encima. Él se encargaría de matarlos a todos si se atrevían a ello. Intentó enfriar su cabeza y pensar. Necesitaba un plan. Aunque pudiera deshacerse de todos ellos, seguro que alguno aprovechaba la batalla para huir y dirigirse hacia Ivett. No podía permitir que pasara.

Sin que ninguno de los presentes lo percibiera, Duncan apretó un botón que llevaba escondido junto a él. Era el botón de alarma, así que ahora todos en su clan habían quedado avisados y estarían en camino. En ese momento lo único importante era ganar tiempo, pero, ¿cuánto lograría retenerlos? Ellos no eran exactamente pacientes y se guiaban más por su instinto que por cualquier otra cosa. Sin embargo, se había dado cuenta de que, aunque pareciera fuera de lugar, todos y cada uno de ellos obedecía al sujeto de pelo blanco y ojos negros. ¿Quién demonios sería?

-          ¿Dónde está ella?

-          No puede verla en este momen…

-          ¡Si no la veo no me creeré ni una palabra de lo que me estás diciendo!

El hombre guardó silencio durante un rato, meditando.

-          Está bien- Dijo al fin, mientras volvía a acercarse de forma insinuante-, puede verla. Pero ella no lo va a ver a usted.

-          ¿Por qué no?

-          Está profundamente dormida y, como comprenderá, de momento no me parece conveniente que despierte.
Y el cabrón encima la había drogado para dormirla. La única imagen que pasaba por la cabeza de Duncan era él mismo arrancándole la cabeza a ese repugnante ser y luego prenderle fuego completamente.

“Pues hazlo.”


Por más que se resistiese, aunque le jodiera admitirlo, si la cosa seguía así, al final no podría controlar a su otro yo que arañaba con ímpetu las puertas que él intentaba mantener cerradas. Las puertas de su alma. Si aquel demonio salía, dudaba que encontrara la suficiente fuerza como para lograr escapar del laberinto que siempre aparecía ante él cuando eso le ocurría. Y, para cuando conseguía atravesarlo, se encontraba con mil y una pesadillas que ya jamás dejarían de perseguirlo. Diantres… ¿Cuánto más iban a tardar los de su clan? ¿Tan difícil era seguir su localización hasta ese sitio? Pues que se dieran prisa, porque sabía, por mucho que se resistiera, que sus energías e intentos estaban llegando a su fin y que, pasara lo que pasase, destrozaría sin pensarlo todo lo que encontrara a su paso. No obstante, lo que le preocupaba no eran todos esos Súndavars de mierda… No. Lo que le preocupaba ciegamente era que su otro yo diera con ella… Con Ivett. Sabía que sus dos partes la amaban, con la única diferencia de que el otro le haría daño y le haría todo lo que se le antojase. ¡No podía permitir tal descontrol! No quería que ella saliera herida, que sufriera. Que Dios les ayudara, pero esperaba por el bienestar de ambos que aquello no ocurriese.




domingo, 31 de marzo de 2013

Antes de que salga el Sol (VIII)


Capítulo 8

Aunque aquella noche podría haber sido la más fría de toda su vida, la sangre que hervía con vehemencia por sus venas hacía que no sintiera ni el más mínimo atisbo de frigidez. Volaba con ímpetu, incluso rozando la desesperación. El rastro estaba desapareciendo, por lo tanto debía ir lo más rápido posible sin detenerse para no perder a su objetivo. Un poco más, un poco más…

-          Déjame salir.

¡No! Pensó en su fuero interno.

-          Si me dejaras, podrías atrapar en un pestañeo a esa mujer y encerrarla en algún lugar del que jamás pudiera escapar y siempre fuese tuya.

La batalla interna que Duncan estaba teniendo en ese momento con la maldición que había acarreado desde pequeño parecía haberse vuelto más y más fuerte con el transcurso de los años. ¡Maldición!

-          Vamos Duncan, no podrás tenerme siempre aquí encerrado.

-          ¡¡Eso porque lo dices tú!!

Y se detuvo al momento.

La fragancia de Ivett se sentía cerquísima de ese lugar. Cruzó lentamente con su vuelo un parque que ya se situaba a las afueras de la ciudad. ¿Dónde demonios estaría? Pero no le dio más tiempo a pensar ya que tuvo que volverse rápidamente para atrapar el machete que iba dirigido directamente hacia él. Al seguir con la mirada el trayecto del arma, vio uno de esos asquerosos Súndabar. Sin embargo, notó algo extraño en aquel en especial. Aunque su instinto le decía claramente que ya era uno de esos monstruos, sus ojos eran de un color miel y, normalmente, los Súrdabar solían tener los ojos completamente blancos o negros. Que extraño…

-          Bienvenido.

Eso sí que le sorprendió. ¿Un Súrdabar dando la bienvenida? Vaya chiste.

-          Lamento haberle lanzado el cuchillo, pero solo quería verificar de quien se trataba. Menos mal que ha llegado, le hemos estado esperando.

-          ¿Qué quieres de mí?

-          Por favor señor Duncan, sígame.

Era casi evidente que aquello iba a ser una trampa, pero aquel dulce olor que estaba buscando volvió a él y estaba en la dirección en la que aquel Súrdabar le estaba diciendo que fuera. Que extraño… ¿Qué hacía Ivett con ellos? Una de dos. Uno, o ella había decidido revelarse en su contra y se había puesto de parte de Deuce, o dos, alguien se la había llevado.

Miró a la figura que había intentado herirle hace un segundo y sonrió. Tiempo atrás, si uno de esos insectos le hubiera dicho lo que aquel le había pedido, lo habría matado sin pensárselo dos veces y habría seguido su camino. No obstante, aquella fría y oscura noche pareció cambiar algo en su interior. Sintió como si la adrenalina de su cuerpo estuviera aumentando por momento y pensó que sería mejor reservarse para más tarde. Muy bien esto va a ser más divertido de lo que creía, se dijo.

Así pues, devolvió la mirada a quien iba a ser su acompañante por un tiempo aquella noche. Sería el primero que no moriría en aquel instante, ni segundos después. No. Que se sintiera afortunado ya que había decidido aceptar su propuesta. A su forma de ver, un milagro había hecho que aquel extraño de ojos humanos y vivientes tuviera la suerte de mantener su vida a salvo… por el momento.

-          Está bien, pero te aviso. Si te acercas más de un metro de mí, te mato.

Y con un gesto de afirmación, Duncan comenzó a seguirlo, sabiendo que la mujer a la que iba buscando se encontraba a escasos metros de él.




domingo, 17 de febrero de 2013

Antes de que salga el Sol (VII.I)



-          ¡Ivett!

Se despertó sobresaltado. Había tenido un espantoso sueño sobre el día en que ella se había marchado y las terroríficas cosas que él había hecho después. ¿Aquel pasado le perseguiría toda su vida? Maldición.

Se levantó de su cama de sábanas de satén negras y se dirigió al baño. Abrió el grifo con el agua más fría que pudo y se lavó la cara, despejándose casi al instante. Se miró al espejo. Joder. Sus ojos se habían vuelto de nuevo rojos. Solo le ocurría aquello cuando se enfurecía. Era la parte oscura de todos los ángeles. Bueno... De todos menos de aquella chica que lo perseguía hasta en sus sueños. Aquellos ojos celestes le habían hechizado y no podía deshacer aquel encantamiento. Y menos aun cuando se volvían de aquel color tan especial. Cuando ella enfurecía, su color no era el de la sangre, no. Eran del color del…

-          ¡Duncan! ¡¡Duncan!!

Mery le sacó de sus pensamientos.

-          ¿Qué ocurre?

-          ¡Es Ivett!

-          ¿Qué le pasa a Ivett?

-          No… Ella no…

-          ¿Ella qué? ¿Ella no qué?

-          Ella… Ella no está.

Duncan puso los ojos como platos. ¿Cómo no iba a estar? Era imposible que se marchara de aquel lugar. Había cerrado todas las puertas que dieran al exterior y la única forma que había de salir era volando.

-          Manda un grupo de rastreo por toda la mansión. ¡Encontradla!

-          ¡Sí!

Y Mery se marchó corriendo.

Los dientes de Duncan comenzaron a chirriar de furia. ¿Dónde diablos se habría metido? Maldita mujer. ¿No podía sencillamente estarse quieta? Santo dios.

Salió de la habitación una vez se hubo vestido con sus típicos pantalones negros y una camiseta de tirantes anchos blanca. ¿Habrían encontrado ya a la “princesita”? Entonces, uno de los ángeles que custodiaba el orden de la mansión se le acercó con el rostro pálido y casi sin aliento.

-          ¡Señor!

-          ¿Tú eres…?

-          Soy Taylor señor.

-          Dime Taylor. ¿Dónde está la arcángel?

-          Eso es lo que le quería mencionar, señor. Por muy increíble que parezca, la princesa ha desaparecido.

-          ¡¿Cómo puede haber desaparecido?! Yo mismo me encargué de asegurarme que todas las puertas estuvieran cerradas para que no pudiera marcharse de aquí. Solo un ángel podría…

Se quedó en blanco. ¿Un ángel? ¿Era posible que ella hubiera recuperado sus recuerdos y, con ello, sus poderes? Entonces podría haber salido sin problemas por el inmenso balcón de su habitación. Pero, ¿eso quería decir que se había vuelto a marchar? ¡¿Por qué?! ¿Por qué se marchaba siempre de su lado?  

La rabia comenzó a invadir el interior del ángel y Taylor dio unos pasos atrás cuando los ojos de su superior enardecieron de furia.

-          Señor… ¿Se encuentra bien?

Su mirada no se dirigía a ningún lugar en concreto. Solamente estaba allí parado, como una inmensa torre, y esos ojos lanzaban chispas de ira. Ni siquiera escucho lo que aquel muchacho le estaba diciendo. Sencillamente, lo apartó de un manotazo que lo estrelló de un súbito golpe contra la pared y se dirigió con ímpetu hacia el cuarto de Ivett.

Abrió la puerta con tal fuerza, que la separó de las bisagras y esta calló en un estruendoso sonido al suelo. Miró por todas partes de la zona. Nadie. Allí no había nadie. Entonces percibió que la puerta del balcón estaba abierta y salió al exterior. Cerró los ojos y trató de percibir su rastro. Era difícil conseguir rastrear a alguien que se había marchado volando, ya que el viento disolvía la presencia poco tiempo después. Pero un cierto olor a mar, a tormenta y a la fruta más prohibida se instaló en su nariz. Se sonrió a sí mismo, agradeciendo tener un sentido tan agudo como lo tenía para percibir rastros y poder así buscar a quien deseaba encontrar. Y sin perder ni un segundo, Duncan desplegó sus alas cobrizas y se dirigió al lugar donde la chica estaba.

Sin embargo, lo que Duncan no sabía es que a donde se estaba encaminando, era a la misma boca del lobo. Iba al Mundo de los Eternos, a la guarida de los Súndabar.