¡Enganchados!

martes, 28 de agosto de 2012

Antes de que salga el Sol (IV.IV)

Capítulo 4.4

Joder. No sabía que cojones hacer. Ivett se había caído desmayada y la había cogido entre sus brazos para conducirla a su habitación. Aun seguía con los ojos cerrados y no parecía tener bonitos sueños. No paraba de moverse inquieta y de decir cosas inentendibles en sueños. ¿Qué demonios había pasado?

Se había sentado en una de las butacas que tenía y había permanecido con los dedos cruzados apoyado en ellos. No le gustaba esa situación y nunca le habían gustado, pero no podía hacer nada ante aquello. Se levantó y comenzó a pasearse de un lado a otro. ¿Qué debía hacer? Se acercó hasta ella y quedó a escasos centímetros de su rostro. ¿Por qué diablos tenía que ser tan tremendamente perfecta? Se apartó de su lado impidiendo que sus deseos hicieran algo de lo que luego se podría haber arrepentido. Además, estando dormida no habría sido correcto. ¿Cuándo volverían sus recuerdos? Sin ellos nunca lograría recuperar sus poderes y sin ellos… Nunca lo recordaría a él, ni todo lo que pasaron juntos. ¿Por qué tenía que sentirse tan atraído hacia ella? Si nunca hubiera pasado aquellos ratos a su lado, jamás se habría preocupado por la mierda que estaba pasando. Ahora mismo debería estar ahí fuera, buscando a algunos Súrdavar y destruyéndolos mientras escuchaba los gritos de agonía que desprendían cuando los hacía sufrir como solo él sabía. Entonces se paró en seco y pensó. ¿Por qué estaba allí? ¿Acaso no podía llamar a otra persona que lo suplantara para cuidarla y salir a la ciudad para cumplir su misión de jefe del clan? ¡Claro! Cogió el móvil Samsung Galaxy Age S Plus que llevaba en el bolsillo y marcó el número de Mery. Al poco tiempo, la mujer descolgó el teléfono y respondió.

-          ¿Dígame?

-          Mery, ven deprisa a mi cuarto.

-          ¿Por qué? ¿Qué ocurre señor Duncan?

-          Ivett se ha vuelto a desmallar y yo no puedo ocuparme de ella. Te encargo que la cuides y me informes cuando su estado haya mejorado.

-          De acuerdo, voy en seguida.

-          Te lo dejo a ti. Envíame un mensaje en cuanto despierte, ¿de acuerdo?

-          Vale.

-          Pues me voy. Luego hablamos.

-          Hasta luego.

-          Adiós.

Y nada más colgar, cogió unos pantalones, una camiseta y unas gafas de sol negras y se dirigió a la sala de armas. Tomó un par de pistolas que guardó sujetándolas en sus piernas y, tras agarrar su navaja mariposa favorita, se marchó en busca de un poco de violencia.






sábado, 25 de agosto de 2012

Antes de que salga el Sol (IV.III)

Capítulo 4.3



-          Alexandra… Alexandra…

Abrió con lentitud los ojos. Se sentía extremamente cansada y no podía mover su cuerpo. Una voz la llamaba, pero no sabía quien era, ni de donde venía.

-          Alexandra…

Decidió volver a cerrar los ojos. Tenía mucho sueño y lo único que deseaba era desconectar.

-          ¡Alexandra!

Ahora sí. La voz subió rápidamente de tono y le taladró el tímpano haciendo que se levantara del lugar en el que estaba dormitando. Miró a todos lados. Nada. Ni un solo alma se encontraba allí. ¿En dónde estaba? Le rodeaba una especie de plaza enorme, totalmente desierta y con el olor de la muerte constante. No sabía de qué le sonaba aquel sitio, pero no le agradaba demasiado estar allí.

-          Alexandra…

Y otra vez esa voz. No paraba de llamarla Alexandra y Alexandra. Lo cierto es que Ivett le gustaba mucho más.

-          ¡Qué!

No sabía quien la llamaba, ni desde donde lo hacía, pero decidió responder a aquella voz que la nombraba sin cesar.

-          Sigue mi voz…

Ivett cerró los ojos y escuchó con atención. Si se concentraba del todo, podría averiguar la ubicación del sonido.

-          Estoy aquí…

¡La encontró! Dio media vuelta y se encontró con una casa en ruinas. Estaba totalmente destrozada y solo quedaba de ella algunos restos y demás.

-          Sigue mi voz…

Comenzó a caminar en aquella dirección y cruzó la entrada principal que aun seguía en pie. Traspasó la mitad del edificio, saltando rocas y llevando cuidado de no caerse. Llegó al final y salió a un amplio jardín. En comparación con todo lo que había visto, aquel jardín lleno de rosas, tulipanes, margaritas y completamente verde, se distanciaba mucho de la oscuridad que parecía cernir a toda la ciudad que había visto hasta ahora. Era realmente hermoso y no pudo evitar arrancar una flor y comenzar a olerla. Deliciosa.

-          Alexandra…

Mierda… Casi se le olvidaba el motivo por el que había cruzado aquella casa.

-          ¿¡Dónde estás!?

-          Estoy aquí… Detrás… Tuya.

Los pelos se le pusieron de punta. Una extraña sensación de que algo malo iba a pasar le recorrió el alma y, girándose lentamente, encaró a lo que, desde el principio, había estado detrás suyo todo el tiempo.

Al darse la vuelta, no pudo creer lo que tenía delante. Era ella. Una persona completamente idéntica la estaba mirando profundamente. Tenían exactamente la misma apariencia y la única diferencia era que aquel clon que la había seguido todo el rato, llevaba un largo y aterciopelado camisón blanco. ¿De dónde había salido?

-          ¿Quién eres?

Su otra yo la miraba sin reflejar ningún sentimiento en su cara. Era como un muñeco, una persona sin alma.

-          Yo… Soy tú.

¿Qué era ella? Pero… Eso era imposible. Si ella estaba allí de pie, era absolutamente improbable que también fuera la otra persona.

-          ¿Qué eres yo? Pero… Eso es imposible.

-          No. Yo… Soy… Tú…

-          ¿Y quién soy yo entonces?

-          Tú… Eres… Mi corazón.

¿Su corazón? No… Acaso ella era…

-          ¿Eres… la antigua Alexandra?

Una tímida sonrisa se dibujó en sus labios.

-          Sí. Encantada de verte.

Al menos ya podía oírla mejor. Conque la antigua arcángel…

-          ¿Qué hago yo aquí? ¿Acaso me has convocado tú?

-          Exacto. Te he convocado porque te prometí que lo haría.

-          ¿Qué me lo prometiste? ¿Cuándo?

-          Te lo prometí antes de que me pidieras que bloqueara tus recuerdos.

-          ¿Mis recuerdos? ¿Tú fuiste que los encadenó en alguna parte profunda de mí?

-          Yo solo hice lo que tú me dijiste que hiciera.

-          Entonces… ¿Yo te pedí que me borraras los recuerdos? ¿Por qué?

-          Porque…

Y ella desapareció en menos de un segundo.




viernes, 24 de agosto de 2012

Antes de que salga el Sol (IV.II)

Capítulo 4.2


Sabía que la furia se había apoderado de él y, la verdad, no le importaba. En ese momento se sentía más fuerte y feroz que nunca. Además, la cara de miedo que ella estaba poniendo al ver su lado más oscuro le daba cierto morbo. Quizás estuviera loco de remate, pero ella misma había causado aquella situación. Si al menos recordara… Pero, a parte de no hacerlo, se lo había restregado por la cara y había pasado por su lado sin ni siquiera mostrar un atisbo de interés hacia él. En aquel instante, sentía como si algo dentro de sí se hubiera encendido, como si sus instintos primitivos aparecieran después de haberlos mantenido ocultos tanto tiempo. ¿Por qué? ¿Por qué solo ella conseguía ponerlo así? Estaba enfadado, colérico, irritado, cabreado. Tenía unas tremendas ganas de coger todo lo que hubiera a su paso y destruirlo con la fuerza que le había sido otorgada. La volvió a mirar a la cara. Sus ojos mostraban que realmente se había olvidado de él, que ya no sabía ni quien era y que no sentía lo mismo que sintió en aquellos tiempo. ¿Qué tenía que pasar para que aquello cambiara? ¿Qué demonios tenía que hacer para que recuperase todos sus recuerdos y poderes? Maldijo por lo bajo y la encaró. Su propia mirada era seria y encolerizada, pero también percibía como desprendía chispas de ardor y deseo. Ya no podía más…

-          ¡Quítate de en medio! Si no lo haces voy a…

Ya no pudo hablar más debido a que unos furibundos labios impactaron con un violento beso en los suyos. Era un beso desesperado e impaciente. El típico que das cuando te rindes ante tus sentidos más salvajes. Ella se quedó inmóvil ante aquel momento y no supo que hacer. Sabía que no debía permitir aquel acto, pero algo en su interior, y no sabía el qué, le decía que tampoco debía apartarse. Le decía que aquello era en realidad lo que ella misma quería y que no debía echarse atrás. ¿Qué le estaba ocurriendo? Sin embargo, no hizo caso a esa pequeña vocecilla interna y lo separó de un empujón. Lo miró a los ojos con rabia, con unas ganas inmensas de pegarle un puñetazo.

-          ¿Pero quién te has creído que eres? ¡Sal ahora mismo de mi vista!

Sin embargo, aun por las peticiones que ella estaba pronunciando, Duncan no movió ni un pie del sitio. ¿De verdad pensaba que él se iba a ir así por las buenas? No. Tenía la firme idea de no dejarla marchar por un largo, pero que muy largo rato.

-          ¿Qué me vaya? Siento informarte de que no tengo planteamientos de irme.

-          ¡He dicho que te largues!

Entonces fue cuando alzó la mano para encajarle un buen derechazo en toda la cara, pero, olvidando que se enfrentaba a un arcángel, este esquivó el ataque con absoluta precisión y, con la misma rapidez con la que lo había hecho, la cogió del brazo y, tirando de ella, volvió a besarla con firmeza. Sin embargo, aquel beso no había sido igual que el anterior. No. El beso de ese momento le supo a deseo, a anhelo, a pasión… Le supo a amor.
Cuando por fin se separó de ella, sus ojos se habían vuelto de nuevo verdes y su rostro reflejaba una extraña paz. Sus músculos se habían relajado y ya no la apretaban con tanta rudeza. En vez de eso, movía su mano haciéndole unas tiernas caricias.

-          Eres tan hermosa… Vuelve a mí de nuevo, mi Dröttningu.(princesa)

Y tras esa palabra, un fortísimo dolor de cabeza reapareció de nuevo en ella y le hizo caer de rodillas al suelo. Aquella vez no se desmayó, sin embargo cuando abrió los ojos su mundo había desaparecido y había acabado en otro lugar, pero… ¿En dónde diablos estaba?





Pd: Siento que la chica no sea rubia ni tenga puestos unos vaqueros, pero describe el momento del beso robado perfectamente y me llegó al alma ^^

jueves, 23 de agosto de 2012

Antes de que salga el Sol (IV.I)

Capítulo 4.1


Había decidido levantarse. No iba a conseguir nada si se pasaba todo el día en la cama metida. Llevaba puesto unos tejanos rasgados que había encontrado en uno de los armarios polvorientos que había en la habitación y una camisa blanca que le venía dos o tres tallas más grande. Se había recogido el pelo con una coleta de caballo alta y se había maquillado con lo poco que había traído en su bolso. Se miró al espejo. Al menos no iba horrible… Entonces cogió la puerta y salió de aquella sala. Se encontró con un infinito pasillo iluminado con antorchas y el suelo cubierto de una larga alfombra azul marino. Pudo percibir algo parecido a unas huellas en el suelo, así que decidió seguir aquel rastro esperando llegar a algún lado. Las señas le llevaron a una pequeña habitación. Estaba repleta de libros por todas partes y había algunas butacas (de bastante buena calidad) colocadas de manera simétrica cerca del fuego de una chimenea para poder leer bien. Decidió inspeccionar los tomos. Eran todos muy antiguos y muchos de ellos no se les entendían ni el título debido al desgaste de haberlos usado tanto. Se paró en frente de un libro que se hacía llamar “El arcángel caído”. Lo cogió y abrió en una página cualquiera y comenzó a ojearlo. Le llamó la atención una parte:

“Todos estaban en contra suya. Ya nadie le comprendía y había perdido la razón de su existencia. Sus seres más queridos habían muerto y todo había sido culpa suya. Se maldijo a sí mismo por haber sido quien era y por haber cometido el error que nunca debería haber hecho. No le quedaba nada y lo único que hizo fue rendirse. Rendirse ante el mal. Dejarse invadir por lo impuro y no volver a ser quien era. Decidió por propio juicio envolverse con la oscuridad. Decidió… que sus alas se tiñeran de negro mientras la locura lo invadía por dentro y lo introducía al mundo de las sombras. Ya jamás sería un ángel puro y perfecto. No. Ahora se convertiría en lo que él siempre había temido. Se transformaría en un ángel caído, un demonio. Sería para siempre… un Súrdavar.”

-          ¿Te parece interesante?

Cerró el libro de un súbito golpe y dio un salto en cuanto se percató de la presencia tan cercana de Duncan. ¿Cuándo demonios había llegado? No sabía como lo había hecho, pero no lo había escuchado ni dar un simple paso. Lo miró con ojos acusadores, como quien espía a alguien cuando está en una situación complicada y es pillado con las manos en la masa.

-          ¿Desde cuándo llevas ahí?

Él la miró de arriba abajo como si estuviera sicoanalizándole. No sabía en qué estaba pensando, pero no parecía ser nada bonito. Sus ojos irradiaban ciertas chispas de odio, como si le hubieran contado una terrible historia. ¿Qué es lo que le pasaba?

-          Llevo aquí desde que cogiste ese libro y comenzaste a leerlo. ¿Te gusta? Parecías muy concentrada en ello. Si quieres puedes quedártelo. La verdad es que el tema de la novela pega mucho contigo.

¿Acaso era una ironía? Pues mucha gracia no le hacía. No le importaba si estaba de un humor de perros, pero eso no era motivo para echárselo en cara.

-          ¿Cómo has llegado? Ni si quiera te he escuchado entrar.

-          ¿Recuerdas que tengo alas? Pues para nosotros ir suspendidos en el aire es lo más normal que te puedes encontrar.

-          Ah… Claro.

Desvió la mirada y dejó el libro en su sitio. Luego se acercó al fuego y quedó como hipnotizada ante él. Las llamas se movían de un lado a otro y los tonos iban tornándose más claros o más oscuros.

-          Deberías llevar cuidado princesa. Si te pones demasiado cerca, te quemarás. Aunque no estaría de más un pequeño susto…

Ahora si que se había enfadado. Pero, ¿quién se creía que era para hablarle así? ¿Su padre?

-          Vamos a ver. ¿A ti que cojones te pasa conmigo? ¿Eh? ¿Tienes algún problema? Porque si es así estaría bien que me lo dijeras de una vez y pararas de hacer el idiota.

Entonces los ojos de Duncan se encendieron y brillaron como quien prende una mecha de dinamita. Estaban a punto de estallar. Dio unos pasos hacía ella y la miró directamente a los ojos.

-          ¿Realmente lo has olvidado todo?

¿Olvidar? ¿El qué? ¿Ahora se dedicaba a hacer jueguecitos de memoria? Fuera lo que fuese, ya le daba igual. Tenía pensado marcharse de su lado sí o sí.

-          Mira tío. No sé qué te pasa conmigo ni que quieres de mí, pero te diré una cosa. No me trates como si me conocieras desde siempre, porque ayer fue la primera vez que te vi en toda mi vida, así que hazme un favor y no me trates como si fuéramos grandes amigos ni nada por el estilo, porque no lo somos.

Dicho y hecho, se alejó de su lado y comenzó a caminar hacia la salida, pero… De repente, un enorme y musculoso brazo le interceptó el paso cerrando la puerta de un manotazo. Le miró a la cara y lo que vio no le gustó nada. Sus ojos se habían vuelto del color de la sangre y eso no quería decir nada bueno. Había hecho que algo en su interior estallara y ahora tendría que pagar las consecuencias. No sabía como acabaría aquello, pero por lo que parecía en ese momento corría grave peligro. Tenía que escapar de allí como fuera y… ¡Rápido!



miércoles, 22 de agosto de 2012

Antes de que salga el Sol (IV)

Capítulo 4


Aun por la lejanía del camino, se lograba escuchar los pitidos y chirridos de las máquinas de Chad. El sonido de sus pasos iba acompasando el ritmo y, poco a poco, iba volviéndose cada vez más y más molesto. Se detuvo en seco. Había llegado a la sala y vio a Chad vestido con una enorme bata blanca, unos viejos guantes de plástico y unas gafas protectoras que le daban un cierto aspecto de científico chiflado. Al darse cuenta de su presencia, el maquinista se dio la vuelta.

-          Hacia mucho tiempo que no te veía por estos sitios Duncan. ¿Has comenzado a aficionarte de repente por la ciencia?- Chad como siempre estaba con su típico sentido del humor.

-          No. Ya deberías saber que esta labor es tuya. Yo no dedico mi tiempo libre a juguetes electrónicos como tú.

Puso mala cara ante su comentario. Nunca le había hecho gracia que se metieran con toda la porquería con la que trabajaba. Era como su vida, como su alma. Sin todo aquello, Chad no sería nada más que alguien inservible.

-          Bueno… ¿Y qué es lo que quieres? Nunca sueles venir por aquí a no ser que tengas una buena razón para ello.

Su tono de voz se había vuelto serio. Ya había comenzado a funcionar su mente analítica y calculadora. Sin embargo, llevaba razón. Si él estaba allí, no era por simple placer. Aquella habitación nunca le había gustado y siempre lo ponía de mal humor. Intentó ser rápido y tajante. Fue directamente al grano.

-          Quiero que busques toda la información que puedas acerca de una persona.

-          ¿Qué persona en concreto?

-          Quiero que averigües todo lo que puedas saber acerca de Igor Blade.

-          ¿Igor? ¿El regente de la mansión? ¿Se puede saber para que quieres eso?

-          No preguntes y hazlo.

-          Pero…

-          ¡Que lo hagas!

-          ¡Sí, mi general!

Chad puso el lado de su mano en su frente y respondió como un soldado lo haría. Aquello parecía una orden de un general a su inferior y Chad interpretó perfectamente el papel. Duncan se dio la vuelta e hizo ademán de irse, pero Chad, como siempre, tenía un as en la manga.

-          ¿Qué me dirías si te cuento que sé algo acerca de lo que le pasó a Ivett hace años?

Entonces Duncan se quedó inmóvil. Giró la cabeza y lo escrutó muy detenidamente. No parecía haber señales de que Chad estuviera mintiendo en ese momento, así que volvió a su lado y le dijo:

-          Cuenta.

-          ¡Ah! ¡Ah! ¡Ah! No pienso contarte nada hasta que me digas por qué quieres saber todo sobre Igor.

-          No puedo decírtelo.

-          Pues entonces yo tampoco- El rostro de Chad rebosaba felicidad. Estaba claro que ganaría aquella batalla.

-          ¿Realmente sabes algo? ¿No me estás mintiendo?

-          Si te estuviera mintiendo, después seguramente me matarías y tú ya sabes que no me gustan las peleas,- Le guiñó un ojo de forma cordial- así que no veo el motivo por el que debería mentirte.

Duncan comenzó a decirse a sí mismo que Chad tenía razón. ¿Por qué mentirle? Si así hubiera sido, él se habría enterado y después le haría pagar caras sus falsas promesas. No lo mataría, pero tampoco le haría unas tiernas caricias…

-          Muy bien, tú ganas. Te contaré por qué necesito esa información, pero debes jurarme que lo que me vas a decir es total y absolutamente cierto.

Ambos se miraron a los ojos como si estuvieran teniendo interiormente una gran batalla. Al poco tiempo, Chad sonrió de forma cínica y se puso completamente recto.

-          Te lo juro.






martes, 21 de agosto de 2012

¡3000 Visitas Ya!

Bueno, bueno, bueno... Poco a poco este blog ha ido subiendo peldaños y por fin ha conseguido las 3000 visitas.

Doy las gracias a todos aquellos que han colaborado para hacer que este blog sea mejor con el paso del tiempo y a todos aquellos Enganchados que han ido siguiéndolo con interés y metiéndose día a día para comprobar si he subido nuevas actualizaciones.

Además, pido a todos aquellos que les gusta mí blog que, por favor, lo sigan y compartan toda la información que pueda con sus conocidos para que este blog sea cada vez más y más famoso.

Gracias y un feroz mordisco,

M y M.

Pd: Esperad a que llegue a 5000 visitas y ¡ya veréis lo que pasa! Seguid leyendo mis historias y disfrutad. Un beso a todos ;)



Antes de que salga el Sol (III.II)

Capítulo 3.2


Despertó horas después en una inmensa y calurosa cama. Le dolía todo el cuerpo y tenía un ardor que invadía todo su ser. Se levantó y abrió la ventana más cercana que encontró. El frío viento del otoño acarició su piel haciéndole ver que se encontraba en el mundo real. Mierda… Mierda. ¡Mierda! ¿Qué demonios se suponía que debía hacer? Todo había sido muy repentino y confuso y aun seguía sin creerse toda esa patraña sobre los ángeles, demonios y Súrdavar que le habían contado. Después de que aquel hombre sacara aquellas preciosas alas rojizas, su cabeza había comenzado a dolerle muy fuertemente y se había desmayado. No recordaba nada después de eso, solo una extraña voz que decía su nombre de forma casi inaudible e instantes después desaparecía en la oscuridad en la que ella misma se había cernido.

Escuchó el sonido de unos pasos acercándose a la habitación así que, rápidamente, se volvió a acostar en la cama y cerró los ojos mientras fingía que dormía. La puerta se abrió con un estruendoso chirrido. Intentó adivinar quien era sin que la persona en cuestión percibiera que estaba despierta. ¡Mery! Mery se encontraba justo enfrente, observándola con suma atención y sin apartar la vista de ella.

-          Ivett… ¿Estás despierta?

Apenas fue un susurro, pero pudo oírlo claramente. Abrió los ojos y se incorporó en la cama.

-          ¿Qué es lo que quieres?- Su voz se había tornado de un cierto tono cortante- ¿Algo que decir?

Su mirada reflejaba dolor, confusión y, sobre todo, arrepentimiento por haber engañado a la que, supuestamente, era su mejor amiga. Empezó a caminar sin sentido por todo el cuarto,  tocando todo lo que tenía a su alcance. De repente, al tocar una figura de marfil blanco en forma de ángel (que irónico), se detuvo.

-          Solo venía a saber si estabas bien- Aunque había hablado poco, se había atragantado en aquella frase un par de veces- Después de que te desmayaras me preocupé por lo que te podía haber pasado. Duncan nos dijo que era normal, ya que tus recuerdos irían despertando con el tiempo y eso te provocaría cosas como estas, pero seguía sin quedarme tranquila y decidí venir aquí.

-          ¿Duncan?

-          ¡Sí! Duncan es el jefe del clan. El que te ha explicado toda la historia.

Conque el imponente hombre con el que había hablado se llamaba Duncan, ¿eh? Era un nombre verdaderamente cautivador. Lo cierto era que desde que lo había visto la primera vez, algo en su interior había comenzado a agitarse. Sentía como si se estuviera formando dentro de ella una cosa indescriptible. No sabía exactamente lo que era, pero le daba poder…

-          ¿Y solo deseabas saber eso?

-          Sí… Quería ver que estabas bien.

-          Pues ya has visto que sí, así que ya te puedes ir.

-          Pero…

-          ¡Que te largues!

Aquel grito tan subido de tono le llegó a Mery como un puñal en su corazón y sus pupilas comenzaron a empañarse dando a ver que estaba a punto de llorar.

-          Em… Lo siento, no pretendía gritarte. Es solo que tengo un dolor de cabeza horrible y me molesta todo. Tú no tienes la culpa, lo siento.

Su semblante cambió y percibió como si un brillo de esperanza apareciera en sus ojos marrones. Entonces, comenzó a acariciar su pelo moreno, cosa que solo hacía cuando su estado de ánimo subía un poco. Ella siempre había tenido una bonita figura que hacía que los hombres cayeran rendidos a sus pies. Además la escasa separación entre sus dos dientes principales le daba un extraño encanto que solía gustar. Era especial, como creada de un cuento de hadas en donde ella era la protagonista y tenía que venir el príncipe a salvarla.

-          Es decir, que no estas enfadada conmigo- Su afirmación parecía más una pregunta.

-          No, no lo estoy. ¿Debería?

Su rostro la escrutaba con interés y confusión total.

-          ¿De verdad? ¿No te importa que solo hubiera estado contigo porque me lo habían encargado? ¿No te importa que en realidad siempre hubiera estado ocultándote la verdad? ¿No te importa…?

-          ¡Ya basta!- Su voz la hizo enmudecer- No, no me importa nada de eso. La verdad, no te voy a mentir. No me hace ninguna gracia que me engañaras y que me mintieras acerca de algunas cosas, pero no puedo enfadarme por ello.

-          ¿Por qué?- Se atrevió a preguntar.

-          Porque si realmente hubieras estado conmigo porque te estaban forzando, nunca te habrías preocupado tanto por mí, ni nunca me habrías dado un fuerte abrazo cuando me sentía sola o triste. Siempre estuviste ahí para mí, cuidándome y preocupándote de que no me pasara nada. Si hubieras querido, podrías haber cogido la puerta cientos de veces y marcharte sin más, pero no lo hiciste…

Ahora sí. Una brillante y húmeda lágrima recorrió las sonrosadas y redondas mejillas de Mery. No sé cuanto tiempo estuvo llorando, pero el tiempo se le hizo eterno y, al final, sin avisar, saltó sobre ella y le dio un fuerte y cálido abrazo.





domingo, 12 de agosto de 2012

Más allá de mis sueños (I)

Capítulo 1

     Por mucho que me costara mantener los ojos abiertos, no podía dormirme. Aquella noche no. Tenía el presentimiento de que nada bueno me esperaba en el mundo de los sueños y que seguramente las pesadillas me acorralarían sin dejarme escapatoria. Miré el reloj de nuevo. Las cuatro y media de la mañana. No hacía ni dos minutos que había mirado el móvil y el tiempo transcurría demasiado despacio. Decidí levantarme de la cama. No podía fiarme en aquel momento de la comodidad y calidez que me ofrecía, y menos cuando la oscuridad me acechaba cada dos por tres… Me dirigí a mi nuevo portátil, un HP Windows 7 de color azul eléctrico. Me lo había comprado hacía poco con unos ahorros que había ido guardando y no me había despegado de él desde entonces. Lo encendí y me quedé enfrascada leyendo el libro que me había descargado: “En el país de la nube blanca”. La verdad es que nunca había leído muchas novelas, pero, desde que un amigo me lo había recomendado, me había quedado totalmente enganchada.  Lo cierto, es que Sarah Lark escribía cosas preciosas, hacía arte.


     Cuando llegué a leer tanto que comenzó a dolerme la cabeza, volví a mirar la hora. Las seis y media. Me acerqué a la ventana y corrí las cortinas. Apenas empezaban a vislumbrarse los primeros rayos del sol y no había nadie por las calles. Seguramente no habría ninguna cafetería abierta y no podría entrar a tomar mi café de las mañanas hasta más adelantado el día. Sin embargo, decidí salir a darme un paseo. No conseguiría nada quedándome encerrada y cediendo ante la somnolencia, así que me puse unos vaqueros ajustados, la primera camiseta color blanco que encontré en el cajón y unos botines a juego. Guardé todo lo importante y salí de casa, no sin antes recorrérmela de esquina a esquina para comprobar que todo estaba en orden. Lo cierto es que me encantaba mi hogar. Era un pequeño piso situado a las afueras de Nueva York. Cuando vine por primera vez en busca de vivienda, supe al instante que viviría aquí. Era un lugar tranquilo, un sitio en el que me sentía a gusto y podía cobijarme y aislarme de todo lo demás. Era mi refugio.


     Una vez finalizado el recorrido, salí del edificio. El viento cálido del mes de Junio acarició mi cara y un cierto olor a caramelo se instaló en mí. Seguí aquel aroma atrayente por diferentes calles hasta llegar a un pintoresco lugar. La zona de fuera estaba completamente cubierta por dibujos y figuras de lo más extrañas y se notaba la delicada elaboración de la obra. De repente, lo volví a percibir. Aquella fragancia caramelizada seguía en el aire y tuve la sensación de que me incitaba a entrar. Con cuidado, fui abriendo la puerta y, cautelosamente, pasé.


- Bienvenida.



     La voz que emergió de repente me dio un susto tremendo. Fue tal, que le di un golpe a una lámpara y la tiré al suelo haciéndola añicos.



- ¡Perdón! Ha sido sin querer. Em… ¿Cuánto cuesta? Lo pagaré.

- No te preocupes, ese objeto iba a retirarlo de la tienda hoy mismo ya que nadie lo compraba.


     Una señora de unos setenta años apareció por uno de los pasillos de la estancia. Era menuda y las arrugas recorrían cada una de las partes de su cara. Tenía unos ojos de lo más peculiares. Eran grises, de un gris tan claro, que parecían hasta blancos y una larga melena totalmente invadida por las canas. Sin embargo, a pesar de los cambios que la vida había dejado en ella, tuve un extraño sentimiento, como una imagen que pasaba por mi cabeza, en el que pude notar la antigua belleza que tuvo aquella mujer. Se acercó a mí y me miró directamente.



- Eres muy bonita.



     No logré evitar que mis mejillas ardieran y que un color llameante las iluminara. No estaba acostumbrada a que me piropearan, así que sonreí de manera cordial.



- Gracias- El tono de mi voz era más seguro- Usted también.

- ¡Oh, querida! Que cosas dices. Yo ya soy muy vieja y carezco de guapura.
- Pero seguro que en otros tiempos fue realmente preciosa. O al menos en otra vida- Dije bromeando, aunque tenía una sensación de que mis propias palabras eran ciertas.


     En un instante, el semblante de la anciana cambió, oscureciéndose de repente, y pude notar el asombro en sus ojos. Entonces, ella extendió la mano y cuando tocó la mía… todo se hizo oscuro.