¡Enganchados!

lunes, 28 de mayo de 2012

Antes de que salga el Sol (II)

Capítulo 2

La vieja, enorme y oscura mansión que se cernía ante ella no le daba muy buena espina. Podía sentir como un especie de aura la consumía en lo más profundo de la nada. Era... Escalofriante, sí. Pero no sentía ningún miedo hacia aquello, ¿por qué? 

El coche se detuvo junto a la puerta principal de madera con unos extraños jeroglíficos dibujados en ella. Eran unas formas parecidas a algún tipo de idioma antiguo que le parecía familiar, pero, en ese momento, no conseguía saber cual. Que extraño. ¿De verdad alguna vez había visto aquellas inscripciones? Si lo había hecho, no lo recordaba.

Abrió la puerta del lujoso automóvil y salió al exterior. El viento era frío y húmedo, y se introducía en su cuerpo como un veneno cancerígeno. Se dio cuenta de que su cuerpo comenzaba a temblar, y no pudo hacer más que frotarse con sus manos. Sin embargo, una chaqueta grande y con un olor hechizante, cayó encima de sus hombros. El hombre que antes la había salvado se la había puesto, al haberse dado cuenta de que ella tenía frío. Le agradeció con la mirada su gesto y siguió sus pasos sin apartar los ojos de su amiga Mery. No la había observado en todo el trayecto y parecía que seguía sin hacerlo. Mantenía su cabeza al frente y su semblante estaba serio.

Entraron dentro del edificio. Era del estilo rococó. El lujo, lo brillante, el oro, la plata y todo lo que había dentro era valioso. Las figuras y los dibujos eran perfectos y complejos, y los cuadros y estatuas caras y únicas. Los que vivían allí sí que se lo montaban bien... Anduvieron unos minutos por unos extensos y largos pasillos hasta que llegamos a una puerta roja. Mery la abrió y pasamos todos. Apareció un salón con una mesa muy larga, llena de sillas a su alrededor. También, había un piano de cola negro y una chimenea con el fuego encendido, iluminando toda la sala.

- Bienvenida, señorita Ivett.

Dirigió su mirada hacía la persona que había pronunciado aquellas palabras. Sentado en una butaca enfrente del fuego, un hombre se levantó y dio a conocer su presencia. Era alto, muy alto. Tenía el pelo rubio, aunque un poco canoso y sus ojos eran de un verde especial, como si la Tierra estuviera reflejada en ellos. Sintió una sensación de tranquilidad, como si esa persona le transmitiera la paz que no había tenido en años, pero también notó otra cosa. Notó un odio. Y no un odio cualquiera, sino el odio más profundo que podía haber sentido nunca y... Iba dirigido hacia ella. Su rostro le sonreía, pero su interior quería... ¿Matarla?



domingo, 27 de mayo de 2012

¡¡2000!!

Bueno queridos y queridas "Enganchados". Estoy la mar de contenta porque las visitas a este blog han aumentado hasta tocar las 2000.

Os agradezco que sigáis entrando y visitando mi blog haciendo que mis visitas suban y suban y haciendo que este blog sea algo más que otro cualquiera.

El día que lleguemos a las 5000 he pensado hacer un evento nuevo, ¡así que venid! Venid y visitad este blog para ver que futuras noticias nos esperan.

Un saludo,

M y M.



sábado, 26 de mayo de 2012

La Guerra de las Especies

Esta historia la escribí cuando a penas tenía once años. Se que no es lo mejor que he escrito en mi vida, pero me trajo buenos recuerdos y quería que lo leyerais. Es un poco ñoña y sin sentido, pero por eso mismo me reí mucho al leerla. Espero que os guste,

M y M.

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Tras la llegada de los vampiros, la Tierra se había sumido en una lucha por la permanencia de los humanos en ella. Por algún motivo, cada vez había más espíritus sanguinarios que deseaban poder complacer su sed a través de la sangre de las personas. La mayoría de ellos se encontraban en el continente de Europa, más exactamente en España. Ya habían construido edificios y elaborado ejércitos defensores. Los seres humanos, o como los vampiros les llamabas: “Los Animales”, también habían compuesto detallados planes de exterminación: estacas de madera, cadenas y balas de plata, guillotinas… Todas las cosas que afectaban a esos monstruos eran las armas y herramientas utilizadas por el hombre. La guerra incesante que se había propagado por todos lados, afectando mayormente en Irán e Irak, era solo una matanza que removía cielo y tierra. Los vampiros no querían volver a las penumbras del inframundo y las personas (vivas claro está) temían lo desconocido. Sin embargo, estos personajes de los que os he hablado no son los únicos que habitan en el planeta y la historia que os voy a contar trata sobre esto.


Todo empieza en la Comunidad Autónoma de la Región de Murcia, donde una chica llamada Anastasia, vive en una casa con su hermano Chad. Se podría decir que el vivir solos les preocupa, pero entonces os estaría mintiendo. Son una pequeña familia que lucha por sobrevivir y guarecerse de la muerte. Tienen hogar, trabajo y son felices. Tienen la protección suficiente y siempre procuran ir acompañados, excepto en caso de urgencia.



Aquel día (23 de Abril de 2192) tenía dos significados. Para los humanos era el día del libro y para los vampiros, su llegada a la Tierra. Todos ellos estarían de celebración por las calles y sobre todo por el centro: La Gran Vía. Desde los últimos años, aquel lugar se había convertido en un sitio de fiesta y juerga. Todas las tiendas y casas, se habían cambiado por bares y discotecas. Entre ellas, la más famosa era la Vampiteca. A ella acudían toda clase de vampiros e incluso humanos, pero algunos estaban locos, otros querían ser transformados, los más extraños deseaban que les chuparan la sangre y los últimos… querían morir.



El problema de Anastasia era que el único sitio donde le ofrecían trabajo era ese lugar y, aunque su hermano se negara en rotundo, sabía que era necesario y no solo por el dinero, sino también por la escasez de trabajo que se les proporcionaba a ellos, pues los vampiros eran más fuertes, más listos y más ágiles que la mayoría de los vivos. Por el contrario, Anastasia no era una chica normal. Esta escondía un secreto que no quería que se dejara ver, así que se lo guardó para ella misma. 


Esa noche, se vistió con el traje de camarera que le habían dado y al mirarse al espejo se vio ridícula. Se sentía como una estúpida chica tonta que se dejaba morder por el primer vampiro que pasara por su lado. Cerró los ojos y pensó para sí: “Todo va a ir bien, no hay de que preocuparse”. Y con firmeza y seguridad se marchó de casa.

El autobús que cogió estaba, como no, plagado de vampiros que la observaban con ansia y deseo (hasta el conductor). Uno de ellos dejó ver sus colmillos blanquecinos, que hicieron que temblara de arriba a abajo y después de eso, escuchó la risita macabra de ese ser inmundo. De repente, con una velocidad sobrenatural, el vampiro se puso a su lado a olerla como si fuera una muñeca. Ella sabía que para cualquier vampiro olería sabrosa y se sentía realmente atemorizada. Él le miró a los ojos y quedó totalmente hipnotizada. Su fría mano le tocó el hombro y fue deslizando el dedo por todo su cuello. Estaba totalmente paralizada y no sabía que hacer. Cuando iba a morderla, una fuerza descomunal hizo que se apartara de un solo empujón y haciendo que despertara de hipnosis. Este se revolvió para devolverle el golpe, pero al ver lo que tenía delante, se bajó en la primera parada que hubo. Ella había notado el miedo en su rostro y no entendía que era lo que había pasado. Alzó la vista tratando de ver quien era capaz de tratar así a un vampiro. A su lado, un hombre grande y robusto la miraba con cara de preocupación. Era una persona realmente bella y hermosa.

- ¿Te encuentras bien?
- Si, claro.

Dijo tragando saliva entre cada palabra.

- Espero que no te haya hecho nada malo.

Esa gran figura que le acompañaba no era normal y ella lo sabía.

- ¿Ocurre algo?
- ¿Qué eres?

La pregunta que ella le había formulado pareció ponerle tenso.

- ¿De verdad quieres saberlo?
- Si…

Notaba como su corazón se le salía del pecho y notaba su sangre ardiéndole por las venas. Él sonrió.

- Soy Jonatan Tyler, aunque la gente me llama Jonh. No soy de aquí, sino de Estados Unidos. Encantado.

Dijo ofreciéndole la mano. Se la estrechó con torpeza y Jonh se rió.

- Ahora mismo, ¿a dónde te diriges?
- Voy a trabajar a la Vampiteca.
- ¿Ese no es un lugar muy peligroso para ti?
- Lo se, pero se me defender sola.
- Pues hace un momento no lo parecía.
- Bueno, pero eso no es asunto tuyo.

El lado serio que mostraba era más eficaz de lo que parecía, pero al parecer a él no le afectaba.

- Está bien, pero al menos te podrías presentar.
- Soy Anastasia.

Dijo fulminándolo con la mirada. Por otro lado, él la escrutaba como si fuera a romperse de un momento a otro.

- No te importará que te acompañe a ese fantástico sitio al que vas.
- Está bien, tu mismo.

Dijo y soltaron una risita. Y Jonh le guiñó un ojo como signo de amistad.
     
El local en el que trabajaba no era exactamente algo divertido. Todo estaba infectado de chupasangres alimentándose de humanos. La cara de asco de Anastasia era perceptible. A su derecha, Jonh parecía divertirse bastante.

- ¿Tanto asco te dan?
- Ni te lo imaginas.

Mientras trabajaba, él pidió un Martini.

- ¿Cuántos años tienes?
- Veintiún años, ¿y tú?
- Diecinueve años. ¿No crees que eres muy joven para beber?

Parecía que su lado risueño no iba a marcharse en ningún momento.

- No lo creo. Por lo que he escuchado, mayor que tú soy.
- Será por la edad, porque por la inteligencia…

Los dos empezaron a dar carcajadas como locos. Fue tanta la risa que acabaron llorando.
     
Al volver a casa Jonh dejó a Anastasia en la puerta de su casa y prometieron quedar el próximo día. Al entrar su hermano Chad le dijo que se sentara para cenar, así que mientras cenaban tuvieron una pequeña charla:

- Bueno, ¿qué tal el trabajo?
- Ha estado bien, no ha pasado nada interesante.

¿Notaría su hermano que estaba mintiendo?

- Vale. ¡Por cierto! Esta noche llamaron papá y mamá antes de que tú llegaras.
- Y… ¿Qué decían?
- Nada… Solo que a vida que llevaban ahora de vampiros era más complaciente que la anterior.

Al decir aquello se entristecieron mucho y supieron al instante que aquella conversación había terminado.
     
Pasó el tiempo, unas tres semanas o así. Lo único que conseguía que Anastasia tuviera ganas de levantarse esa mañana, era el pensar que había quedado con Jonh y no habría ni un solo vampiro. Se duchó y se vistió, pero antes de marcharse recibió un mensaje de su amigo:

- Anastasia escucha, se que todo lo que hemos pasado a sido increíble y me caíste muy bien, te lo aseguro, pero no podré verte más. No me preguntes el motivo, solo compréndelo. No nos veremos y siento si esto te duele, pero creo que es lo mejor para los dos. Adiós.

Lo que Anastasia sentía ahora no lo podía explicar. Estaba todavía con el móvil en la mano llorando a cántaros. No comprendía como en tan poco tiempo había llegado a amar tanto a alguien. Quizás el pensar que tenía un amigo al que agarrarse le hacía feliz, pero ahora esa amistad se había convertido en amor y ese amor en dolor. Era algo inexplicable, pero decidió que lo mejor sería hacer lo que él decía. Así pues, se olvidó de todo y continuó con su vida.

Pasaron los años y Anastasia cumplió veinticuatro años. El día siguiente a su cumpleaños algo la sorprendió. Era un mensaje:

- Anastasia soy yo, Jonh. Lamento lo ocurrido en estos últimos años, pero si lo hice fue por una buena razón. Si lo deseas, nos vemos en la Plaza de Santo Domingo. Te espero, no faltes.

El corazón le latía a una rapidez increíble. Volvía a sentir lo mismo que hacía cinco años y ella misma sabía ya que iría a verlo, pero… ¿Sería capaz de perdonarlo?
     
Al llegar al lugar destinado lo buscó. Estaba sentado en un banco y se acercó.

- ¿Me contarás la verdad?
- De eso debes estar segura tú, no yo.
- Empieza.
- No te puedo asegurar que me creas.
- Prueba a ver.

La mirada del joven parecía triste y apagada.

- Todos sabemos que en la Tierra hay humanos y vampiros, pero hay seres ahí fuera que también desean dejarse ver.
- ¿A qué te refieres?
- En todo el mundo son conocidas dos razas: Vampiros y Seres Humanos. Sin embargo también hay, por ejemplo, sanadores, hechiceras o brujas, licántropos u hombres lobo, telépatas… 
- Y, ¿cómo pretendes qué crea eso?

En ese instante, Jonh se levantó y la cogió de la mano. Con gran poder se la llevó hasta llegar a una calle solitaria. Se escuchó como hacía pequeños sonidos y de repente, su cuerpo comenzó a cambiar. Se volvió más grande y peludo. Poco a poco fue encorvándose hasta coger la postura de un perro. Le salieron orejas puntiagudas y un rabo largo. Sus brazos y piernas se convirtieron en patas y en cada una de ellas aparecieron unas enormes garras. Su cara también cambió de aspecto. Su mandíbula se alargó y sus dientes crecieron y se afilaron. Sus ojos se achinaron y empequeñecieron. Tenía la mirada fija en ella. Lo que Anastasia tenía delante era un… licántropo.

- ¿Eres un hombre lobo?

Con mucho estilo y moviendo su hermoso pelaje, la bestia asintió. La joven estaba realmente impresionada. Momentos después, el lobo volvió a su aspecto humano. 

- ¿Ahora me crees?
- Si, pero… ¿Qué debo hacer ahora? Llevo cinco años sin verte y pensando que nunca volverías. Así que… ¿Por qué has vuelto?
- Por dos motivos y... El primero es este.

Jonh tomó a Anastasia entre sus manos y con mucha delicadeza y cuidado le besó en los labios. Era un beso tierno y sentimental. Se estaba disculpando por lo que hizo. La quería y ella a él también. Al separarse, continuó con lo que estaba diciendo.

- El segundo es que van a por ti.
- ¿Cómo? ¿Por qué?
- Una cosa. Igual que yo he sido sincero y te he confesado mi secreto más íntimo que es el de ser licántropo… ¿Por qué no dejas de fingir y me dices lo que eres?

A la chica se le quedó la cara blanca como si hubiera visto un fantasma.

- ¿Cómo lo has sabido?
- Cualquier chica lista se quedaría en su casa en vez de ir a trabajar a una discoteca de vampiros. Y tu tonta no eres.
- De acuerdo, pero solo te lo demostraré una vez, ¿vale? Fíjate en el perro que está paseando la señora que está al fondo de la calle.
Ellos estaban en una calle sin salida, pero al girarse y ver por donde habían venido, vieron a una señora de unas sesenta años paseando a un Yorkside negro con un coletero en la cabeza para atarle el pelo. Anastasia se concentró en la figura del perro y al cabo de un rato desapareció.
Anastasia… ¿¡Dónde estás!?
Su miraba giraba en torno al espacio en el que estaba, pero no divisaba a la chica. Al pararse escuchó el ladrido de un perro que venía de debajo de él. Al descender la vista vio al mismo perro que hacía un momento había visto pasear a la mujer de antes, solo que… no llevaba el coletero negro en la cabeza. Y sin más rodeos, la joven volvió a su estado original.

- ¡Anastasia! ¿Eres una teriántropo?
- O una cambiante. Como prefieras llamarnos. Y sí, puedo transformarme en cualquier animal que desee. Ahora… ¿Me dirás por qué van a por mí?
- Porque eres más valiosa de lo que crees.
- ¿Qué quieres decir con eso?
- Yo te he estado engañando todo este tiempo. No me llamo Jonatan, sino Eric. Soy de un ejército antivampiros. Me encomendaron la misión de buscarte solo para que nos ayudaras a vencer al mal que está acechando a la gente humana.
- Entonces… Todo lo que ha pasado hasta ahora, todo lo que hemos vivido… ¡Todo! ¿Era mentira?
- No… Bueno solo al principio.
- ¡Mentiroso!
- ¡No es mentira!
- ¿Entonces qué es?

A Anastasia le costaba respirar del enfado que tenía encima.
- Al principio obedecí como un soldado que soy, pero después de conocerte… tú cambiaste mi vida. Me hiciste ver las cosas buenas de ser humano, me diste la felicidad y me diste el amor. 
- ¿Y qué más? ¿Te hice llorar?

El tono que puso enfadó mucho a Eric.

- ¡Pues sí!
- ¿Cómo?
- Cuando te conocí bien, me di cuenta de que no sabía ni porque estaba haciendo esa misión. ¡Ni siquiera sabía lo que eras! Empecé a pensar que debía dejarme el ejército, pero me dijeron que si hacía eso te matarían y a mi me encerrarían por toda la eternidad… Yo no quería eso. Así que me marché con las esperanza de volver a vernos y pensando que algún día estaríamos los dos juntos felices en una casa.
- Entonces… ¿Qué estás haciendo aquí?
- Me he escapado.
- ¿Te has escapado?
- Si no lo hacía nunca más podría volver a verte y eso era lo que menos quería, pero ahora temo por nuestras vidas y por eso te envié el mensaje. No quiero que te maten, es más, daría mi vida por ti, pero son mucho y son peligrosos.

Al mirarle a la cara vio como ella esbozaba una gran sonrisa.

- ¿Qué te pasa? ¿Por qué sonríes? No tiene gracia.
- No sonrío por eso. Sonrío porque hace poco descubrí que todos los seres como nosotros tenemos otro poder.
- ¿Cuál? ¿Además de ser como somos?
- Si, además de eso.

Anastasia se apartó de Eric y tomó aire. Con todas sus fuerzas lanzó un grito empedernido. El chico no comprendía que estaba haciendo.

- ¿Por qué has hecho eso?
- Ya lo verás, pero antes una cosa.
- ¿Qué?
- Haz lo mismo que yo.

Eric hizo lo mismo que había visto hacer a la muchacha.

- ¿Para qué ha servido esto?
- No te lo voy a decir. Mañana nos vemos aquí a las siete de la mañana. 

Y con mucho éxtasis se marchó dejando a su acompañante solo.
     
Por la mañana del siguiente día, el joven esperaba a Anastasia. Se había retrasado de a hora treinta minutos. Por la plaza no había nadie y ni siquiera los pájaros cantaban. Cuando pasaron cinco minutos, hubo un pequeño temblor de tierra. Se extrañó mucho de que eso pasara, pero casi al momento, a lo lejos vio legar a una gran cantidad de gente. Sus ojos se abrieron como platos. Habría al menos unas quinientas personas de todos los países y tamaños y entre ellas… ¡Anastasia! Llevaba una cara sonriente y feliz junto a todas esas personas. Cuando llegaron a su lado ella le saludó.



- Hola Eric, ¿¡qué tal!?

- ¿Quién es toda esta gente?

- Nadie. Son solo un par de amigos.

- ¿Sólo un par de amigo? Anastasia aquí hay al menos quinientas personas.
- En realidad son quinientas veinticuatro personas. 
- Tu lo que quieres es matarme.
- Pero… ¿No notas nada?
- ¿El qué?

Por en medio se metió una mujer. Era bajita y bonita.

- Hola. Soy Sara. Encantada.

Y al decir eso, la chica se transformó en una bella loba de pelaje gris. Eric se quedó con los ojos abiertos como platos. Al otro lado apareció un chico muy grande. De un metro noventa.
      - Yo soy Esteban. Hola también.
Y al decir esto vio un pájaro y se transformó en él. Eric se dio cuenta, pero decidió asegurarse.

-   ¿Ellos son como nosotros?
-   Si. Nos ayudarán a destruir al ejército antivampiros que me contaste. 
-  ¿De verdad? Pues… está bien, a por todas.

     El edificio de los antivampiros era realmente viejo. Su tejado era abovedado y encima estaba colocada una veleta oxidada que apenas se movía. Era rectangular y las paredes eran de un color blanco y las esquinas marrones, aunque mal pintadas. Sus ventanas eran cuadradas y tenían verjas como si fuera una cárcel. La puerta era enorme. Estaba hecha con madera de roble y parecía tener arañazos por todos lados. La gran tropa que habían formado era inferior en número, pero superior en agilidad, velocidad, resistencia, inteligencia y, sobre todo, fuerza. El plan era que solo Eric y Anastasia entraran primero y al dar la señal los demás entraran. Se convirtieron en hombre lobo y ella imitó su apariencia, haciendo ver que eran exactamente iguales. Entraron dentro y el interior era más nuevo que cualquier sitio que habían visto (las apariencias engañan). Se metieron a hurtadillas por un pasadizo que los llevó al salón. Allí daban charlas y cenaban cuando estaban de celebración. Después acabaron en el laboratorio. Estaba lleno de vampiros encadenados que rogaban por sus vidas. Todo estaba demasiado desierto, hasta que al llegar al despacho donde residía el jefe de todo lo visto, los atraparon como a perros enjaulados.

- Así que después de tanto tiempo has decidido traicionarnos.

La voz del hombre que hablaba era tosca y seca. 

- Nunca hubiéramos sido capaces de esperar eso de ti, pues tú eras el mejor de todos.
- ¿Nos dirás quién es la perrita qué te acompaña? Aunque se vea igual que tú, está claro que no tiene tu mismo olor.
Nos habían cazado y esto no podía acabar bien. Cuando Anastasia iba a gritar, Eric le detuvo.

- ¿Por qué no puedes dejar a las demás personas que vivan su vida?

- ¿Personas dices? Esta claro que personas exactamente no sois y si hago esto es por la paz de los demás. Los vampiros no hacen más que herir, luchar y matar. Ellos no tienen humanidad.
- ¡Claro que la tienen! Lo que pasa es que tú los castigas sin motivo y algo tendrán que hacer. Si no pueden pelear contra ti, lo harán contra los más débiles.

Los dos estaban en una disputa entre lo bueno y lo malo, pero lo que no conseguían era tolerar las ideas del otro y puesto que los dos estaban más indefensos, el jefe sacó una daga de su pantalón. 

- Con esta daga mato a los vampiros para poder acabar con ellos. No me importaría hacerlo también contigo.  

Ese hombre estaba totalmente loco. Le acercó la afilada arma al cuello y en ese instante Anastasia no lo aguantó más. Gritó. Gritó con todas sus fuerzas. Era ensordecedor y vibrante. Segundos después, al taparle la boca, se escuchó un temblor que procedía del piso de abajo. Uno de los soldados enemigos vino a informar.

- ¡Señor! Hay licántropos y teriántropos por todas partes y nos están fusilando. Será mejor que subamos al techo para huir con el helicóptero.
- Enseguida voy. Adelántese usted primero.

Al marcharse el soldado, con las mismas, el jefe le clavó la daga en el pecho a Eric. Este lanzó un alarido de dolor muy intenso. La chica chilló de horror. Con rapidez, el asesino desapareció de la sala. Anastasia se transformó en una mosca que vio volar a su lado y volvió a ser la misma. Tomó a Eric entre sus brazos y lloró por él.

- Por favor Eric, no mueras. Si tú mueres no será lo mismo vivir.
- ¿Qué tonterías estás diciendo? Seguirás adelante incluso sin mí y lo harás liderando la gran manada que lucha por la paz y la justicia. Debes dejarme e ir tras mi jefe. Debes matarlo para que el mundo vuelva a ser como era antes. Ahora vete. Consigue la libertad de todos y no hagas nada estúpido.

Al ser las últimas palabras de su gran amor, le dio un último beso de despedida y se marchó despidiéndose de él de todas las formas que conocía. Se volvió a transformar en el lobo de antes y corrió lo más rápido posible. En el tejado el jefe intentaba escapar, pero ella se transformó en un oso que recordaba detuvo el helicóptero. Por el movimiento sucedido, el jefe cayó y quedó agarrado en las patas del transporte. Cada vez subía más, pero le dio un último zarpazo y calló en una teja rota que le atravesó la espalda. Rodó por el tejado y calló edificio abajo. Al mirar abajo, solo se veía su cuerpo muerto y ensangrentado. Se dio media vuelta y volvió junto a los suyos.

Todos la esperaban fuera. Todos menos Eric. La casa había estallado en llamas y él se habría fundido entre los escombros. Se puso delante y de entre todos apareció un vampiro (así que era de noche).
Te agradezco lo que has hecho por todos. Nuestro maestro nos pidió que te concediéramos el deseo que más quisieras, así que… solo dilo.
Anastasia no se lo pensó dos veces.

- Quiero que paréis las guerras, las matanzas y las luchas. Quiero que no volváis a enfrentaros a los humanos más si no es necesario. Y deseo por último que mi manada… no… mi equipo, viva en paz por toda la eternidad. Velo por todos vosotros y se que vosotros también por mi, así que podéis elegir. Seguir mis pasos o volver con quien os esté esperando.

Dicho y hecho, la manada se fue despejando. Al final solo quedaron unos pocos y esos eran los pocos que siempre nos protegerán hasta el día de su muerte.





domingo, 20 de mayo de 2012

No me abandones en la Oscuridad (V.I)

Capítulo 4.1


Había cerrado los ojos lo más fuerte que podía. Pensaba que si hacía eso, despertaría de la pesadilla que estaba viviendo. Dejé mi mente en blanco, con el intento de que todo fuera a desvanecerse y despertara en mi cama, junto a todas mis cosas. Entonces comencé a recordar mi hogar. Vivía en un piso en el centro de la ciudad. Trabajaba en el hospital como cirujana y mi labor siempre había sido alabada. Se me había dado bien todo lo relacionado con la medicina desde que aprendí a curar un pájaro por primera vez a los cinco años. Lo recordaba como si hubiera sido ayer. También estaba Nano. Nano era mi perro. Un Hunky Siberiano blanco. Lo había encontrado mal herido y abandonado en una acera cercana al puente de la ciudad. Se le había acercado y le había lamido la mano, haciéndole pensar que le estaba pidiendo su ayuda. Así pues, cogió al perro y lo llevó a su apartamento, donde lo curó y alimentó, hasta que el perro volvió a sanar. Desde entonces, él nunca se había separado de su lado. 

De repente, una pequeña y helada mano tocó su cara. Abrió los ojos tan rápidamente que se sorprendió al ver al niño en frente suya. Le estaba acariciando la cara y le sonreía de una manera espeluznante...

- No me toques...

Sabía que ya no tenia esperanzas de vivir, así que no le importó decirle todo lo que le venía en gana.

- ¿Por qué?

¿Qué por qué? El pequeño si que tenía gracia.

- Porque me das asco.

Entonces su mirada cambió. Pasó de ser fría y calculadora, a ser confusa y sorprendida. La analizó detenidamente, como si fuera un extraño espécimen que había hallado. Su mano empezó a bordear las curvas de mi cuerpo, pero no llegó a tocar ninguna parte íntima. Me acarició el pelo y lo peinó como si fuera de seda. Y en unos minutos, se volvió a apartar de ella. 

- Bien. Ya lo he decidido.

¿Decidido? ¿El qué? ¿Qué demonios estaba pasando?

- James.
- ¿Sí?
- Tu nueva misión, ya la he decidido.
- Pero señor...
- ¡Nada de peros! ¿O prefieres enfrentarte a mi furia?

Lo miró como si fuera a arrancarle sus extremidades una a una y luego fuera a... Bueno, mejor no pensarlo.

- ¿Es realmente necesaria?
- Sí, y no quiero más quejas.

Y dicho esto, con un salto ágil y veloz, salió por la ventana. Ante aquel acto, salí corriendo y me asomé por donde el niño había salido, pero ya no había nada... Se había esfumado. Me giré para escrutar a James que me miraba muy intensamente, pero se dio la vuelta casi al instante y se dirigió a la puerta. Yo, rápidamente, me coloqué a su lado y elevé mi cabeza hasta que pude lograr ver sus ojos. Aquel color dorado era como un hechizo que me volvía loca, que hacía que quisiera tocarlo y sentir sus grandes manos por todo mi cuerpo.

- Vamos- Dijo fríamente.
- ¿A dónde voy?
- Tú vienes conmigo.

Por un momento mi respiración se detuvo mientras que analizaba aquella frase.

- ¿Por qué?
- Porque ahora... Yo soy tu protector.

Madre mía. Si de verdad él iba a ser quien me protegiera, que Dios me ayudara. No había logrado entender aun por qué estaba pasando todo esto y cada vez estaba más confusa, pero un cosa tenía clara. No sabía si debía temer por mí, o por él...



jueves, 17 de mayo de 2012

Antes de que salga el Sol (I.III)


Capítulo 1.3


Bajaron las viejas e infinitas escaleras de madera en forma de caracol para entrar al pub. Era un sitio rústico, con un ambiente inglés y de tonos apagados. Las mesas estaban hechas de una piedra grisácea y los asientos eran butacas largas y tenían una forma curva que rodeaba casi por completo a la mesa. Los taburetes enfrente de la barra, estaban un poco carcomidos de tantos años sin arreglarlos ni cambiarlos y había juegos como el billar, el futbolín, los dardos y más.

A pesar de aquel aspecto abandonado, era su lugar preferido. Servían la mejor cerveza de la ciudad, que traían desde la mismísima Alemania y otros países hasta España. Era popular también por sus atractivos y simpáticos camareros y camareras, que servían con eficacia y maña. Parecía que lo tenían todo.
Se acercó a la barra y un chico de unos veintiséis años le atendió.

-         ¿Desea algo, señorita?- Dijo con un tono servicial.

-         Sí. Ponme una Budweiser.

-         Yo quiero otra- Dijo Mery mientras se colocaba justo a su lado.

-         Enseguida.

Con bastante destreza, agarró dos y las abrió en escasos segundos.

-         Aquí tienen.

-         Gracias.

Y tras pagarle, se alejaron para poder sentarse en su mesa favorita, la número tres. 

-         ¿Qué te apetece hacer esta noche?- Le preguntó mientras le ponía aquellos ojitos que expresaban de todo menos cosas buenas.

-         Ni idea- Ante su respuesta, Mery puso cara de pocos amigos.

-         ¿Cómo que ni idea? ¡Vamos Ivett! Te pones así de guapa, tu mejor vestido, te animas hace unos minutos y cuando llega la hora de la verdad te cagas. No puedes ser así siempre, tienes que dejarte llevar de vez en cuando.

¿Qué se dejara llevar de vez en cuando? No podía ni estar relajada en sus sueños, ¿cómo iba a estarlo en la vida real?

-         ¡Venga!- Le puso cara de súplica- Solo hoy. Hace muchísimo tiempo que no has salido con nadie y eso que todos te miran como si fueras una diosa.

Eso era cierto. Desde que podía recordar, siempre había sido muy guapa. Tenía una melena larga y rubia que, cuando hacía Sol, le brillaba de una manera deslumbrante. Sus ojos eran azules, pero se podía divisar una mezcla donde el amarillo se mostraba al final. Siempre le habían gustado y cuando sus amigos le confunden el color (todos piensan que son verdes) ella se echa a reír como si fuera un juego muy divertido. Muchas veces le habían preguntado si se había inyectado bótox en los labios debido a su grosor, aunque nunca lo había hecho y le fascinaba el pequeño y sensual lunar que tenía a un lado de su mejilla. Estaba en forma, por lo que su cuerpo estaba delgado, pero con unas curvas que pedían ser tocadas. La verdad es que no podía quejarse.

-         Está bien…- Dijo con resignación.

-         ¡Gracias! ¡Eres la mejor!- La abrazó con afecto y le sonrió como nunca.

Cuando pasaron unos minutos, una pareja de chicos se fijaron en ellas. Uno era alto y moreno, con unos ojos oscuros (demasiado llegó a pensar). El otro tenía un pelo más clarito y el pelo le tapaba un poco la mirada así que no pudo fijarse bien. Se acercaron a la mesa y pudo notar como su amiga se retocaba el pelo y se movía nerviosa.

-         Buenas noches chicas- El hombre de ojos oscuros había comenzado la conversación. Percibió como si algo no fuera del todo bien, como si estuvieran en peligro, pero se dijo que eran manías suyas.

-         Buenas noches- Mery ya había activado sus artes para ligar. Cuando se lo proponía, conseguía que cualquier hombre se rindiera a sus pies. Sin embargo, él no parecía muy interesado en ella.

-         ¿Qué tal lleváis la noche? ¿Podemos unirnos a la fiesta?- Observé como sus ojos iban dirigidos a mí.
-         Esto no es ninguna fiesta- Mierda. Acababa de soltar otra de mis estúpidas y bordes frases. El chico me miró con más intensidad y sonrió.

-         Vaya… Pues siento molestaros- Y separó sus manos de la mesa con intención de irse.

-         ¡Espera!- Se giró hacia nosotras de nuevo- No hagas caso a mi amiga. Solo está de broma.

-         Entonces… ¿Podemos unirnos?

-         ¡Claro!

Nos movimos para que aquellos extraños pudieran sentarse junto a nosotras. Me di cuenta de que el otro chico aun no había hablado.

-         ¿Quién es tu amigo?

-         ¿Quién? ¿Él?- Señaló a su acompañante- Él se llama Eric Looper y yo soy James Smith. Encantados chicas.
-         Encantadas- Mery ya hablaba por ella, así que decidió pasar de la conversación, pero parece ser que James no le iba a dejar hacer eso.

Se sentó a su lado muy, pero que muy cerca. Intentó dejar un espacio entre ellos, pero cuanto más se alejaba, más se acercaba él.

-         Bueno… ¿Vosotras como os llamáis?

-         Yo soy Mery Collins y ella es Ivett Lemacks.

Pasaron las horas hablando y hablando. Al final, se sintió a gusto y se desenvolvió con libertad. Estaba claro que a James le gustaba, así que se pasó coqueteando un buen rato con él mientras su amiga decía que iba a “tomar el aire” con Eric. Se quedaron solos. Charlaban, coqueteaban, se miraban, se tocaban… Entonces, James la agarró de la mano y lentamente fue acercándola para besarla. Ella no sabía que hacer, así que cerró los ojos para poder fundirse con él en aquel beso. Pero… De repente…

-         Detente.

¿Qué pasaba? Ivett comenzó a mirar en todas las direcciones tras la búsqueda de aquella voz. Era grave y oscura, pero tenía un tono sensual y melódico. El chico se apartó sin comprender que pasaba.

-         Aléjate de él.

¿Qué era aquella voz que oía en su cabeza? Por más que mirase, no conseguía encontrar a nadie que estuviera hablando hacia ella.

-         ¿Es que no me has entendido? ¡Sal de ahí ahora mismo!

Fuera quien fuese, tenía muy mal carácter.

-         Mujer, si quieres mantenerte con vida, dile cualquier escusa y vete en este instante. ¡Corre! ¡Sálvate!

¿Qué diablos…? ¿Qué estaba pasando? No entendía nada de nada y cada vez estaba más confusa, pero, sin saber por qué, sintió que aquella voz decía la verdad. Sentía que debía irse, marcharse y alejarse de aquel extraño de ojos inertes. Así pues, se levantó y, mintiendo lo mejor que pudo, le dijo:

-         Perdona, acabo de recordar que tengo que hacer algo muy importante.

-         Pero…- Tenía el semblante sombrío.

-         Lo siento mucho, pero tengo que irme.

Y sin esperar si quiera su respuesta, cogió sus cosas y, subiendo las largas escaleras, salió fuera y comenzó a buscar a su amiga.

-         ¡Mery! ¡Mery!

No había respuesta.

-         ¡Mery! ¿Dónde estás? Venga que nos vamos. Tengo un mal presentimiento de todo esto…

-         Claro que lo tienes.

Se giró con una rapidez inhumana. A su espalda, James y Eric la miraban con unas sonrisas diabólicas.

-         ¿Qué le habéis hecho a Mery?- Preguntó con furia.

-         ¡Tranquila! No estamos interesados en tu amiga. Solo nos interesa tu deliciosa y extremadamente dulce sangre.

¿Sangre? ¿Cómo? ¿A qué venía todo aquello? Las cosas se volvían más raras por momentos.

-         No tengo ni idea de a qué os referís, pero quiero que soltéis a Mery ahora mismo o llamaré la policía.

Los dos comenzaron a reírse como si hubiera dicho la mejor de las bromas.

-         ¿Has oído eso Eric?- Entre risas todavía, su compañero asintió y volvió a fijar su atención en ella.

Entonces pudo ver sus ojos… No tenían ningún color. Eran… Blancos. Como si estuvieran hechos de hielo. Un escalofrío recorrió todo su cuerpo y la advirtió del grave peligro en el que se encontraba.

-         Lo digo en serio.

Metió la mano en su bolso, pero antes de que le diera tiempo a coger su móvil, como si fuera más veloz que el viento, James se plantó a su lado y le agarró del brazo.

-         ¿Qué crees que vas a hacer?

-         ¡Suéltame la mano cerdo!

Con un ágil movimiento, consiguió escabullirse de él y comenzó a correr en busca de su amiga. Sin embargo, algo tremendamente grande, fuerte y feroz le paró el paso. Miró hacia arriba y descubrió a un hombre… Madre santa, no habían palabras para describirlo. Era como un Dios de la mitología antigua. Tenía el pelo negro como el azabache y unos ojos… Azules. Sí, eran azules como el cielo y muy penetrantes. Su cuerpo parecía una figura perfectamente esculpida y tenía un olor masculino demasiado bueno. Aun por su amenazante aura, sus extremidades comenzaron a calmarse y comenzó a inhalar aquel olor que entró por sus orificios como una droga.

De repente, sintió como unos musculosos y cálidos brazos la envolvían para acogerla en su pecho, grande y atractivo.

-         ¿Estás bien?

Esa pregunta iba para ella.

-         Sí, pero ellos…

Un momento. ¡Que diablos hacía! Mery había desaparecido y ella solamente se preocupaba por estar cómoda entre aquellos increíbles brazos. No. Se apartó bruscamente de él, pero cuando pretendía salir de nuevo en su búsqueda, la detuvo.

-         Tranquila. Hemos salvado antes a tu amiga. Ellos solo te están mintiendo para que caigas en su trampa y cedas a sus condiciones para luego matarte.

-         ¿En serio?

-         En serio.

Levantó la vista por detrás de su hombro y observó con satisfacción como su amiga la miraba sonriendo. Estaba a salvo, eso era lo más importante. Pero espera, ¿qué hacía Mery con aquel tremendo hombre? Los miró a los dos sin entender nada de nada.

-         No te preocupes- Dijo su amiga- Te le explicaré todo cuando esto termine.

¿Esto? ¿Qué era est…? No le dio tiempo a terminar su pregunta debido a que los dos chicos se abalanzaron sobre ellos de un increíble e imposible salto para cualquier persona normal. Con un movimiento fugaz, él sacó un enorme cuchillo de uno de los bolsillos de su pantalón y, como si no fuera gran cosa, los cogió a los dos de la cabeza y con un elegante giro, les abrió la garganta a los dos matándolos al instante. Sus ojos estaban como platos y cada vez sentía más y más ganas de vomitar. ¿Qué estaba pasando aquí? Entonces observó como el cuerpo de los dos muchachos se disolvían como si fueran extraterrestres de otro planeta. Todo aquello le daba mala espina.

-         Ivett- Prestó atención a su amiga, pero su cara le decía que ella ya no era su amiga de siempre- Tienes que venir con nosotros. Vamos, entra en el coche.

Era un BMW negro, con los cristales tintados. Era nuevo y espacioso. ¿Acaso ese coche era suyo? Nada tenía sentido ya y no le importó hacer caso a la que supuestamente era su amiga, así que entró y se sentó en la parte de atrás del auto junto a ella.

No hablaron ni una sola vez, ni se miraron durante todo el trayecto.