¡Enganchados!

martes, 24 de enero de 2012

.Amor Ardiente 7.

Capítulo 6

     La sensación que había circulado por mi cuerpo al llamar pervertida a una mujer había sido realmente divertida. Estaba leyendo William Shakespeare, uno de mis escritores favoritos, y al haber hablado con ella se me había quedado mirando como si se estuviera preguntando quien demonios era yo. La verdad, es que ella era muy atractiva y sus ojos de un color negro azabache me había penetrado haciéndome sentir importante por un instante. Su pelo rubio brillaba con los rayos del sol y su piel, como la canela, tenía un tono extraño. Era algo misteriosa, intrigante. 
     Ya se había dado la vuelta para proseguir con su lectura mientras, esta vez, la observaba yo. sus largas y elegantes manos sujetaban el libro a la vez que, a ratos, llevaba pequeños tragos con el zumo a su boca. Me di cuenta que, desde lejos, un hombre de aspecto oscuro la escrutaba. Era una mirada viciosa, como si fuera a tomarla en aquel momento. Al darse cuenta de que yo le había descubierto, se levantó y se marchó. Que reacción tan rara. ¿Acaso era malo poder hacer lo que había hecho? Quizás para él si lo fuera debido a su comportamiento.
     Volví a dirigir mi atención hacia el punto de inicio. Estaba sonriendo. Parecía como si leer aquel libro fuera una sensación especial, gustosa. No pude evitar sonreír también. Sus gestos eran pegadizos, y su físico atrayente... Entonces, vino a mi mente una imagen desagradable. Elena. Podía imaginármela ahí sentada, como si quisiera que yo volviera a su lado. Aparté esa idea de mi cabeza. No podía permitirme, es más, no debía pensar en ella o al final no acabaría esa horrible pesadilla. Enterré el pasado en un pozo sin fondo y su aparición se marchó. Me sentí cómodo y complacido. Lo que era capaz de hacer mi mente...
     Advertí que se estaba levantando para irse y, sin comprender por qué hacía los mismos movimientos de ella, mis piernas la siguieron anhelando no perderle ni por un segundo.

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     Aquel hombre la estaba siguiendo. Se dio cuenta en cuanto, advirtiendo sus pasos, había cruzado por distintas calles sin rumbo y él había hecho lo mismo. Se sintió aterrada, pero cierta parte de ella quería que aquel juego nunca se detuviera. ¿Qué era aquella sensación? Entonces me detuve y desvié mi posición hacia donde se encontraba aquella persona.

- ¿Pretendes seguirme todo el día o nunca te cansas?

     Noté la sorpresa en su rostro, que en seguida se convirtió en misterio.

- Solo pensaba hacerlo un poco más hasta saber donde vives.

     Mis ojos se abrieron como platos.

- Pues mucho me temo que no vas a tener ese placer.
- ¿Por qué no? ¿No sientes pena de alguien como yo?

     Se estaba burlando de mí, así que decidí seguir su conversación.

- ¡Oh! Claro. Siento mucha pena de los acosadores como tú que os dedicáis a andar detrás de una persona para hacer luego sabe Dios qué.
- Pues no pienses que soy un acosador, piensa que soy un amigo.

     Podía ser todo lo gracioso que quisiera, pero eso no cambiaría nada, ¿o sí?

- ¿Qué quieres de mí? ¿Mi dinero, mi móvil...?
- Ya te lo he dicho antes.

     ¿Se pensaba que era tonta o solo lo decía por decir?

- Pues no va a poder ocurrir. No te conozco.

     Se acercó un poco más a mí, como si tratara de pasar una barrera que había entre nosotros.

- Eso puede cambiar. Solo tienes que preguntarme lo que quieras saber.

     Me reí ante su comentario. La verdad es que el miedo que había sentido se había convertido en interés.

- ¿Qué quieres que te pregunte? ¿Quieres que folle contigo o algo?

     Formulé aquella atrevida pregunta con el fin de espantarlo, pero apareció un brillo en sus ojos que hizo que me diera cuenta de que había dicho algo equivocado.

- No es una mala idea. En tu casa, ¿no?

     ¡Que manía con mi casa! Parecía que quisiera ir a mi hogar como fuera.

- Escúchame. Si te digo donde vivo, ¿te irás y me dejarás tranquila?

     El placer de su mirada aumento.

- Sí.

     ¿Debía creerle? Ese "sí" había sonado demasiado irónico.

- ¿De verdad?
- Sí...

     Arrastraba aquella palabra como si quisiera demostrarme que habría algo más, pero no podía permitirlo. ¡Acababa de conocerlo y no sabía ni comos e llamaba! ¿Me estaba volviendo loca?

- Está bien, pero antes dime cual es tu nombre. No sé ni eso.
- Sergius. ¿Y tú?

     Me planteé la opción de mentirle y decirle un nombre falso, pero no tendría ningún sentido. 

- Amalia.
- Encantado de conocerte... Amalia.
- No sé si debería decir lo mismo. 
- Pues no lo hagas.

     Algo había conectado entre nosotros dos y sentía que si no lograba saber lo que era, no me quedaría tranquila. Él ya estaba a mi lado y me decía con la mirada:

"¿Vamos?"

     Y seguí junto a él... Junto a Sergius.     




      




lunes, 23 de enero de 2012

En Busca de la Imaginación (V.I)

Capítulo 4.1

- ¿Le ocurre algo don Amancio? - Su voz sonaba cada vez más sospechosa- Parece usted un fantasma.

     Fantasma o no, mi rostro había palidecido de una manera horripilante. ¿Realmente había ocurrido aquello o solo me lo había parecido a mí? Observé a Marina. Me preguntaba con la mirada que es lo que me pasaba, pero... No pude contestar. Mi cuerpo se había paralizado y no respondía a mis mandatos. Percibí el contacto cálido de la mano de ella sobre la mía. Eso logró que pudiera reaccionar.

- Disculpe la pregunta que le voy a hacer, pero... ¿Qué es usted?

     Había usado la palabra "Qué" y no "Quien" . Pareció que mi cuestión lo había agitado. Se levantó rápidamente y se dirigió a una estantería. De ella tomó un libro, que colocó con gran cuidado encima de la mesa. Lo acercó hasta mí y dijo:

- ¿Reconoce este tomo?

      Se trataba de "El Quijote" . Por el aspecto de la tapa y las hojas, parecía realmente antiguo.

- Claro. Es de "Don Miguel de Cervantes" .
- Exacto. Conoce la historia que narra, ¿verdad? Don Alonso Quijano era un hombre que, de tanto leer libros de caballería, se volvió loco. Cervantes pudo plasmar con gran imaginación todos los sucesos de esta persona. Sin embargo, si yo le dijera que el protagonista no es ningún personaje inventado, sino que realmente existió, ¿me creería?

     En ese momento, mi mente comenzó a dar vueltas de una manera incesante. ¿Don Quijote? ¿Existir? Lo cierto es que lo veía imposible, pero las facciones de él decían lo contrario con total sinceridad.

- ¿Cómo es eso posible?

     Algo parecido a una sonrisa se dibujó en su rostro y me tendió la mano de una manera especial:

- Quizás piense que soy un pirado. Quizás piense que debe salir corriendo de este lugar como pies que lleva el diablo, pero le aseguro que lo que va a presenciar ahora no lo olvidará ni después de muerto.

     Todo lo que había dicho ya había pasado por mi cabeza. Pensaba que estaba chalado, y tenía unas ganas inaguantables de salir corriendo, pero... No pude. Era como si unas cadenas me tuvieran atado a aquel sitio.

- ¿Y bien? ¿Qué me dice? ¿Me acompaña?

     Y como si un ser de otra dimensión me empujara, me levanté y seguí sus pasos.






  

domingo, 22 de enero de 2012

.Amor Ardiente 6.

Capítulo 5

     La casa de la costa. El pequeño y acogedor lugar donde pasaba mis vacaciones de verano de pequeño. Recordaba la playa, el olor del mar, la arena, mis viejos amigos, mis ligues y la felicidad que pasé en aquellos tiempos.
     Entré en mi, "temporalmente", hogar. Estaba sucia, ya que no había pasado por allí nadie desde que murió mi madre. Dejé las maletas en el armario y me puse manos a la obra. Estaba decidida a dejarla, antes que nada, como una patena.

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     Todo brillaba y estaba perfecto. No me considero un maniático de la limpieza, pero eso era una de esas cosas que debía hacer. Me dirigí a mi habitación. Saqué un bañador negro de Nike y una camiseta azul que ponía "Beach". Me sentía cómodo, a gusto. Cogí una bolsa de playa, metí en ella lo necesario y me encaminé a alguna cafetería enfrene del mar donde pudiera tomarme algo fresco.
     Todo estaba lleno de gente y me costó encontrar una silla donde sentarme. Le pedí a la camarera una limonada y algo para picar, que fue muy rápida en traérmelo.

- Gracias.
- De nada señor. ¿Está usted de vacaciones?
- Algo así...
- Pues ha venido al mejor lugar. Este sitio es uno de los más visitados por la gente.
- Ya, ya lo veo.
Bueno, pues a ver si vuelve otro día.
- Igualmente... Eh...
- Caty. Me llamo Catalina, pero todos me dicen Caty.
- Encantado, yo soy Sergius.
- Encantada.

     Y con su coleta de caballo meneándose, se dio la vuelta y se marchó.

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     Hoy hacía un magnífico día de sol, así que me puse uno de mis mejores bikinis y me fui al "Mary's Cafe". La dueña era una inglesa muy graciosa y simpática que gustaba a todo el mundo y que cada vez que me veía me invitaba a algo, aunque yo insistía en pagarle.
     Como siempre, la zona estaba abarrotada, pero un grupo desalojó una mesa y pude coger sitio. Pedí lo de siempre, un zumo de naranja natural y una tostada de tomate. Caty, la camarera, ya me había visto y vino a tomarme nota.

- ¡Hola Amalia! ¿Qué tal?
- Hola. Muy bien, Caty.
- ¿Qué vas a tomar hoy? ¿Lo de siempre?
- Sí, sabes que no pido otra cosa.
- Está bien, ahora vuelvo.

     Se marchó dando saltos y yo saqué el libro que me había traído para leer: "El Mercader de Venecia" de Shakespeare, aunque estaba en inglés. Caty fue tan rápida como siempre en traerme las cosas y se marchó casi al instante. Yo me introduje en mi libro mientras tomaba un poco de mi tostada.

- Con que Shakespeare, ¿eh?

     Me di la vuelta. Detrás de mí, un hombre moreno y de ojos azules como el cielo me observaba desde su asiento.

- Sí, Shakespeare.
- Es un escritor muy bueno. mi obra favorita es "Romeo y Julieta". Creí que iba a llorar cuando llegué al final de la historia. 

- Sí... Yo también.

     ¿Un hombre llorando con un libro romántico? Que ironía... Él me sonrió de manera cordial y siguió a lo suyo. Yo me quedé escrutándole por un momento con cierto interés. ¿Quién era aquel extraño?

- Si sigue mirándome de esa manera me obligará a pensar que es una pervertida...

     Me puse totalmente colorada. ¿Quién se creía que era? Me di la vuelta y volví a enfrascarme en mi libro mientras, esta vez, me tomaba el zumo e intentaba evitar su presencia.











En Busca de la Imaginación (V)

Capítulo 4

     Marina había decidido ir conmigo. Estuve intentando que no lo hiciera, pero fueron esfuerzos en vano. Debí haber recordado lo cabezota que era. En fin... Pedimos un taxi que nos llevara a nuestro destino. El trayecto fue considerablemente lento y estuve a punto de dormirme si no fuera porque Marina me dio un codazo y me desveló dolorosamente. Con la intención de distraerme, me dediqué a observar al conductor. Me percaté, ya que antes no lo había hecho, de que había algo raro en él. Tenía las manos totalmente apretadas al volante sin despegarlas ni para cambiar de marchas. Su rostro estaba pálido y sus ojos carecían de vida, como si estuvieran siendo controlados por alguien. De repente, una sonrisa endemoniada se dibujó en sus labios, que me hicieron temblar de arriba abajo. ¿Acaso habría adivinado lo que estaba pensando?

- Hemos llegado.

     La frase tan fugaz de Marina logró despegarme de esa oscuridad que me estaba consumiendo. Desvié la mirada mientras le pagaba al taxista que, al rozar su piel con la mía, noté un contacto helado que me resultó inhumano. Bajé casi atropellado del vehículo, que se fue con la misma lentitud con la que había llegado. 

- ¿Es aquí donde me traes?

     Sí, era ahí. Aun recordaba la tétrica casa de Edward Johnson. Las telarañas y el moho recorrían cada uno de los rincones del lugar, y el cementerio que se encontraba detrás lo hacía aun más terrorífico.

- Tú fuiste la que quisiste venir.

     La miré con la vista cansada, esperando que me dijera que se volvía de vuelta.

- Entonces tendré valor. Vamos...

     Solté un largo suspiro de insatisfacción y nos encaminamos en dirección a la puerta. Llamé                       
con el gran picaporte que tenía un signo extraño dibujado en él. ¿Quizás una letra china? En seguida, el símbolo desapareció, poniendo en su lugar a un hombre enorme de aspecto feroz.

- ¿Desean algo?
- Hola. Venimos a visitar al señor Johnson, ¿se encuentra en casa?
- Desde luego, pasen.

     Cruzamos el umbral que nos sumergió en un mar de obras de arte y libros antiguos. Seguimos los pasos del mayordomo, que nos señaló el cuarto en el que se encontraba Edward, y después se desvaneció en un abrir y cerrar de ojos. Di un débil golpe en la madera para advertir de nuestra presencia y no interrumpir nada importante. Una voz suave y melódica se encuchó en el interior:

- Adelante.

     Y entramos con el miedo acechándonos.

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     La incomodidad se adueñó del momento. El impenetrable silencio que había entre nosotros me ponía cada vez más y más nervioso. Por otro lado, Edward tenía el semblante brillante, como si se divirtiera haciéndonos sudar. Marina me miraba con gesto interrogativo, como si no supiera que debía hacer. ¿Debía romper yo aquel silencio? ¿Era lo que ambos deseaban observándome tan intensamente? No parecía haber otra salida...

- Disculpe nuestra intromisión, señor Johnson.
- ¡Oh! No se preocupe. Me alegra tener visita.

     Tenía una sonrisa radiante de felicidad, ¿o quizás eso me parecía a mí?

- La verdad es que estamos aquí porque queremos hablar con usted de un asunto.
- ¿Y cuál es ese asunto si puede saberse?

     Dudé un instante y pensé. ¿Qué debía decirle? 

"Hola, estoy aquí porque he sido incapaz de abrir una carta anónima porque he visto mi muerte en ella, pero no piense que estoy loco."

     Sonaba ridículo. Con toda seguridad se mofaría de mí y me trataría como un lunático. Así pues, traté de explicárselo de una manera diferente...

- ¿A usted le gustan las historias?

     De repente su gesto cambió, y comenzó a mirarme con gran interés, intrigado.

- No me dedicaría a ello si no me gustara, y usted tampoco, ¿no?
- Desde luego. Sus narraciones son maravillosas, como de otro mundo.

     Una señal de asombro se reflejó en su cara, como si hubiera dicho algo fuera de lugar.

- Le contaré una cosa, pero cuando acabe usted tiene que responder a mi pregunta.
- De acuerdo.

     Me miraba con solemne seriedad, como si estuviera analizando cada una de mis palabras.

- Imagínese lo siguiente. Usted es alguien respetado y conocido. Ama su trabajo ante todo y no lo cambiaría por nada. Sin embargo, un día recibe una carta que lo deja atónito y no puede abrirla. Decide encontrar alguna persona que sea capaz de hacerlo en su lugar, pero nadie está disponible o tampoco están habilitados para ello. ¿Qué haría?

     Su sonrisa se había extinguido y se encontraba apoyado en sus manos pensando su respuesta.

- Señor Silvestre, ¿ha perdido usted algo importante en su vida?

     Su pregunta me llegó como una bola de fuego abrasadora. ¿Cómo podía saber aquello? ¿Se lo había imaginado o quizás...?

- Es exactamente lo que está pensando.

     Le miré con los ojos abiertos como platos. No era posible... ¿Me había leído la mente?







domingo, 15 de enero de 2012

¡¡1000 Visitas!!

     ¡¡Por fin hemos llegado a las mil visitas!!
Muchas gracias a todas las personas que han visitado y seguido nuestro blog. Gracias a ellos ahora tenemos una cantidad considerable de visitas y podemos decir que no somos nadie anónimo.

     Esperamos que sigáis visitándonos con el mismo interés,

M y M.





martes, 10 de enero de 2012

La Vida y La Muerte.

     Ayer sentí que mi vida no era mía. Sentí que yo no era yo. Como si el mundo no fuera más que un libro y nosotros fuéramos sus personajes. Como si mi cuerpo no me perteneciera y no fuera nadie.
     Entonces me pregunté, ¿de dónde venimos?
La mayoría de la gente diría: " De nuestros padres. "
¿Y nuestros padres? Pues de nuestros abuelos, estos de los bisabuelos, y ellos de los tatarabuelos, y los anteriores de los anteriores, etcétera.
     Si empezamos a plantearnos estas ideas, no llegaríamos a una conclusión definitiva. Por eso, ¿de dónde viene el mundo? Unos piensan que el mundo fue creado por un Dios, una entidad superior a  nosotros. Pero entonces no seríamos más que unos peones, unas marionetas. Colocadas en un tablero de ajedrez jugando a ser rey o reina.
     Otros creen que el mundo se originó por el Big Bang, y otros... En fin, ya me vais entendiendo, ¿no? Pues este fue el planteamiento que estuve manteniendo conmigo misma mientras me sentía una extraña. Por ejemplo, mi nombre. Aun sabiendo como me llamo, podría haber sido cualquier otro y entonces, ¿sería otra persona?
     Descubrir la verdad sobre las cosas siempre ha sido un enigma difícil. Me sentí pequeña, enana. Incluso más que un átomo.
     Nunca solemos preocuparnos por estas cosas, y siempre vivimos la vida como queremos. Pero, ¿qué vida es esta? ¿Cómo podemos vivir sin saber nada?
     Hay una cosa, por ejemplo, a la que todos tememos:

" La Muerte"

      Las personas, desde que nacen, viven preparándose para ello, para morir. Por consiguiente, ¿qué significado tiene la vida? ¿Para qué vivimos si sabemos que al final nuestra historia quedará en el olvido? Moriremos, eso está claro. Creo que eso es lo que nos impulsa a vivir. El sentimiento de perder todo en un segundo, en un instante.
     Pero, ¿realmente tememos a la muerte o nosotros queremos temerla? el otro día, vi un vídeo en el que hablaban de una persona importante. Había estado a punto de morir en viaje en avión y había confirmado que, aun sabiendo lo que le iba a ocurrir, no tenía miedo. Solo sentía tristeza y pena. Solo por no haber hecho cosas que él habría querido y darse cuenta de cuanto quería vivir. Si expusiéramos la vida así, querría decir que somos unos egoístas. Vivimos como queremos y somos libres de hacer lo que nos plazca. Entonces, ¿por qué solo nos damos cuenta de lo que nos importa cuando nos encontramos de frente con los problemas? Quizás porque todos estamos ciegos. Somos como una flor sin abrirse porque tememos que si lo hacemos, nuestros bellos pétalos se destrozarán con el tiempo.
     Esto es lo que me dije a mí misma:

- Puedes sentir que no eres tú, que perteneces a un mundo que no conoces y que eres el ser más insignificante sobre la faz de la Tierra. Pero nunca olvides una cosa:

VIVE Y NO LUCHES CONTRA LA MUERTE, PORQUE
ES ALGO QUE EL DESTINO HA 
MARCADO Y NO PUEDES
EVITARLO.       







En Busca de la Imaginación (IV)

Capítulo 3

     Empecé por el principio. Debía encontrar a esa persona que pudiera abrir la carta, pero no podía ser cualquiera. Pensé en mis familiares, pero no tenía la suficiente confianza con ellos como para pedírselo. Si les contara mi motivo, se reirían de mí y me tratarían como un idiota. Ese es el problema que tengo con ellos. Todos se creen mejor que todos y en cuanto uno comete un error o una estupidez echan en cara para toda su vida.Por lo tanto, descarté esa idea. 
     Por consiguiente, me propuse elaborar una lista de posibles candidatos que pudieran hacerlo sin necesidad de que pensaran que estaba loco. Se me ocurrió escribir en primer lugar a José Antonio Cabrera. Mi viejo amigo había estado a mi lado ayudándome siempre y era, principalmente, mi editor. Era una posibilidad. En segundo lugar, apunté a Eugenio Sabina. Es un famoso pintor que había conocido hace tiempo y nos hicimos muy amigos cuando asistí a un museo de arte en el que exponía todas sus pinturas. Hubo una que me dedicó expresamente. En tercer lugar, puse a Marina. La señorita Torres había sido mi amor desde que tenía conciencia, pero se había casado con el guapísimo y, sin embargo, irritante Thomas Montieur, francés de familia noble que podía complacer todos sus deseos con su dinero. Por supuesto, estaba forrado. Sin embargo, había sido mi mejor amiga siempre y me había alentado a casarme, pero no había conocido a nadie tan hermosa e inteligente como ella.
     Paré de escribir. No se me ocurría nadie más a quien recurrir así que guardé mi bolígrafo en un cajón y me guardé el papel en mi bolsillo. Este iba a ser un largo camino por recorrer.

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     Aun no lo podía creer. Había ido a visitar a los dos primeros hombres de mi lista y, para mi sorpresa, no había conseguido ni saludarles. Don Cabrera había enfermado gravemente y, para ser mi editor, nadie me había informado. Su mujer me había dicho que estaba realmente preocupada por su salud y que temía por su muerte. Esa idea no me había agradado ya que él había estado a mi lado desde la primera publicación que hice:

" La Existencia de la Verdad "

     Recé para que pudiera salir sin problemas y que pudiera volver a trabajar, aunque lo dudaba. Por otro lado, hubo una sorpresa aun mayor para mí. Eugenio... Había muerto. Me quedé estupefacto y no pude evitar el demarrar unas lágrimas por él.
     Solo me faltaba Marina. Ahora mi temor había aumentado y no quería que a ella le hubiera pasado nada... Pero algo me decía que me estaba mintiendo a mí mismo.Estaba delante de su casa, con mi dedo sobre su timbre, pero sin llamar todavía. Si le había pasado algo, debería saberlo.
     La puerta se abrió y me tranquilizó ver que fue y se le veía saludable, pero había una cosa extraña en todo aquello. Estaba vestida total y completamente de negro.

- ¡Amancio! ¿Qué haces aquí? Menuda sorpresa...
- Hola Marina. He venido para ver como estás y preguntarte unas cosas, pero... ¿Ocurre algo?

     Noté como sus ojos se humedecían y se encogía ante aquella pregunta. La tristeza la envolvía.

- ¿No te has enterado?
- ¿De qué?
- Thomas... Thomas ha muerto.

     Esa afirmación me heló la sangre, pero me di cuenta de que, por otro lado, cierta satisfacción había llegado a mí.

- No sabes como lo siento. No me había enterado.
- ¿Y aun sigues llevando esas ropas?
- Aun le sigo amando...

     Eso fue como si cien puñaladas me hubieran atacado de golpe.

- Bueno, y... ¿Qué querías?
- Me gustaría preguntarte unas cosas, pero creo que este no es el mejor momento.
- Nada, nada. No te preocupes. Anda pasa, no te quedes ahí fuera.

     Me adentré en su hogar. El sitio seguía siendo tan acogedor como antes y estaba impregnado por su olor. Era como un paraíso para mi olfato.

- Siéntate, no te quedes parado.
- Es igual, es algo rápido.

     Pero me obligó a hacerlo, sentándose ella a mi lado.

- Cuéntame, ¿para que has venido?

     Saqué el sobre de dentro de mi chaqueta y se la tendí. Ella la tomó con extrañeza.

- ¿Qué quieres que haga con esto?
- Me gustaría que la abrieras.
- ¿Has venido solo para eso?
- Sí. Es algo realmente importante para mí, así que por favor, hazlo.

     Se podía percibir como las dudas la inundaban y me miraba como si aquello fuera un juego de niños. De repente, cuando iba a hacer mi petición, se detuvo en seco. Observé que su semblante se había ensombrecido y que se echó hacia atrás como si hubiera puesto un arma entre sus manos. Se le pusieron los pelos de punta y me escrutó con el miedo en la mirada.

- ¿Qué es esto?
- ¿Tú tampoco puedes hacerlo?
- ¿Tampoco? ¿Qué demonios es esto? Acabo de vivir la peor pesadilla de mi vida y he visto mi muerte en ella. ¿Qué es esta cosa?
- Yo tampoco lo sé. Cuando la recibí no vi quien la enviaba y sentí el mismo infierno que acabas de vivir tú. Fue como si un gran agujero negro me consumiera. Pero pensé que algo de gran importancia había en su interior y que debía saberlo, así que intenté buscar a gente que pudieran abrirla. Antes de ti fui a ver a dos amigos que, por casualidad, ninguno de los dos pudo ayudarme debido a desgraciados sucesos y... Solo me quedabas tú y pensé que también te podría haber pasado algo y... Te ha ocurrido.

     La mujer se paró a pensar en lo que había dicho. Tenía razón. Había perdido a su marido aunque hacía tiempo de eso, pero se planteó que la opción de que todo fuera culpa de esa carta era imposible.

- No puede ser, ¡no es más que un miserable papel!
- Lo sé, yo entiendo esto mucho menos que tú.
- Pero entonces, ¿qué vas a hacer?
- Encontrar a la persona que sí pueda abrirla, pero no se como...

     Los dos se miraron intentando buscar una respuesta razonable a todo lo que estaba pasando, pero no lograban encontrarla.

- ¿Cómo es posible que algo así ocurra? Nunca había visto nada igual. Y por cierto, si a todos nos ha pasado algo malo... ¿Qué te ha pasado a ti?

     Esa pregunta sí que era buena. Me detuve a reflexionar sobre ello. ¿Qué había perdido yo? ¿Un ser querido? ¿Mi bolígrafo favorito? ¿El revolver que escondía debajo de mi cama por si me asaltaban ladrones? Y caí en la cuenta... Todo este tiempo había estado ahí, como si no fuera más que un pequeño clip en un gran libro. Las cosas se estaban formando como en un rompecabezas y pensé que podía ser una idiotez, pero no perdía nada con intentarlo...

- Mi imaginación. Yo he perdido mi imaginación, y creo saber quien puede ayudarnos.






viernes, 6 de enero de 2012

El Diario de Laura Escobar (III)

Capítulo 2

     Un movimiento brusco del tren me sacó del sueño que estaba teniendo. Había estado durmiendo una hora, por lo que aún me quedaba un rato para llegar a la última parada. A mi lado, un hombre de unos cincuenta y dos años leía un libro de mi escritor favorito, Jordi Sierra i Fabra. Me incliné un poco hacia abajo a ver si conseguía saber cuál era el título de la novela.


- Llamando a las puertas del cielo.


     Dijo con el semblante serio. Su aspecto no se inmutó y siguió leyendo como si nada. Era como una figura de piedra colocada para decorar aquel vehículo. Aunque sus canas ya eran visibles debido a la edad, su rostro y cuerpo eran bellos y perfectos como un fuerte roble en todo su esplendor. Si no hubiera tenido esa edad, podría haber llegado a gustarme.


- ¿Le gusta Jordi Sierra i Fabra?
- No.


     Que extraño era aquel hombre. No paraba de leer y no apartaba la mirada del libro como si le entusiasmara y ahora soltaba que no le gustaba…


- Y entonces… ¿Por qué lo lee?
- Porque es un recuerdo de mi hija.
- ¿De su hija? ¿Ella se lo regaló? Pero de todas formas no creo que a su hija le importase que no lo leyera si no le gusta.
- Ya… Pero es el último regalo que tengo de ella.
- ¿El último? ¿Cómo va a ser el último? Supongo que le regalará más cosas.
- Es que ella ya no está aquí.
- ¿No? ¿Está en su casa? ¿De viaje quizá? 
- …No… Está… Muerta.
     
     Me maldije a mí misma por haber hablado de algo tan ajeno y triste aunque no sabía nada al respecto. Quise que me tragara la tierra en ese momento. Su aspecto se tornó oscuro y caído, como si le hubieran dado en lo más hondo de su corazón.


- Lo lamento…
- No te preocupes. Tú no sabías nada así que no podías evitarlo.


     Sí que habría podido y él lo sabía, pero era una buena persona e intentaba que no me sentara mal, pero eran intentos en vano.


- Además me recuerdas un poco a ella… A mi hija digo.
- ¿De verdad?
- Sí. Siempre tan entrometida y habladora.


     Eso me dio de lleno y me morí de la vergüenza. Me sentí fatal por él.


- Pero siempre tan feliz, honesta, alegre y perspicaz.


     Los ánimos se me levantaron. Él sí que era un buen padre y no lo que yo tenía.


- ¿Y se puede saber a dónde vas?
- Pues… A la última parada.
- ¿De verdad? Pues ya somos dos.
- ¡¿Ah, sí?! Y… ¿Sabe dónde para?
- Vas hacia la última parada y, ¿no sabes hacia dónde va?
- La verdad es que no.
- ¿Qué haces aquí entonces? ¿Te has equivocado de tren o algo?


     No tenía ganas de contar mis problemas, pero me sentía obligada después de que me dijera lo de su hija.


- El caso es que… Me he escapado de casa.
- ¿Por qué? 
- Porque mis padres y yo teníamos demasiados problemas respecto a nuestra relación y a la suya. Así que… No aguanté más y decidí marcharme.
- Sé que esos casos no les gustan a nadie, pero de todas formas tú sigues siendo su hija y cuando se enteren de que no estas, ¿no crees que se preocuparán y te buscarán?
- Puede ser, pero cuando eso ocurra yo ya estaré lejos.
- Así que planeas no volver jamás… Bueno tus razones tendrás para ello.
- Si, demasiadas.
- Y, ¿qué planeas hacer cuando llegues a Madrid?
- ¿Madrid? Así que allí es a donde voy… Pues supongo que buscaré trabajo y algún lugar donde alojarme.
- Madrid es el centro de todo. Es como la gran manzana de España. Hay mucha gente viviendo allí y ahora con la crisis, ¿no crees que será difícil encontrar trabajo? De todas formas, si no tienes ningún lugar al que ir puedes llamarme si quieres. ¿Tienes móvil?
- ¿De verdad? Es usted un encanto. Si hubiera tenido un padre como tú seguro que no me habría ido de casa y sería más feliz.
- No te estés tan segura…


     Susurró.


- ¿Qué ha dicho?
- ¡Nada! Nada…
- Bueno este es mi móvil, se lo apunto. Muchas gracias.
- De nada, pequeña.


     Le escribí mi número y guardé el suyo en mi agenda de contactos.


- Si alguna vez quieres volver a casa y no sabes cómo, llámame. Yo te llevaré.
- De acuerdo, aunque lo dudo.


     Se rió en un tono casi inaudible.


- ¡Oh! Ya hemos llegado, bueno ya nos veremos… Esto…
- Laura. Me llamo Laura Escobar.
- Encantado Laura, yo soy Daniel Martínez.
- Encantada de conocerle.
- Pues… Aquí nuestros caminos se separan, aunque espero verte otras veces.
- Si, y yo. Hasta luego.
- Hasta la próxima.


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     La estación de Madrid era tan grande que en un principio me perdí. Entre todas las personas que había, tal y como Daniel me había dicho, y el mareo que llevaban por salir de allí, me sentí contagiada y empezó a dolerme la cabeza. A todos a los que preguntaba decían una cosa diferente. Que si la salida estaba por allí, por allá, por el pasillo de la derecha, por el de la izquierda, si por delante, si por detrás. En el momento en el que lo encontré, me sentí tan feliz que, una vez fuera, me senté y contemplé la gente que pasaba, el sitio, los edificios, las tiendas… Vi una en la que vendían un vestido precioso. Me moría por comprarlo, pero sabía que no debía, me levanté y pasé de largo.
     Según la información que había leído, llegué a una calle cutre, apestosa y mal formada en donde, supuestamente, estaba la residencia en la que me iba a alojar. Su nombre era “La casita feliz”. Muy feliz no parecía, pero era lo más barato que había encontrado por Internet. Pasé y me situé en la entrada. El suelo rechinaba con las pisadas, las paredes eran sucias y polvorientas y los muebles estaban rotos o quebrados. Por una puerta apareció una mujer anciana y con muchas arrugas en la cara. 


- ¿Desea algo señorita?
     Me observaba con desconfianza y me repasaba de arriba abajo como si fuera a robarle algo.


- Si, quería saber si tenían habitaciones libres. 
- Claro. En el piso tercero hay un cuarto para una persona libre. 
- ¿Y cuánto cuesta?
- Unos… sesenta y nueve euros al mes.
     Si vivir un mes costaba sesenta y nueve euros, no quería ni imaginarme como sería la habitación.


- Está bien, me la quedo.
- Muy bien. Aquí tiene la llave y este es un regalo de bienvenida.


     No os penséis que el regalo era algo maravilloso. Me dio un helado de limón que, aunque no ponía la fecha, me imaginaba que estaba caducado.


- Y dese prisa, porque se derrite rápido.


     Cogí las cosas y fui directa a las escaleras porque, como era normal, allí no había ascensor. Menos mal que era el tercer piso.
     Abrí la puerta y dejé las cosas en la entrada. Tal y como había predicho, el lugar estaba en mal estado. Había moho por todas partes y las losas estaban casi destruidas. Yo ya sabía que las cosas no siempre eran tan bonitas como parecían, pero me tumbé en la cama y, como estaba muerta de hambre después del viaje, me comí aquel helado que no sabía a limón ni mucho menos. Tras acabármelo, me acerqué a la ventana y contemplé el ambiente. Al menos las vistas no eran tan malas como el dormitorio. Desde allí se podía ver un pequeño parque en el cual muchas parejas conversaban y se demostraban su amor, unos niños estaban jugando con los columpios y el tobogán y familias paseaban alegres y con vitalidad. Me aparté. No podía soportar ver aquellas relaciones que yo nunca tuve. Volví a la cama y me acosté. No tardé en dormirme y, por supuesto, en volver a tener otro sueño familiar de hace ya tiempo.


     “Mi madre estaba en el trabajo y yo estaba sola con mi padre.
- Cariño, ya es tarde. Será mejor que te vayas a dormir o mañana no tendrás energía para ir a clase.
- Está bien papá. Buenas noches.
- Que duermas bien cariño. ¿Quieres que te lea un cuento o algo?
- ¡Papá! Ya soy mayor. Tengo doce años y no hace falta que me leas nada para que me duerma.
- Si ya lo sé… Dios… Parece que fue ayer cuando tu madre dio te dio a luz. Eras tan pequeña e inocente en esos tiempos.
- Papá… Eso pasó hace mucho. Venga, buenas noches.
- Y dentro de nada, te casarás y te irás. Dejándome aquí solo… Con tu madre…
     La última frase la dijo muy bajo y como no la escuché, me fui a mi cuarto y me acosté. 
     No sabía el porqué, pero aquella noche no podía dormir. Pensé que serían cosas mías, así que cerré los ojos e intenté dormirme. Sin embargo, después de un tiempo, alguien llamó al timbre.
- ¿Quién?
- Manuel soy yo. Eloísa.


     ¿Eloísa? ¿Quién era esa chica? La puerta se abrió y escuché la voz de ella. Era alguien desconocida para mí.


- ¿Seguro que tu mujer no está? No quiero ningún lio.
- Tranquila cariño. Mi mujer hoy volverá tarde hoy y mi hija está en la cama durmiendo desde hace tiempo. No nos interrumpirá nadie. 
- ¿Y si se despierta?
- Le diremos que eres una amiga que me está visitando.


     Dijo aquella frase con ironía, como si lo que estaba diciendo fuera mentira y los dos se rieron.


- Esta noche te voy a hacer gritar de placer.


     Se escuchó un golpe por parte de ella en el pecho de él.


- ¡No digas eso!


     Y volvieron a reírse.


- Venga, vamos a mi sala.


     Los dos se fueron a la habitación y yo estuve en mi cama hasta que comencé a escuchar ruidos raros. Me levanté sigilosamente y me asomé con mucho cuidado por la puerta. No me podía creer lo que estaba viendo. Mi padre lo estaba haciendo con esa y yo  presenciándolo todo. Le estaba poniendo los cuernos a mi madre y encima, sin que ella supiera nada, en nuestra casa. Fui de cuclillas a mi cama de nuevo y volví a acostarme. No pude dormir nada en toda la noche y estuve llorando hasta que amaneció. 
     Cuando mi madre llegó, la mujer se había ido y mi padre estaba en la cocina tomándose un café. Me dirigí a desayunar, pero no pude comer nada. 
     Ese fue el día más horroroso de mi vida.”




jueves, 5 de enero de 2012

Dedicado a mi inspirador: Francisco Céspedes.



     Le miré. Me miró. Ambos nos miramos y sentimos ese hechizo. El que cuando recae sobre ti sabes que no hay nada más. Solo nosotros dos. No importaba nada, ni nadie. En ese momento nos encontrábamos mágicamente solos bajo los rayos de la luna y bailábamos embriagados por la melodiosa música de Francisco Céspedes. Nuestros cuerpos seguían el ritmo y danzaban lentamente y muy pegados. Su mano en mi cintura, la mía en su hombro. Un, dos tres, un, dos, tres… Cada latido de su corazón rebotaba en mi interior y sonaba como las campanadas de una iglesia. Llegó un instante en que creí que me encontraba en un sueño, así que cerré los ojos y dejé que mi imaginación me guiara en cada paso.

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     Quizás la locura no sea buena, o quizás si. Pero todos tenemos bien sabido que la vida es locura. ¿Qué seríamos sin ella? Quizás no tendríamos ni la fuerza para hacer las cosas. No tendríamos el valor de hacer nada, por mucho que quisiéramos. Por eso, hay ciertas palabras que llaman mi atención siempre que las escucho:

“Esta Vida Loca, Con Su Loca Realidad”

No sé cual fue el momento en que me di cuenta que había sucumbido a ella. Me había arrastrado con su magnetismo y había cambiado mi vida. Y duele cada día porque se… Bueno, en realidad no se nada y esa es la razón de que duela y la mantenga en el fondo más oscuro de mi ser. En una lejanía absoluta y profunda.