¡Enganchados!

sábado, 31 de diciembre de 2011

En Busca de la Imaginación (III)


Capítulo 2


     Amanecí ese día con dolor de cabeza. No había podido dormir mucho ya que estuve despertándome a cada hora debido a mis malditas pesadillas. Me levantaba sudado de arriba abajo y con escalofríos que tardaban poco en irse en cuanto volvía a arroparme con las suaves sábanas de mi cama.

     Esa mañana, el sol se había escondido. Las nubes amenazaban con inundar las calles a su paso con la lluvia que levaban en su interior. La verdad, es que me recordaban a mí. Llenas de ira y ansiosas por deshacerse de sus males internos, para después volver a recuperarlos en cuanto pasara cierto tiempo.

     Intenté despejar mi mente echándome el agua congelada que salía del grifo de mi aseo. Enseguida, se me enrojeció la cara al contacto con el frío líquido que resbalaba por mis mejillas. Me observé detenidamente. Después de todos estos años, me había vuelto (o al menos eso pensaba yo) más viejo que nunca. El extraño que se reflejaba en el espejo demostraba unas facciones que no había tenido jamás. Las arrugas de su frente habían incrementado su número, y su poderoso y brillante cabello, se había extinguido sin dejar nada más que la zona de atrás un poco poblada. ¿Así se sentía una persona a la que la gente llamaba un “vejestorio”? Me guardé para mí las ganas de darle un buen golpe al espejo (que no tenía nada de culpa) y me alejé de él como si temiera que fuera a sumergirme en un mundo lleno de locura y oscuridad…

     Bajé las escaleras y me dirigí a recoger el periódico que se encontraba en el recibidor de mi casa. Al agacharme para tomarlo, recordé la carta del día anterior. Aun seguía ahí, encima de mi escritorio donde pudiera verla claramente. Y sin contemplaciones (igualmente a lo que pasó en aquel momento), mis dedos se quedaron helados y mi cuerpo se balanceó de tal forma que tuve miedo de que fuera a precipitarme hacia la baldosa de piedra del suelo. Pero, cogiendo fuerzas de donde no las tenía, me erguí y me dirigí al lugar donde la había dejado.

     Allí estaba. Un simple y frágil papel que hacía que todo mi cuerpo sucumbiera a su influjo. La tomé y me senté en mi sillón de cuero. Me quedé escrutándola con gran determinación y pavor. El sobre que la envolvía era blanco y el sello que había sido colocado en la cara posterior contenía un símbolo. Era la forma de una serpiente. Su boca estaba abierta, de manera que fuera visible que iba a cazar a su presa. Inteligente y sigilosa. El tipo de animal que nunca tendría en mi hogar.

     Mi mano se deslizó cuidadosamente por el sello rojo con cuidado de no deformar su estado, pero me detuve. Volví a notar aquel abismo infinito que amenazaba con engullirme si hacía tal acto. Retiré de nuevo mi mano y me puse en señal de defensa. Me dije que si seguía así nunca conseguiría saber el contenido que había en su interior y si llegaba a ser algo realmente importante yo carecería de esa información, pero supe que yo nunca podría abrirla y que tendría que buscar a alguien adecuado para esa misión.




lunes, 26 de diciembre de 2011

.Amor Ardiente 5.

Capítulo 4

     Miré la hora del reloj por décima vez. Las seis y cuarto. Solo habían pasado siete minutos desde que había llegado, pero cada vez tenía más ganas de marcharme. Cuando noté que mis piernas iban a sacarme de ahí por sí solas, la recepcionista (señora regordeta, de nariz aguileña y  pecosa) pronunció mi nombre y anunció que era mi turno. De verdad me encontraba en aquel lugar...

     La consulta psiquiátrica del doctor Manuel Gil. Ni siquiera comprendía que era lo que me había alentado a ir a ese sitio. ¿Quizá fue la figura imponente del hombre que impidió mi muerte? O... ¿Yo mismo intentando liberarme de la pesadilla que me perseguía? En fin... El caso era que ahora debía afrontar la prueba que iba a transcurrir en unos segundos.  

     Me dirigí con paso lento, pero corazón embalado hacia la puerta de la consulta. Mis dedos se situaron en el picaporte , y lo giraron abriendo la puerta. Dentro, un personaje de aspecto amable y acogedor, clavó su mirada en mí ante mi acto de presencia. Estiró su brazo en forma de saludo. Yo se lo devolví estrechándonos las manos.

- Encantado de conocerlo señor Smith.
- Igualmente, doctor Gil.
- ¡Oh! Solo llámeme Manuel. Gil es demasiado formal.
- De acuerdo.
- Bueno y dígame... ¿Vive usted aquí en Murcia?
- Sí.
- Pero, ¿es nativo o viene del extranjero? Lo digo porque su nombre, apellido y hasta su aspecto dicen lo contrario. Tal vez me equivoque...
- Del extranjero. Resulta que mis padres se separaron y estuve viviendo la mayoría del tiempo con mi padre, inglés, en Canadá, pero mi madre, que es española, tuvo otro juicio con mi padre para ver quien se quedaba con mi custodia y ganó. En total llevo viviendo aquí desde los dieciséis años.
- Y ahora usted tiene...
- Treinta.
- De acuerdo.

     El doctor iba anotando una gran cantidad de datos en su ordenador a la vez que charlaba conmigo.

- Y, ¿podría decirme cual es el motivo por el que se encuentra aquí?
- Pues el caso es que... Mi novia, que es la mujer de la que estoy enamorado, está casada con otro.
- ¿Podría contarme un poco más acerca de eso?

     Le conté todo lo que creí conveniente y le expliqué detalladamente lo que me había ocurrido. Manuel me miraba casi sin pestañear, y su mirada amable y cálida se había vuelto realmente seria y calculadora. Estaba analizando mentalmente cada frase y cada palabra que decía de un modo infalible.

- ... Y eso fue lo que me pasó.

     Acabé concluyendo.

- Muy bien. De modo que usted está resentido y desea liberarse de la imagen y del daño de esa mujer tal y como la encuentra ahora, ¿qué es...?
- Una zorra rompe corazones.
- Eso...

     El señor Gil seguía apuntando cosas en su ordenador y, de repente, vi que finalizó el tecleado y que la impresora comenzó a funcionar. De ella salió un papel y lo selló.

- Aquí tiene. En este escrito consta una justificación para su trabajo y demás de que usted puede tomarse un mes de baja debido a que usted tiene depresión.
- ¿Depresión? No sea ridículo. Es cierto que me he sentido un poco atormentado, pero tampoco es para...
- Señor Smith, le recomiendo que se tome este mes como unas vacaciones y se relaje. Le veré a la vuelta para ver si su estado de ánimo es positivo y hágame un favor.
- ¿Cuál?
- Conozca a otras mujeres.

     Desde que salí de allí, no recordé nada. Solo que me encontraba en un tren con mis maletas en dirección a Barcelona, a la vieja casa de la costa que mi madre me dejó a su muerte.
















lunes, 19 de diciembre de 2011

En Busca de la Imaginación (II).

Capítulo 1

Un papel arrugado, y otro, y otro, ¡y otro! ...
    Mi papelera comenzaba a llenarse poco a poco hasta el punto de estallar, mientras yo desechaba lo que creía innecesario, osea, todo.

Las ideas que venían a mi mente eran buenas, pero no lograba plantearlas del modo en el que a mí me hubiera gustado. Todo era basura. Ni siquiera encontraba aceptable el planteamiento, ni el argumento de mis historias.

     Mi cerebro estaba agotado y mis párpados comenzaban a cerrarse poco a poco. Me tomé el poco café frío que quedaba. Sabía demasiado amargo y pasado (debido al tiempo que había estado ahí), pero eso me ayudó a despertarme de nuevo.

   Retomé mis escritos, con la esperanza de que mi imaginación fluyera y mis manos comenzaran a escribir por sí solas, pero... Fue un intento fallido. Nada, ni una sola frase original llegaba a mi cabeza, y esto comenzaba a ser desesperante. Si no lograba poder volver a escribir, mi editorial me despediría y eso sería una catástrofe. El nombre que tanto había trabajado para llegar a ser conocido, nunca volvería a aparecer en ninguna de las portadas de ningún libro. 

Don Amancio Silvestre.

    Mi nombre, el cual resultaba desconocido hasta para mí. No lograba relacionar ninguna persona con aquel extraño, aunque fuese yo. No podía ni pensar en qué pasaría si nadie supiera de mí. ¿Y si muriera? ¿No habría ni cura para mi entierro? ¿Nadie lloraría, ni haría nada por saber cual fue el caso de mi muerte?

    De repente, entre tanta batalla psicológica, llamaron al timbre. Bajé las escaleras hasta llegar a la vieja puerta de madera, la principal de mi casa. La abrí y, con sorpresa, advertí que no había nadie. Miré a ambos lados y hasta salí al exterior del patio. Nadie. Si alguna vez alguien había estado ahí, ya se había ido. Tan rápido...

     Cuando entré y fui a cerrar la chirriante puerta, por casualidad, vi en el suelo una carta. La recogí y la observé. Iba a mi nombre, pero no decía quien la enviaba. Me dio la impresión de que si la habría, algo en su interior cambiaría mi vida, o me mataría en ese instante. Mis dedos dudaron por un momento. El temor me recorrió el cuerpo e hizo que creyera que el fin había llegado. ¿De verdad una simple carta sin nombre podía hacer que una persona pudiera ver su muerte delante?

    Comencé a pensar que el estrés me había invadido tanto que comenzaba a volverme loco. Pasé dentro. Dejé la carta encima de mi escritorio y me acosté en la cama.

     Sabía que iba a ser una noche muy larga y que las pesadillas me traerían malos presagios.






lunes, 12 de diciembre de 2011

El Diario de Laura Escobar (II).


Capítulo 1


- ¿Es qué no puedes hacer nada bien?
- Lo siento…
- ¡Solo tienes que tocar esta parte bien! ¡El piano no es tan difícil!
- Lo siento…
- Dios… Si tan solo tu padre estuviera aquí ya… ¡¿Qué demonios estará haciendo?!
- No lo sé…
- Ya sé que tu no lo sabes, por dios… Que sabrás tú, si no sabes nada.
- Perdón.
- ¡¿Y ahora por qué te disculpas?! Madre mía, esta hija me va a volver loca. Anda quédate aquí y sigue ensayando hasta que te salga, ¿de acuerdo? Yo mientras voy a ver si consigo contactar con tu padre.
- Vale mamá.

     Se levantó y salió del salón. Mientras seguía tocando el piano, escuchaba los gritos histéricos de mi madre.

- ¡¿Dónde estás!? Llevo esperándote todo el día. Ayer no apareciste y hoy vas por el mismo camino. ¡¿No ves que yo sola no puedo con la niña?!

     Un tiempo de espera.

- ¿Cómo que ahora mismo no puedes venir? ¿Qué es tan importante como para dejar a tu familia de lado?

     Otro tiempo.

- Aaah… Claro. ¿Estás con ella verdad? ¡Sé que estás con ella y no me lo niegues!
     Y otro…
- ¡Pues que sepas que quiero el divorcio! ¿Me escuchas? ¡¡El divorcio!! 
     Se vuelve insoportable poco a poco.
- ¡No! ¡No pienso calmarme! ¡Cálmate tú! No… ¡Ni se te ocurra venir ahora para acá! ¡No quiero verte! Quédate con tu amante y tríncatela un rato, porque yo no voy a volver a hacerlo. ¡Ni eso ni nada! ¡Que no! No… Voy a colgar. No quiero escucharte más. Me duele la cabeza. Me da igual lo que tú quieras. ¡¿Me oyes!? ¡Me da igual!

     Y colgó.

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     Tras fuertes peleas y discusiones continuas, decidí marcharme de casa. Para mis padres siempre había sido un estorbo y los problemas que ambos tenían me estaban consumiendo cada vez más y más. Con todos los ahorros que había conseguido, algo de ropa en una mochila ligera y poco más, antes de salir de esa jaula di un último vistazo a lo que sería ya un mal recuerdo en mi vida.
     Emprendí mi camino en dirección al tren más próximo que me llevara fuera de ese pueblo de Murcia y me alejara de aquella horrible pesadilla que me había mantenido presa en mis últimos dieciocho años.
     Una vez montada, me senté junto a la ventana y estuve observando el paisaje que iba cambiando poco a poco hasta quedarme dormida. En el sueño aparecían viejos recuerdos de mi familia cuando, en ciertos momentos, había un poco de paz en lo que se podía considerar mi casa:

     “Era el día de mi cumpleaños y mis padres me habían llevado a comer a mi restaurante favorito: Vía Apóstolo.

- ¡Feliz séptimo cumpleaños cariño!
     Dijo mi madre.
- ¿Qué quieres como regalo, princesa?

      Cuando mi padre me formuló esa pregunta yo ya la tenía muy clara, pero el miedo a que se enfadaran otra vez conmigo me hizo cambiar de idea y decidí no decirles que no quería más peleas ni enfados en casa.

- Pues me gustaría tener un móvil papá.
- Madre mía, ¿tan joven y ya pensando en eso? 
- Yo a mi edad todavía jugaba con muñecas y me apuesto a que tu padre se dedicaba a jugar a esos juegos tan raros que hacían en su pueblo.
- ¡Oye! Que los juegos que hacíamos en mi pueblo eran muy divertidos. Si a ti no te gustaban era caso tuyo.

     Mis padres reían, se miraban, se tocaban, se besaban… Esos eran unos de los pocos momentos buenos que tuve en mi vida, pero todo cambiaba en el momento en el que llegábamos a casa y todo volvía a la normalidad…

- Madre mía. Cuanto he comido. Si me hubiera comido aquel último trozo de pizza ya estaría por los suelos arrastrándome.
- Ay cariño. Si es que no deberías comer tanto. Que luego te sienta mal y te pones más malo que nada.
- Bueno, pero eso es cosa mía. Si quiero comer, como. ¡Claro! Como tú estás más seca que un espagueti. 
- Oye perdona. Que si estoy delgada es porque como sano y me cuido. ¡No como tú que te comes medio restaurante si es necesario!
- ¿Perdona? Si me como medio restaurante, ¿no será porque la cocinera de la casa no cocina como debería ser?
- ¡¿Qué yo no cocino bien?! ¡Pues si tanto te disgusta, la próxima vez cocinas tú guapo!
- Pues eso haré si es necesario, porque si seguimos así, al final nos morimos de hambre por tu culpa. Que hechas muy poca cantidad a tus comidas y las dejas escasas. Así la niña no va a poder crecer.
- ¡Pero si la niña ya está grande! ¿Qué me estás contando? La culpa es tuya por tragar tanto. Y si ella no come es porque tú te comes su comida. ¡Elefante humano!
- ¡Espagueti andante!
- Me largo ahora mismo de aquí.
- Pues anda que yo…

     Y los dos se marcharon por la puerta dejándome sola el día de mi cumpleaños.”





En Busca de la Imaginación (I).

Prólogo


     Resulta que hace tiempo que no escribo nada, es más, no he vuelto a tener una buena idea desde hace mucho. Creo que lo que ha llegado a afectarme tanto es la aparición de un posible candidato al primer puesto del Concurso Mundial de Literatura. Su obra es magnífica. La edad del muchacho no es muy avanzada, pero su forma de crear nuevos mundos y de enseñarme los secretos que corren por su cabeza es de una forma única y fascinante.

     Me causa tal sensación, que ello me lleva a un estado de parálisis en el sentido de no poder volver a imaginarme nuevas historias, ni describirlas de manera que todas las personas pudieran hacer buenas críticas sobre ellas.

     Si tuviera que ponerle un título al suceso que me está pasando, creo que lo llamaría:

" El Carecimiento de la Imaginación".










viernes, 9 de diciembre de 2011

Los Mensajes del "Extraño de al Lado".

     Era Viernes por la tarde y Antonio (un chico de 15 años) había quedado con unos amigos, pero antes de irse decidió pasarse por el ordenador. Se metió en el chat, donde la gente le hablaba todo el rato, pero no te puedes fiar un pelo de nada de ellas. En uno de esos casos, un personaje que se hacía llamar "El De Al Lado" comenzó a hablarle:

-Buenas tardes señor Antonio. Le doy a conocer que dentro de poco alguien conocido por usted morirá. ¿Podrá salvarlo o solo pasará del tema como hacen todos? La decisión está en usted.

Y se desconectó.

     Antonio se extrañó mucho. No comprendía como, con toda la gente que había en ese chat, solo le había dicho eso a él. Y sobre todo... ¿Cómo había sabido su nombre?... Por un momento colocó su mirada en el nombre que se había colocado... Visir... Todo era muy confuso, así que apagó el ordenador y se marchó.
     Cuando estaba cerca del parque donde había quedado con sus amigos, ya se le había olvidado todo lo que le había pasado. En el pequeño lugar, además de sus amigos, había niños pequeños (unos 5 o 6 años) jugando al escondite. Al verlo llegar, su mejor amiga Rosita salió escopetada en su dirección. Se le notaba la felicidad en el rostro, pero vio el horror en la cara de Antonio. Siguió su mirada y al lado de ella había un enorme camión. El chico vio como atropellaban a su amiga y notó la sangre de ella en su rostro...

     Si os preguntáis lo que le pasó a Antonio os lo puedo decir.
Ahora tiene 28 años y está ingresado en un manicomio. Los psicólogos no saben como sacarlo de la locura que lo tiene atado y loco por tantos años... y tampoco sabían que la persona que le había contado lo que iba a sucederle en ese momento solo pudo ser:

.EL EXTRAÑO DE AL LADO.




jueves, 8 de diciembre de 2011

Aquellos Recuerdos...



     Mi juventud de entonces, como el momento del amanecer, es como un capullo de una rosa antes de florecer. Me veo a mi sentado en la silla del ayer, pensando en los momentos en los que te pude ver.


     Aquella hermosa melena que olía a laurel, junto a esos ojos que expresaban la habilidad de saber. La mariposa que todos los días revoloteaba a tu lado hacía un vuelo bello, pero a la vez desequilibrado. El gato que en tus piernas dormía, de un color blanco puro, se estiraba de placer.


     Hacía tiempo que no recordaba el sitio, ni el momento... en el que sentía tus besos. Besos llenos de amor y mostrando a la vez por mí mucha pasión.

     Sin embargo, ahora solo soy un viejo cascarrabias, apenado y sin razón. Lo único que me mantiene vivo son mis recuerdos y el notar tu aura en mi corazón.









La Mesa Del Fondo.


     Mina era hija adoptiva de la familia Rodriguez. Eran una familia antigua, como las de antes. La casa era vieja y las habitaciones sucias y polvorientas. Como en casi todas, había un sótano y ella tenía prohibido entrar allí. Siempre había tenido curiosidad por saber que había abajo, así que una noche, cuando sus padres dormían, descendió las escaleras.
     Cada peldaño que pisaba chirriaba agudamente, por le que se puso de puntillas y colocó cada pie despacio. Llegó a una puerta, la cual estaba llena de telarañas, pero a Mina le dió igual y la abrió. Al entrar dentro, notó un fuerte olor a moho y estornudó varias veces por el almacenemiento de polvo en algunas partes.
     Por todos lados había estanterías donde estaban colocadas latas de conservas, juguetes viejos, herramientas de construcción, pintura, brochas... Al fondo del sótano no se veía nada, así que encendió una vela que encontró al lado de una silla rota. Fue acercándose poco a poco. Su corazón le latía muy rápido y la cabeza le daba vueltas, pero ella siguió avanzando. Pegado a la pared, había una larga mesa. Encima, jabía algo tapado con una gruesa manta blanca. Mina se puso a su lado. No sabía que hacer, sí bien destapar a ese algo o dejarlo como estaba. Decidió destapar. Ejercitó su mano como si aquella sábana fuera a pesar bastante. Alargó su mano, agarró la sábana y la destapó.
     Al siguiente día, sus padres la encontraron muerta al lado de una mesa, con una sábana en la mano y una triste sonrisa en su cara, pero lo extraño fue que encima de la larga mesa no había...

¡NADA!


miércoles, 7 de diciembre de 2011

El Diario de Laura Escobar (I).


Prólogo


     Cuando pensé en escribir mi historia no estaba segura de cómo hacerlo, así que decidí narrarla paso por paso y escribiendo hasta el más mínimo detalle. 

     Contar los problemas que has tenido a lo largo de tu vida no es algo fácil y menos cuando tiene sucesos que no te gustaría que nadie supiera, pero un amigo me aconsejó que, para librarme de las cadenas que aún me tenían presa, diera a conocer a todo el mundo la forma de vivir que tenía yo hace dos años. 

     Los diferentes casos de padres que maltratan tanto física como psicológicamente, se dan en muchas familias y en todas partes del mundo. En mi caso, decidí rebelarme a este infierno de una forma en la que acabé hasta peor de cómo estaba. Pero… La aparición de una persona hizo que cambiara el mundo que estaba viviendo y olvidara los malos tiempos que viví. 

     Y sin más preámbulos, esta es mi historia.



El Escritor y Doña Nieves.

Escritor- Debe saber Doña Nieves, que esta mañana he puesto un puesto.

D. Nieves- Resulta que ahora su forma de hablar se reitera cada vez más. ¿No será porque está surgiendo de su interior un lado poético?

Escritor- ¿Poético?

Dijo con un tono cínico.

Escritor- Querida mía, si yo fuera poeta me odiaría a mí mismo.

D. Nieves- ¿Y cuál es el motivo de tal odiada acción?

Escritor- Porque todos los poetas son unos idiotas. No saben nada más que hablar de palabrería sin poder referirse a la realidad con claridad. ¿No es mejor una buena prosa con la que poder entender todo? O no me dirá usted que entiende la poesía.

D. Nieves- Lo cierto es que cuando tengo un poema en mis manos, con solo leer el primer verso mis párpados comienzan a cerrarse como si estuviera tomando un tranquilizante de gran calidad.

El Escritor rió ante aquel comentario tan esperado para él.

Escritor- Mi problema no es que me duerma, sino que no le encuentro sentido alguno a las letras escritas en esos papeles.

D. Nieves- ¿No entiende usted nada? Pero si es usted escritor...

Escritor- Puede que sea escritor, pero por más que me pare a pensar, nunca podré escribir nada más que prosa. Lo máximo que he llegado a hacer en mi vida de verso ha sido la típica rima estúpida de la que todos se ríen cuando la escuchan. 

D. Nieves- ¿Y se puede saber que rima es esa?

Escritor- No quiera saberlo Doña Nieves... No quiera saberlo.



Volvemos a abrir nuestras puertas.

Después de un largo periodo de descanso, el blog de "Literatura Para Jóvenes" ha decidido volver a abrir sus puertas.
Con nuevas ideas, fantásticas historias e increíbles relatos, hemos decidido volver a poner en marcha este blog.
Esperamos que les guste la renovación y que disfruten de las nuevas y divertidas hazañas que les vamos a contar.
Un cordial saludo, M y M.

martes, 1 de marzo de 2011

El Poema de la Semana :D

IBA TOCANDO MI FLAUTA


Iba tocando mi flauta
a lo largo de la orilla;
y la orilla era un reguero
de amarillas margaritas.

El campo cristaleaba
tras el temblor de la brisa;
para escucharme mejor
el agua se detenía.

Notas van y notas vienen,
la tarde fragante y lírica
iba, a compás de mi música,
dorando sus fantasías,

y a mi alrededor volaba,
en el agua y en la brisa,
un enjambre doble de
mariposas amarillas.

La ladera era de miel,
de oro encendido la viña,
de oro vago el raso leve
del jaral de flores níveas;

allá donde el claro arroyo
da en el río, se entreabría
un ocaso de esplendores
sobre el agua vespertina...

Mi flauta con sol lloraba
a lo largo de la orilla;
atrás quedaba un reguero
de amarillas margaritas...



 By: Juan Ramón Jiménez.


Dedicado a los flautistas que conozco. Un cordial saludo.

martes, 8 de febrero de 2011

El Poema de la Semana :D

Desnuda Está la Tierra


Desnuda está la tierra,
y el alma aúlla al horizonte pálido
como loba famélica. ¿Qué buscas,
poeta, en el ocaso?   ¡Amargo caminar, porque el camino
pesa en el corazón! ¡El viento helado,
y la noche que llega, y la amargura
de la distancia!… En el camino blanco
algunos yertos árboles negrean;   en los montes lejanos
hay oro y sangre… El sol murió… ¿Qué buscas,
poeta, en el ocaso?

Antonio Machado

domingo, 6 de febrero de 2011

El Poema de la Semana :D

Sonatina


La princesa está triste... ¿Qué tendrá la princesa?
Los suspiros se escapan de su boca de fresa,
que ha perdido la risa, que ha perdido el color.
La princesa está pálida en su silla de oro,
está mudo el teclado de su clave sonoro,
y en un vaso, olvidada, se desmaya una flor.


El jardín puebla el triunfo de los pavos reales.
Parlanchina, la dueña dice cosas banales,
y vestido de rojo piruetea el bufón.
La princesa no ríe, la princesa no siente;
la princesa persigue por el cielo de Oriente
la libélula vaga de una vaga ilusión.


¿Piensa, acaso, en el príncipe de Golconda o de China,
o en el que ha detenido su carroza argentina
para ver de sus ojos la dulzura de luz?
¿O en el rey de las islas de las rosas fragantes,
o en el que es soberano de los claros diamantes,
o en el dueño orgulloso de las perlas de Ormuz?


¡Ay!, la pobre princesa de la boca de rosa
quiere ser golondrina, quiere ser mariposa,
tener alas ligeras, bajo el cielo volar;
ir al sol por la escala luminosa de un rayo,
saludar a los lirios con los versos de mayo
o perderse en el viento sobre el trueno del mar.


Ya no quiere el palacio, ni la rueca de plata,
ni el halcón encantado, ni el bufón escarlata,
ni los cisnes unánimes en el lago de azur.
Y están tristes las flores por la flor de la corte,
los jazmines de Oriente, los nelumbios del Norte,
de Occidente las dalias y las rosas del Sur.


¡Pobrecita princesa de los ojos azules!
Está presa en sus oros, está presa en sus tules,
en la jaula de mármol del palacio real;
el palacio soberbio que vigilan los guardas,
que custodian cien negros con sus cien alabardas,
un lebrel que no duerme y un dragón colosal.


¡Oh, quién fuera hipsipila que dejó la crisálida!
(La princesa está triste, la princesa está pálida)
¡Oh visión adorada de oro, rosa y marfil!
¡Quién volara a la tierra donde un príncipe existe,
?la princesa está pálida, la princesa está triste?,
más brillante que el alba, más hermoso que abril!


?«Calla, calla, princesa ?dice el hada madrina?;
en caballo, con alas, hacia acá se encamina,
en el cinto la espada y en la mano el azor,
el feliz caballero que te adora sin verte,
y que llega de lejos, vencedor de la Muerte,
a encenderte los labios con un beso de amor».


By: Rubén Dario.

sábado, 29 de enero de 2011

.Amor Ardiente 4.

 Capítulo 3

      Abatido y entristecido, estaba en mi cama con un cigarro y una copa de ginebra en la mano. Mis pensamientos se divulgaban con imaginaciones que nunca creí que fuera a ser capaz de pensar ni decir. Mi alma vagaba moribunda por todos los oscuros lugares que existían por mi habitación y, mientras tanto, las lágrimas que caían por mi cara eran como un puzzle rompiéndose después de haberlo formado por completo. Me sentía sucio, insultado. Era como si ahora, mi vida no fuese más que un poco de polvo. Como si mi alma me estuviera pidiendo algo, algo que no sabía. Por más que quería comprenderlo no conseguía adivinar, ni saber ni lo que yo mismo tenía que hacer. Me incorporé y me encaminé, con un paso casi muerto, hacia el sofá donde me sentaría para poder pensar con claridad. Lo hice. No se cuanto tiempo estuve ahí, revolviendo mi mente una y otra vez para encontrar lo que andaba buscando. Reordené el tiempo, momento y lugar en el que me encontraba. Era 20 de Julio, hacía dos semanas que estaba con depresión y me encontraba en mi casa amargándome más como si fuera una asquerosa lagartija. Los últimos mensajes que había tenido no habían sido nada agradables. En uno de ellos, mi jefe me había dicho que si no me dejaba ver por la empresa, estaría despedido. Otro, era del mecánico que decía que mi coche era imposible de arreglar. Todo lo que ahora giraba alrededor de mi era un caos. Me desmoroné y cerré los ojos. Me daba vueltas la cabeza y decidí que lo mejor sería descansar un poco, pero en ese instante descubrí lo que había estaba buscando. Todo lo que tenía que hacer era muy sencillo y no necesitaba demasiadas cosas para lograrlo.
      Me encontraba donde debía. Estaba en el edificio más alto que había encontrado y me situaba a dos pasos del precipicio. Todo mi ser estaba temblando y teniendo dudas, pero había tomado esa decisión y la iba a realizar. No podía imaginar un futuro que no fuese al lado de Elena y tampoco una vida sin sus besos. El daño que me había causado era irremediable y sabía que por más que quisiera no lograría olvidarla. La amaba y la seguía amando. Por otro lado, aunque mi corazón decía que saltase, mi mente se oponía completamente. Me contaba que no valía la pena morir por tal mujer y menos después de lo que me había hecho. Mi corazón me explicaba que el amor era inevitable y casi nunca se podía combatir contra él. Dos historias diferentes y dos opiniones igualables. La decisión solo la podía tomar yo y… ya lo había hecho. Tomé aire profundamente y fui soltándolo muy poco a poco. Di un paso y después otro. Estaba a escasos centímetros del vacío y después de saltar todo se volvería oscuro y doloroso, pero llegaría un momento en el que ya no sentiría nada, en el que ya estaría muerto. La brisa de viento me daba en la cara y recordé cuando la conocí por primera vez.
      Yo había ido a Valencia por trabajo (ya que yo vivo en Murcia) y me habían mandado a un lugar cercano a la costa. Por supuesto, era verano. Los cuerpos más jóvenes se daban a ver y los más adinerados llevaban trajes de baño y bikinis a la última moda. Algunos incluso llevaban unos con estampados de leopardo. El Sol incidía por toda la playa y yo decidí ir a darme un pequeño baño. Entre olas y gente la vi. De entre todos, ella era la que más relucía. Su semblante alegre era como una margarita recién nacida y con todo su esplendor. Su cuerpo era como la mejor escultura creada por Dios. Todo en ella era perfecto.
      Volví al presente. El final de mi historia estaba ante mis ojos. Me dije a mi mismo: Uno y dos y… Al dar un paso para caer, una gran mano se aferró a mi brazo y tiró de mí con todas sus fuerzas. Caí al suelo y sentí como algo crujía. Alcé la mirada para saber quien había sido capaz de destrozar la idea que yo tenía de liberación total. Al lado mío se encontraba un hombre de raza negra (sería africano o por el estilo) que tendría alrededor de dos metros. Me levanté y lo observé. Me miraba con preocupación y verdadera ansiedad.
¿Se encuentra bien?
Si… claro.
Esa pregunta estúpida siempre la he odiado. ¿Se encuentra bien? Si he estado a punto de saltar para morir es evidente que no. Giré mi mirada a un lado. Creí que si seguía mirándole me enfadaría tanto que llegaría a pegarle y yo soy el típico: NO A LA VIOLENCIA.
Estaba buscando algún lugar alto para buscar un sitio en concreto y… cuando le vi a usted… a punto de saltar digo…
Si, ya lo se. Quiso detenerme y eso hizo.
Exacto. Pienso que no hay que despreciar tanto una vida aunque sea lo más mísera posible.
Y encima el negrito tocando los cojones. Mi furia seguía en aumento y yo tenía cada vez más ganas de meterle un puñetazo en esa cara suya. Era el típico tío al que no aguantas ni por asomo.
      -     Si necesita ayuda o atención sicológica solo llame a este teléfono.
Se metió la mano al bolsillo y me dio una tarjeta:
Psicólogo Manuel Gil. Especialista en atención y ayuda sicológica.
¿Parecía tan tonto como para pedir ayuda de un psicólogo de mierda? En fin. Se me habían pasado las ganas de morir, así que sin decir ni una palabra me di la vuelta y me marché por donde había venido.



domingo, 16 de enero de 2011

.Lisa di Boire.

Esta historia está hecha según la encuesta en la que habéis votado. Como amor y triste estaban empatados, he contado cuales son inferiores y triste ha ganado. Espero que les guste.

Pocas son las noches que duermo. Escasos los sueños que tengo. Y cada vez que tengo uno es una pesadilla. Su fantasma me persigue a todos lados y mi cuerpo nunca descansa. Lamento terriblemente el día que maté a Lisa di Boire. Su espléndido cabello y su reluciente sonrisa hacían que pareciera un ángel, pero... 
Yo fui el demonio que la hizo sufrir, el malévolo que la hizo correr... Yo fui el que le metió el miedo en el cuerpo. Aquella noche el cielo estaba teñido de sangre y la luna había caído. El sacrificio y el dolor me desgarraban el corazón. No había ni placer, ni tranquilidad, ni descanso. Solo celos, desdicha y rencor. El pecho lleno de un líquido que nunca conseguiré borra de mi mente y su rostro mirándome con real desprecio. ¿Mi respuesta a eso? Una sonrisa triste y apagada. Algo que me hizo sostenerme en pie en esos momentos y ahora.

Antes un joven loco y desvariado. Ahora, un viejo solo y destruido. Mente solitaria. Marchitada como las rosas de hace cincuenta años. Las que... supuestamente yo debería haberte dado. 
En este entonces, mi alma vaga anhelando el último hilo de vida que me queda y hasta el final de esta, retorciéndome en la angustia de la desesperación.



jueves, 6 de enero de 2011

.Amor Ardiente 3.

Capítulo 2


      En ese entonces era 18 de Julio. El calor me hacía sudar y recorría todo mi cuerpo. La brisa del mar llegaba hasta mi casa y esta olía a concha marina. Los barcos que navegaban iban tranquilamente de un lugar a otro, como si no hubiera ningún problema en el mundo, como si eso fuera la relajación total. Yo, sentada en mi hamaca de tela, veía como las nubes cambiaban con el tiempo de forma y se movía en una dirección. El anochecer era, por otro lado, mucho mas interesante, ya que, era como si las estrellas te llamaran y te hicieran señas para que fueras a jugar con ellas. O al menos eso es lo que a mi me gustaba imaginarme. Justo al lado del puerto, se localizaba un descampado donde parejas iban a contemplar cada año la lluvia de estrellas que se efectuaba en ese lugar. Sin embargo, mi vida era demasiado aburrida y nunca lograba encontrar muchas diversiones. Mi nombre es Amalia y, a mis veintiséis años de edad, aun no he tenido nada más que dos novios. La noche pasada, mis amigas y yo fuimos a un bar muy famoso que estaba situado en uno de los mejores lugares de aquel pueblo costero. Se llamaba “Club de Sueños Infinitos” y, aunque la gente dice que es un bar, no lo parece en absoluto. Dicho sitio era inmensamente grande y en su interior, además de vender copas, era restringido para las personas que no fueran invitadas especialmente por algún dueño del garito. Nosotras, pasamos porque un amigo llamado Robert es uno de los dueños del bar y me ofreció si quería alguna vez, pasarme por allí y de paso tomar unas cañas. Yo acepté, pues no tenía nada previsto y fui con mis colegas. Ana y Sandra son las únicas amigas que tengo de mi mismo género, por otro lado, tengo cientos de amigos hombres. Todas siempre se preguntaban que, teniendo tanto macho a mí alrededor, como era posible que aun no hubiera conseguido un buen novio. Pues bien. Yo prefiero tenerlo solo cuando de verdad crea que ha llegado el momento. Mi virginidad la perdí y, desde entonces, decidí solo hacerlo con el indicado. Se acercaba la hora de irme, así que me puse un vestido color rojo pasión, mi preferido como no… y tras mirarme durante largo tiempo, me marché de casa. 
      El aroma del antro era una mezcla entre los perfumes de todos los ahí presentes y cigarrillos. Era un olor embriagador e hipnotizante. Algo que te hacía querer permanecer en ese lugar. Tomé mi bolso y saqué un cigarro. Lo coloqué en mi boca y lo encendí. El humo entro en mí como si fuera algo más que solo eso. Fui a probar el vaso  que me habían servido. Era un regalo de parte de Robert y no me pude negar. Ana no paraba de decir que eso era porque yo le gustaba, pero por mi parte eso era estúpido. Robert era un hombre tímido y reservado. Alguien en quien podías confiar y mantener tu seguridad. Sandra también le daba la razón a Ana y empezaban a volverme la cabeza loca. Agarré la bebida, JB y cola, y la llevé directamente a mis labios. El regusto amargo del JB y la picante y burbujeante cola hicieron que me estremeciera por todos lados. El frescor y el tamaño perfecto. Era como estar en un paraíso tropical. Fui tragando poco a poco. Quería disfrutar de aquella extraña, pero deliciosa sensación que había en mi interior. Al acabarla, comencé a tener mucho sueño. Parecía como si todo se hiciera oscuro de repente. Podía oír las voces de mis amigas alarmadas y llamándome todo el rato. Después todo se hizo sordo y solo logré escuchar unos pasos acercarse cada vez más a mi.
      La luz solar me daba de lleno en los ojos y rápidamente cambié la postura de mi cuerpo. Fue muy extraño… A mi lado estaba escuchando como una respiración muy débil y creí que por estar adormecida era la mía y no me estaba dando cuenta ni yo misma por la noche anterior, pero al abrir los ojos, delante de mí había un hombre desnudo durmiendo plácidamente. Me sobresalté y caí de culo al suelo y fue cuando descubrí que yo también estaba desnuda. Un ruidito se oyó encima de la cama y el hombre que había en ella, asomó la cabeza y se dio a conocer. Era… ¡Robert! Él estaba desnudo y encima de la cama. Sus ojos se despegaron y me miraron.
- Veo que ya has despertado mi princesa, estoy contento de que al final decidieras quedarte conmigo, después de todo los dos lo pasamos en grande anoche, ¿no?
- ¿Qué estás haciendo tú en mi cama desnudo? ¿Qué es todo esto?
- ¿De verdad no te acuerdas? Anoche fuiste a mi bar y de repente te desmayaste. Te traje hasta casa y esperé a que despertaras. Cuando lo hiciste solo podías pronunciar una palabra: SEXO. Y como veía que estabas tan linda así, me aproveché del momento y lo hicimos juntos.
- ¿Cómo pudiste hacer eso? Cuando estoy borracha sabes que no se ni lo que digo… aunque no se como me emborraché si solo tomé una copa.
- Amalia, sabes perfectamente que las copas de mi bar son fuertes. Si tu cuerpo no las soporta es normal.
- Si tú lo dices… De todas formas aun sigo enfadada. ¡No debiste haberlo hecho! Incluso aunque solo dijera esa palabra, debiste usar la cabeza y saber que al estar borracha todo en mí está mal. La próxima vez iré al bar de Jorge.
- ¿Por qué? Esta noche estabas más bella que nunca… aunque no lo recuerdes, pero no hay necesidad de que dejes de verme solo porque lo hayamos hecho. No ha sido ni la primera, ni la última vez.
- Posiblemente la última si. Y haberme quitado la virginidad no te da derecho a nada. Solo lo hice contigo, porque pensé que eras una gran persona, alguien en quien confiar. Y ¡lo eres!... Pero no eres el tipo de tío que ando buscando.
- Entonces, ¿qué es lo que buscas?
¿Debía responder? Esa podría ser una pregunta trampa. En cierto modo no sabía que decir, así que mantuve silencio. Robert pareció comprender que no le iba a responder, así que se incorporó y se vistió.
- Voy a preparar el desayuno mi princesa… y espero que vuelvas a venir esta noche a mi bar y no al de Jorge. Ese está como loco por hacerlo contigo.
- Justo como tu acabas de hacer, ¿no?
- Si, solo que yo lo hago mejor que él.
- ¿Tengo que creerme eso?
- Tú verás. No es mi opinión, sino la tuya.
Solté una risita de agrado y también me vestí. Después de todo, tenía un dolor de cabeza muy grande y no tenía ganas de seguir pensando más.




miércoles, 5 de enero de 2011

.La Princesa del Fuego 2.

Capítulo 1

Tras muchos intentos de que a Sol le volviera la voz, sus padres no lograron ni que dijera  una sola palabra. Ya sin saber que hacer, le rezaron y suplicaron a Hefesto que los ayudara. Del cielo cayó una carta. Estaba manchada de tinta y olía a café. Era dirigida a ellos, la abrieron y se pusieron a leer:

Para Los Emperadores:

Perdonen el mal tratamiento de las palabras al escribir, pero mi educación no fue lo suficiente buena en el aspecto de  la escritura y tratar a las personas. No me caracterizo por mi elegancia, ni por mi dinero, ni por ser amistoso. Soy más bien de esa gente que se siente bien por su inteligencia, por ser quien es. Pero no les envío esto para hablarles de mi (se que eso no les interesa). Esta carta se la he enviado porque hace un par de días me enteré del problema que tienen ustedes con su hija. Así que, les escribo para que sepan que yo he descubierto una manera de hacer que su hija vuelva a hablar. No es ninguna broma. Ya se que muchos de sus súbditos más sabios y hábiles les habrán ayudado, pero para lograr lo que desean no hace falta nada de eso. Si quieren saber cual es la fórmula, les diré que es imposible para mi decirles tal cosa. Como ya les he dicho, no tengo muchas buenas cualidades y, las que tengo las oculto como puedo. No es nada personal, es más bien mi orgullo. Se que esto parece muy descortés por mi parte, pero yo soy así. También debo decirles que tengo dos objeciones al respecto:

1.- Si desean que ayude a su hija, esta deberá venir a vivir a mi casa hasta que termine de curarla (a no ser que ella se arte y vuelva a casa). Si es así, no volveré a intentarlo dos veces.

2.- Mi ayuda no será barata (ya que necesito más el dinero que ustedes). Les costará más o menos dependiendo de cuanto tarde en volver a hablar. Ya les diré el precio (si no vuelve a hablar les cobraré la estancia en mi casa).

Se que les estoy pidiendo cosas arrogantes e incomprensibles, pero es la única manera que conozco para hacerlo. Si no sienten seguridad al dejarla con una persona como yo puedo dejar que traiga consigo alguien que la acompañe o que la proteja, pero les saldrá más caro.

Un saludo a sus altezas.

Glacius Styll Banside.

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Estrella y Meteoro se quedaron atónitos al leer aquella carta. ¿Dejar a su hija con un completo extraño? ¿Y encima que no tenía una educación correcta? Cuando iban a romper la carta, un viento ardiente los envolvió. Notaron como su dios les decía: No.
Volvieron a mirar la carta una, dos, tres veces... Al final se resignaron y decidieron aceptar esa petición tan horrible. Mandaron a una de las criadas que fuera a hacerle la maleta a Sol y eligieron a un protector para ella. Sabían que no debían hacer esto sin el consentimiento de su hija, pero pensaron (aunque les doliera mucho) que era lo mejor. Como sabían que rechazaría la idea, no fueron ni a hablar con ella. Sabían que esa sería una de tantas misiones que Hefesto le traía a Sol y que no podían evitarlo.